Capítulo 42

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El barco, a su parecer, no tenía arreglos a menos que tuviera los materiales para arreglos, pero le sería imposible hacerlo ella misma

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El barco, a su parecer, no tenía arreglos a menos que tuviera los materiales para arreglos, pero le sería imposible hacerlo ella misma. Sus ni habían podido dejar de lamentarse el hecho de que ya no tenían el barco y ella no podía decirles con más palabras o gestos que nada de lo que pasaba era su culpa.

A duras penas podía contenerse con el llanto cuando miraba el barco así de destruido. Lo dejó al fin en el tocador y observó los medicamentos que Jadiel le había traído.

Sacó las cosas de la funda y notó que ahí había varias bolsas y que cada una contenía el nombre de su hija.

—Mamá —Leyna la llamó—. ¿Cuándo nos podremos bañar?

—Esperaremos un poco más tarde para hacerlo. —Nadja hizo una mueca—. Hay muchas personas en la casa y no sé si Anika nos deja bañarnos en su habitación...

—Creo que es mejor no ir...

Nadja miró a su hijo con una sonrisa forzada y asintió.

Lo que menos deseaba en ese momento era tener que lidiar con que ya no se les permitía siquiera salir de la casa o en sus alrededores. Aunque Jadiel les dijo que podían salir las veces que desearan, pues ellos no lo harían a menos que fuera necesario.

—Hagamos una cosa. —Nadja se puso de cuclillas frente a ellos—. En la noche, cuando todos estén dormidos, iremos a bañarnos al lago... Recuerdo que Natacha había dicho que tenía una parte caliente...

—El señor seguro se enoja, mamá...

—No importa —ella negó con la cabeza—. Cuando se quiera dar cuenta, ya vamos a estar bañaditos y limpios.

—¿Y si te castiga? —Leyna la miró suplicante.

—No me hará nada de lo que no haya aguantado o recibido —les acarició las mejillas—. Tranquilos, mamá sabe lo que hace.

—¿Cuándo vamos a poder tener nuestros juguetes otra vez? —Demyan se dejó caer en la cama—. Quiero leer mis libros.

—No lo sé —le acarició las mejillas—. Tengo que regresar al trabajo; por favor, esperen por mí.

Ambos niños se miraron entre sí y asintieron. Nadja salió de la habitación dejando la puerta sin seguro y, limpiándose las manos en la falda de su vestido, se dispuso a ir directamente a la cocina.

Escuchó los murmullos de las otras empleadas, las risas de estas como si hubieran cometido el crimen perfecto al ver de esa forma. Con un pequeño suspiro cansado, tiró lo que se había dañado y encendió nuevamente la estufa.

—¿Anda todo bien? —indagó Anika—. Te ves demasiado decaída como para ser tú...

—Estoy bien —sonrió a medias—. Es algo que se me pasará en su momento.

—Lo que te está pasando no es algo que pase de un momento a otro —ella negó con la cabeza—. Si el jefe no quiere aprender a escuchar por las buenas...

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora