Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Leyna estaba mirando a su bebé tigre descansar como si nada en el césped de la casa. Su madre le había dicho que iba a salir con la abuela Natacha a la ciudad a una noche de cumpleaños. Nadja se veía tan hermosa con su vestido negro, sus zapatos de tacón y su cabello largo hasta el inicio de su trasero.
Demyan y ella se habían estado sonriendo muy felices por su madre en los últimos días, ya que los dos avanzaban mucho en sus terapias y Natacha les comentó que pronto irían a una escuela de niños ricos para sus estudios. Sabían de antemano que era el cumpleaños de Jadiel, así que no podían darse el lujo de dejarlo sin su dichosa avena para el día siguiente.
—Mamá no vendrá a dormir con nosotros hoy. —Demyan tomó un lápiz para dibujarle el rostro a la persona—. Creo que se quedará con el señor...
—El señor trata bien a mamá. —Leyna tomó un poco de su batido y miró a la mamá tigre—. Bueno, creo que la trata así de bien.
—Ella no llora y se mueve por donde quiera en la casa —su hermano levantó la mirada—. ¿Piensas que se casen?
—Mamá no quiere casarse, ya lo dijo antes —la pequeña chasqueó la lengua—. A menos que el señor le compre uno de sus anillos caros que valen más que una casa...
—Ella lee muchos libros de esos y en las novelas lo dicen...
—Las novelas que ella lee son para adultos —Leyna dijo pensativa—. El otro día la vi sonreír, luego echarse aire con la mano y por último decir... yo quiero que ese hombre me haga eso —entrecerró los ojos—. No entendí qué quiso decir.
—Algo bueno de seguro —Demyan se encogió de hombros—. Mientras mamá esté feliz, no importa.
—Sí, ella se ve muy bonita ahora. —Leyna acarició con cuidado al pequeño animal—. Me gusta mucho esta casa.
—A mí también. —Él asintió—. Mamá dijo que iremos a la escuela y la abuela Natacha también...
—¿Sabes algo? —la cosita molesta sonó pensativa—. Cuando vi a la abuela Natacha, no me dio miedo. Es como una abuela; me gusta y no se enoja con nosotros cuando le decimos de ese modo.
—Imagínate, enojarse contigo es perder el tiempo.
Leyna miró a su hermano, sintiéndose otra vez ofendida, puesto que últimamente con él ya no sabía si se trataba de un amigo o un enemigo mortal.
—Hola, niños. —Anika se acercó a ellos—. Yo nunca pude acercarme a esos animales —dejó una bandeja con algo de comer—. Su madre me dijo que no tenían permitido estar mucho tiempo fuera.
—Estamos con mi bebé —Leyna explicó—. Su mamá nos vigila siempre.
—Ya veo —ella asintió mirando al animal—. Todavía recuerdo cuando la tigresa vino con Jadiel en medio de la lluvia. Desde ese día, nunca se separaron.