Capítulo 31

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La almohada que tenía debajo de ella era tan cómoda que no quería dejarla ir

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La almohada que tenía debajo de ella era tan cómoda que no quería dejarla ir. Aun así, algo le decía que ya era la hora de ponerse de pie, puesto que no podía darse el lujo de continuar durmiendo. Algo le pellizcó la nariz, por lo que, de manera inconsciente, pensando que era su hija, le dio un pequeño manotazo para que dejara lo que hacía.

Estaba tan cómoda en esa cama que lo único que quería era quedarse ahí por largas horas, no alejarse y mucho menos tener que trabajar. La comicidad en la que se encontraba era tanta que el peso que se posó en su cuerpo, rodeándolo, y el que se instaló debajo de su cabeza, no dudó en quedarse ahí.

—Kutsal lotusum, kocan seni çok özledi —alguien susurró en su oído.

—Sh —ella arrugó la nariz—. Yo también...

—Nadja...

—Hm.

—Seni seviyorum...

—Yo también —repitió acomodándose un poco más, hasta que algo en su mente dejó de nublarse y le dio claridad.

Abrió los ojos lentamente, notando que la habitación ya no estaba a oscuras, que había unas llaves, un celular y una bolsa encima de la mesita de noche y que su libro que andaba leyendo ya no estaba como lo dejó. Sin embargo, eso no era lo peor, sino el hecho de que su cabeza estaba apoyada contra el fuerte brazo tatuado de alguien y su cuerpo estaba siendo rodeado por el otro.

—Padre nuestro que estás en el cielo... —Susurró asustada—. Señor, ayúdame...

Escuchó la risa ronca de alguien detrás de ella, y pensó en lo peor.

Bajó la mirada hasta el brazo que rodeaba su cuerpo, reconociendo de inmediato esos tatuajes y, más aún, el olor latente que el cuerpo detrás de ella dejaba salir. Tanteó la mano, seguido del brazo, cayendo en cuenta de que ese era un cuerpo real. De manera lenta, fue moviéndose poco a poco, hasta quedar frente a la figura del hombre que la miraba de manera burlona.

Parecía tan real que, cuando llevó sus dedos al rostro de este, la sonrisa se hizo más grande. Presionó su mejilla, sintiendo la piel; después bajó por su cuello, deteniéndose en sus hombros, los mismos que apretó, y más tarde a sus brazos.

—Se siente tan real...

—Claro que sí. —Jadiel la miraba burlón—. Tu esposo es muy real...

Las palabras se quedaron estancadas en su garganta. Todavía su mente quería hacerle creer que no era real, por lo que lentamente se quitó del agarre del hombre que se cernía contra su cuerpo, dándose la vuelta para bajar de manera lenta de la cama.

—¿A dónde crees que vas?

Nadja abrió los ojos lo más que podía de manera asustada y se echó hacia atrás, lejos del hombre que no se había movido. Eso no era real, era mentira.

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora