Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Nadja siguió a la anciana hasta el exterior del jardín, el mismo jardín que era amplio y muy grande, a decir verdad. La cocina era como la de un cuento de hadas que ella les contaba a sus hijos para dormir, los mismos libros que eran llevados por Artem o Leo al pueblo. Por alguna razón, ella quería preguntarle un poco acerca de qué demonios había pasado con Artem y Leo.
El sol había bajado por completo, por lo que ella estaba caminando detrás de Natacha hacia donde se suponía que iba a trabajar a tiempo completo durante sus días viviendo en esa enorme casa. Vio que había muchos guardias, demasiados para su gusto; sin embargo, no había niños por ningún lado. Sus hijos se iban a tener que aguantar el hecho de quedarse con ella a jugar otra vez.
Se rascó el brazo, recordando la pequeña conversación que tuvo con Jadiel anteriormente en la sala. Ese sujeto le daba miedo, pero era su única salida del mundo que tenía recorriéndole encima.
—Ya pudiste ver cómo es la cocina. —Natacha la sacó de sus pensamientos—. Te mostraré más tarde en dónde podrás dormir con tus pequeños. Bueno, sería excelente que descansaras —se giró hacia ella—. ¿Puedo saber qué hablaste con Jadiel anteriormente?
—Seguro la amenazó ese animal —masculló Leyna, tomando la mano de su madre—. Lo siento.
—Leyla, te dije que no dijeras esas palabras. —Demyan frunció el ceño—. Harás que nos castiguen o que lo hagan con ella.
—No tienen de qué preocuparse —habló Natacha antes que Nadja—. Si Jadiel no le ha dicho nada, es porque le parece divertido o porque, por alguna razón, le recuerda a su hermana a esa edad.
—¿Su hermana? —preguntó Nadja, aún más confundida—. ¿De quién se trata?
—De Satanás —bromeó Natacha, y luego se llevó una mano a la boca al ver el espanto que mostró la monja ante lo que dijo—. Lo siento, es que así es como escucharás que la llama, pero te aseguro que le caerás bien.
—No quiero saber de nadie que tenga referencias a eso —decretó y luego miró a su hija—. Y tú —le pellizcó la mejilla—. Tienes que respetar a tus mayores. Ya hemos hablado de eso muchas veces.
—Ese animal... —Intentó repetir; sin embargo, recibió un manotazo en la boca—. Pero...
—Leyna...
—Sí, señora.
La anciana rio, negando con la cabeza, y siguió caminando, explicándole cada cosa que debía realizar. Llegaron a un sitio un poco apartado de todo y se dio cuenta de que era algo fuera de lo real.
—Este es un invernadero que está un poco o mucho abandonado —le explicó Natacha—. Es un poco espacioso, pero...
—Es perfecto. —Nadja terminó de entrar—. ¿Qué tengo que hacer aquí?
—Reconstruirlo a tu antojo si gustas. —Natacha quitó algunas cosas del camino—. Hay flores, rosas, frutos y vegetales que también me gustaría tener. Te daré una lista.