Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Tomó asiento de lo más calmada que pudo dentro del invernadero para no morirse del cansancio que estaba sintiendo en ese momento por el clima. Sin embargo, estaba sintiéndose un poco cansada con todo el trabajo que estaba llevando, y la nieve en esa época del año no ayudaba mucho con las mejoras para el jardín.
Natacha le había dicho que la decoración del jardín la hizo la madre de Jadiel, la cual es arquitecta, paisajista y también arquitecta civil con algunas ramas en la arquitectura, como lo era su padre Jedward. Sin embargo, las remodelaciones las había hecho Jasha, su hermana y la persona que todos mencionaban que era el mismo demonio, a pesar de que era millonaria, hermosa, madre de varias niñas y casada con un arquitecto paisajista también.
Leyó los libros que Natacha le prestó y estaba practicando hasta el cómo sentarse derecha en una mesa para no cometer errores. El hecho de que la señora le diera tantos privilegios volvía a ser la comidilla entre los empleados de ese sitio.
—Hola, mami. —La voz de Leyna llegó a sus oídos y ella sonrió ante el tono que su hija usó—. ¿Estás cansada? ¿Por qué no entras a la casa?
—Estoy un poco exhausta de algunas cosas —sonrió un poco—. ¿Y Demyan?
—Se quedó en la habitación durmiendo —su hija se sentó a su lado—. No me gusta ver televisión y las personas de aquí nos miran mal —movió los pies en el aire—. ¿Nos vamos a quedar siempre en la casa?
—Eso es algo que no sé, cariño —se giró un poco hacia su hija, recogiendo el cabello—. Los señores no me dicen por cuánto tiempo es que nos vamos a quedar aquí —le secó las mejillas—. Han sido unos días complicados por completo. Sé que quizás esperabas otra cosa.
—Está bien —Leyna continuó moviendo los pies—. Ya no hay personas como en el pueblo que nos miren mal y ya no te castigan por nuestra culpa. No importa.
—Si algo te está haciendo caer mal, tienes que decírmelo de inmediato, por favor —pidió Nadja, haciendo una pequeña mueca—. Eres mi hija, aunque estemos en un lugar en donde no queremos.
—¿No te gusta este lugar?
—No me gustan los sitios en donde debemos estar encerrados todo el día, pero aquí es mejor que cualquier otro sitio —la calmó un poco—. Si ustedes se sienten felices, yo también me sentiré de ese modo.
—¿Estás segura de que te sientes feliz?
—Sí, ustedes son todo lo que tengo en la vida... ¿Por qué no debería estar feliz?
Su hija asintió y la abrazó. En cambio, ella se sintió la peor mujer del mundo al estar diciéndole tantas cosas a su pequeña que no eran ciertas. Su hija estaba pensando en unas posibilidades de que serían felices, pero ella tenía miedo de que un día despertaran y no los iba a encontrar a su lado, porque todos tenían un mismo objetivo: sus hijos.