Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Nadja fue dada de alta en la tarde y al fin pudo salir de la habitación después de tantas angustias. No cabía duda de que Jadiel continuaba ocultándole cosas y una de ellas tenía que ver con su hija, la cual fue a verla para pasar un buen rato. Al menos, ya podía darse el lujo de tratar de lograr que su hijo saliera con bien después de una noche en vela.
—¿Ya nos vamos, mami? —Leyna levantó la mirada hacia ella—. Sé que estás débil, pero...
—Sí, nos iremos a la casa las dos juntas. —Nadja sonrió—. No te preocupes, mi amor.
—Está bien. —Su hija tenía la mirada en el piso—. ¿Cómo estás tú? ¿Te sigues sintiendo mal?
—No, solo fue un pequeño bajón de azúcar. —Le dio un golpecito en la nariz—. Digamos que tú estás muy tranquila y ese bebé está muy en alerta.
—Es que estábamos preparados por Demyan y no quiero jugar con Karla y Gabriela sin que mi hermano esté conmigo —masculló—. Ya no importa.
—¿Pasa algo contigo y bebé? —se sentó en la camilla y ayudó a su hija a hacerlo—. Sabes que puedes decirme todo, cariño. Soy tu madre y estoy aquí contigo en todo momento.
—No es nada, mami. —Leyna apoyó la cabeza en su regazo—. ¿Y no le hablarás más al señor? —Nadja casi se ríe por la táctica de Jadiel—. Dijo que estabas enojada porque no te dijo acerca de Leo y Artem...
—Jadiel te contó eso para que tú, como mi buena y hermosa hija, vinieras con el chisme —le dio un pequeño pellizco—. Estoy bien...
—¿Segura de que no estás enojada con él? —Leyna levantó la cabeza para mirarla—. Él es muy bueno con nosotros.
—Cariño, eres muy pequeña para entender algunas cosas y no espero que lo hagas ahora —susurró negando con la cabeza—. No te preocupes...
—¿Y vas a estar enojada con él por mucho tiempo? —Leyna frunció el ceño—. ¿Crees que él se lo merece?
—No me gustan las mentiras y siempre les enseño que no deben mentir a menos que sea necesario —le recordó a su pequeña—. Si me ocultas algo, tienes que decírmelo, porque últimamente, creo que ya no soy tu amiga.
—Lo lamento, solo que yo...
—¿Es que tú? —Nadja la alentó a que le diga—. Puedes contarme todo lo que quieras, mi amor.
—No es nada, mami. —Leyna se sentó en la cama—. Eres la mejor mamá del mundo.
—Bueno, voy a suponer que te creo ahora, pero no te acostumbres...
Ambas mujeres miraron hacia la puerta cuando un escándalo se escuchó a través del pasillo. Nadja tomó a su hija en brazos y salió al pasillo para ver que Zeus estaba literalmente atravesado en la puerta, obstruyéndole el paso a un Jadiel enfurruñado que tenía en sus brazos al lobo de Demyan.