Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Leyna estaba pasando sus dedos por el pelaje de su tigre mientras miraba por la ventana. Bebe estaba triste; ella podía sentirlo y todo era por culpa de la persona que hirió a su mami antes. Ella había escuchado antes de que se fueran los padres de Jadiel que unas personas muy malas le hicieron daño, pero que Jadiel se hizo cargo de todo en cuestión de minutos.
—Bien, Leyna —Tatiana cruzó las piernas—. ¿Has hablado con tu hermano?
—Mi hermano dijo que ya no me quiere, pero tengo que cuidarlo. —Leyna la miró—. Es muy débil cuando se enferma.
—Cualquier persona que esté enferma es débil. —La psicóloga anotó un par de cosas—. ¿Por qué lo cuidas?
—Soy la mayor, nací primero —frunció el ceño—. Es lo que hacen las hermanas que nacen primero.
—No necesariamente —Tatiana dejó de escribir—. Creo saber por qué te has alejado de tu hermano y él cree que te hace un favor.
—No...
—Al estar tu hermano enfermo todo el tiempo, te has tenido que mostrar fuerte para que él no vea que lloras, te molestas o sufres por su condición. —Tatiana cortó sus palabras y Leyna se mordió el labio—. Es válido; aun así, creo que tu hermano, al considerar que va a morir, siente que está haciendo algo bien por ti.
—Pero...
—Siempre han sido ustedes con su madre, ¿no? —Leyna asintió ante la pregunta—. Bien, como ninguno de los dos ha querido dar su brazo a torcer, voy a suponer que tu hermano no te habla.
—No quiere ni verme.
—¿Y estás segura de que no te quiere ver? —Tatiana sonrió un poco—. Demyan, ahora que está recuperando su salud, seguro puede que piense que hizo mal en tratarte de esa forma.
—Pues yo soy muy rencorosa y mi bebé también. —El bebé levantó la cabeza y luego la dejó caer—. No lo voy a perdonar tan fácilmente.
—¿Es lo que quieres hacer realmente? —preguntó la mujer ladeando la cabeza—. ¿Quieres que tu hermano sufra?
Leyna se quedó en silencio mirando a la mujer y se mordió el labio con mucha más fuerza que antes.
No.
—Sí —respondió tranquila—. Ya no somos almas gemelas.
—Bueno, voy a suponer que es cierto lo que dices, pero tus ojitos mienten y a mí no me puedes mentir. —Tatiana entrelazó sus dedos—. ¿Has intentado hablar con tu hermano?
—No, ya no quiero hablar con él.
—¿Y lo estás cuidando como antes? —siguió con las preguntas—. La vez anterior, cuando estaban tus abuelos aquí, me dijiste que tu hermano seguía durmiendo con su inhalador y que tuviste que cambiar la batería cuando se le terminó...