Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Se había levantado ese día con un buen ánimo; nada podía ir mal, por así decirlo. Nadja tenía un pequeño aviso de que iría alguien a darle clases después del desayuno de Natacha, y más tarde una persona que le daría una consulta o algo así; fue lo que entendió.
Preparó a sus hijos con ropa decente, aunque pensándolo de otro modo, toda la ropa que usaban era distinta en cualquier sentido por lo costosa que era. Sin embargo, vio a un lado en el closet bolsas de diseñador, específicamente colocándolas. Todavía no había usado ninguno de esos vestidos y consideró que jamás los iba a usar en toda su vida.
Anika fue a buscarlos para decirles que ya podían ir a la sala que se preparó para su primera clase de etiqueta y protocolo. Era el comedor principal, el cual tenía diferentes cubiertos colocados y sillas para sus hijos.
—Hola, querida —Natacha entró al comedor—. Mandé a comprar estas sillas por la cuestión de que el tamaño de tus hijos no se vea perjudicado para el aprendizaje.
—Pensé que solo sería yo... —Nadja pasó saliva en seco—. ¿Hay algo que deba saber?
—Que tus hijos van a tener las clases también. —Ella sonrió como si nada—. No te preocupes, me lo agradecerás en el futuro.
Nadja pasó un trago duro al escucharla hablar de ese modo. Sus hijos se quedaron un poco confundidos por eso; aun así, estaban viéndose ansiosos por iniciar.
—Hola, soy Briana Andreeva —se presentó la mujer—. Seré la persona a cargo de enseñarles modales en la mesa y algunas cosas más.
—Ahora nos dicen brutos en la mesa —Leyna murmuró, creyendo que nadie la iba a escuchar.
—No es que sean brutos, cariño —Natacha rio sin poder evitarlo—. Así como su madre saldrá conmigo en algún momento como mi dama de compañía, ustedes lo harán.
—Oh, eso sí me gusta mucho. —Leyna aplaudió y después miró a su hermano, el cual se encontraba sin apartar la mirada de la mujer que desconocía—. ¿Estás bien?
—¿Puedo sentarme junto a mi mamá? —Demyan observó a Natacha—. Por favor...
—Claro que sí —ella asintió—. Se moverá todo junto a tu madre.
—Gracias.
Nadja abrazó a su hijo por los hombros y esperaron a que se movieran los utensilios donde correspondía. La mujer se sentó al otro lado de la mesa con Natacha sentada donde habitualmente se sentaba Jadiel y lo más seguro es que él ya estuviera vigilando sus movimientos.
—Vi que entraban de forma muy formal y de buena manera —la mujer sonrió—. Así que esa parte la vamos a saltar por el momento —impuso—. No es que lo vayamos a dejar de lado; más bien, vamos a pulir sus dotes en la mesa.
—Está bien.
Natacha no les quitaba la mirada de encima, ni siquiera cuando cometían pequeños errores en la manera en la cual tomaban los cubiertos de la mesa. Eran demasiadas cosas y cualquier persona se puede perder en términos de aprender. Identificar cada cubierto no fue complicado; solo se lo tuvo que explicar dos veces y fue captando.