Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Tomó entre sus dedos un mechón de su cabello y sonrió mirando la hermosa rosa que estaba en el libro. Una flor especial y sagrada, como lo era su nombre. No obstante, con el clima actual, no podría siquiera pensar en tenerla. Esa flor la había visto una vez en uno de los libros que Leo le permitía leer a cambio de favores y dicha flor se quedó en su memoria.
Leyó en dónde se podía cultivar y también la manera correcta de hacerlo; sin embargo, en Rusia esa flor parecía ser difícil de encontrar. Vio los pequeños copos de nieve caer y supo que sería otro día extenso con tanta nieve que caía en la amada Rusia.
Días antes, cuando tuvo que ser dada de licencia, salía a duras penas de su habitación, puesto que deseaba pasar más tiempo con sus hijos y de ese modo evitar el contacto con las personas de esa casa. La única que se mostraba bien de verla era Anika; sin embargo, no siempre se puede confiar en las personas.
—¿Nadja? —preguntó Natacha, buscándola por el invernadero—. ¿Dónde estás?
—Estoy por aquí. —Ella se levantó de su lugar y caminó rodeando las plantas que recién acababa de sembrar—. ¿Necesita algo?
—Solo que no te veía... —Natacha entrelazó sus dedos—. Estuve hablando con Jadiel... y quedamos en que sería bueno que los niños salieran de vez en cuando al exterior...
—¿Cómo dijo?
—No, no creas que es por algo malo —Natacha comenzó a explicarle—. Hm, esto es complicado... Él me pidió buscar a un profesor o algunas personas para hacerles unas evaluaciones a tus hijos...
—¿Más exámenes? —Eso no le agradó para nada—. Mis hijos...
—Son unos exámenes para saber el rendimiento académico de tus hijos, es decir, cómo han estado hasta ahora en sus niveles de aprendizaje. —Natacha le explicó con calma—. Incluso, tú lo vas a tener con ellos.
—No entiendo...
—Tus hijos en más de una ocasión me contaron que les dabas clases particulares...
—Era porque ningún profesor en el pueblo se tomaba el tiempo de ayudarlos con sus dudas —se pasó las manos por el delantal—. El padre Artem tampoco permitía que ellos tuvieran cuadernos y libros como los otros niños.
—Ponte algo abrigador; te mostraré una parte de la propiedad que no has visto. —La anciana entrelazó sus dedos.
Nadja asintió y fue en busca de su abrigo y unos guantes por el clima que estaba haciendo. En lugar de ir por la casa, ella rodeó la misma y fueron por donde se encontraba la piscina congelada y el jardín por igual.
—Sobre lo que me dijiste de Artem... ¿Cómo es que conseguías los libros?
—Con la ayuda de Leo —murmuró—. Compraba libros en la ciudad y algunas cosas...