Capítulo 38

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Sus manos apretaron la almohada que abrazaba como si su vida dependiera de ella mientras recibía cada empuje que el hombre detrás de ella le daba

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Sus manos apretaron la almohada que abrazaba como si su vida dependiera de ella mientras recibía cada empuje que el hombre detrás de ella le daba. Sus mejillas estaban empapadas y rojas, sus labios tan rojos como una manzana de mercado que buscaba ser vendida al mejor precio y sus ojitos brillosos tratando de no dormirse.

A duras penas había tenido un descanso mínimo de unos minutos entre cada orgasmo que Jadiel había tenido y luego, cuando estaba por dormirse, él nuevamente buscaba cómo llevarla al límite con su toque. Sin embargo, no se quejaba, porque mientras su mente y cuerpo desearan lo mismo, le daba igual todo.

Mordió la almohada cuando nuevamente ese malestar en su abdomen no se hizo esperar y sintió que se corría a chorros; su vagina se contraía y él seguía arremetiendo con pequeñas pausas que eran acompañadas de sus jadeos y gruñidos. Lo había visto tan entregado, que se cuestionó seriamente si podía mirarlo sudado como hasta ahora, con esa sonrisa burlona que siempre le daba y con el cabello pegándose en su rostro después de estarla poseyendo durante esa madrugada.

La mano que la presionaba contra la cama, mientras la sostenía de la cintura, la apretó y supo que él estaba por correrse nuevamente en su interior, así que se movió al mismo ritmo que él, sin dejar de gemir. Todo en esa habitación estaba apenas siendo iluminado por las lámparas de las mesitas de noche; aun así, nada podía cambiar el hecho de que los dos estaban disfrutando tener ese momento para ambos.

Apretó los ojos sintiendo que otro orgasmo se acercaba tan rápido y Jadiel se dejaba llevar también por el momento. Aflojó su agarre en la almohada, dejando salir un pequeño suspiro de alivio, mas no abrió los ojos.

—Esposa...

—Espera un mes. —Nadja abrió los ojos rápidamente y le puso una mano en el pecho—. No, ya no.

—Sí, sí...

—Déjame dormir —negó con la cabeza—. Tú no tienes descanso...

—Bueno, es que te dije que me tienes varios meses en abstinencia. —Él sacó su pena lentamente de su interior—. Ven...

—Escúchame cuando te digo...

—Te dejaré dormir. —Jadiel jaló la sábana para arroparla—. Aunque se supone que eres mi regalo de cumpleaños y todavía quiero más... —Le mordió la mejilla—. No seas cruel...

—Dices que no sea cruel y no ves que estoy temblando —murmuró tapándose con la sábana—. Enciende el aire acondicionado.

Escuchó la risa ronca del hombre, y se mordió el labio, tapándose hasta la nariz al verle el trasero contenerse por la habitación y, lo más irónico, era esa cosa que le colgaba de entre las piernas y nuevamente se sintió muy caliente. Después de poner que la habitación se fuera poniendo a una buena temperatura, fue hacia las del balcón para cerrarlas, se metió en el baño y de ahí no salió hasta unos minutos más tarde.

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora