Capítulo 84

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Cuando Nadja despertó en una camilla, se sintió de lo peor. El dolor de cabeza que había estado teniendo desde antes solo era el indicador de que quería dormir en su cama, en Rusia y sin la preocupación de que tenía que hacer algún tipo de trabajo. Movió la cabeza de un lado a otro, sin comprender bien por qué tenía unos pensamientos o recuerdos tan nítidos que no podía siquiera imaginarse cómo sería todo más adelante.

Aunque le habían dicho que ella bloqueaba sus malos recuerdos, se sentía tan real que tuvo deseos de vomitar.

Bajó la mirada hasta la intravenosa en su brazo, notando que le estaban sacando sangre, de saber para qué cosa, ya que su vista estaba medio nublada y el dolor de cabeza era latente. Dirigió su atención hacia el hombre que estaba mirando algo en un microscopio, y luego a toda la habitación en sí. Parecía ser más un sitio de cirugía que de otra cosa, pero mucho más equipado que antes.

Había un cristal en uno de los extremos, de esos que usan siempre para los interrogatorios, pero lo que más le llamó la atención fue ver su nombre en varios frascos, al igual que el de sus hijos.

—Llévale esto al señor. —El hombre se dirigió hacia el computador e imprimió un papel—. Es importante.

—El esposo de la loca está amarrado a unos metros de aquí. —El guardia rio—. Está dando todo un espectáculo.

—En ese caso, es hora de que lleves esto —indicó—. El jefe querrá saber los resultados lo antes posible para aclarar algunas cosas.

Nadja no escuchó mucho; estudió lo suficiente a ese tipo para saber que era alguien nuevo. Quitó la intravenosa de su brazo de un tirón, notando que en su otro brazo tenía un fuerte dolor debido a la herida todavía poco cuidada de cuando le quitaron el implante anticonceptivo. Pasó saliva unos segundos antes de dirigirse hacia el hombre con pasos cautelosos y tomar de la parte trasera de su pantalón el arma.

—Amarralo —apuntó al doctor—. Ahora.

—Señora...

—¡Que lo amarres de dije! —gritó enojada, quitándole el seguro.

El hombre asintió con las manos en alto, no sin antes guardar el papel. Ni ella misma sabía de dónde fue que sacó la fuerza de voluntad o el conocimiento para quitarle el seguro a la pistola; solo sabe que había visto lo suficiente en películas y en un libro hasta explicaban cómo desarmar un arma y armarla en cuestión de segundos.

El pobre médico fue sostenido en contra de su voluntad, y ella, con el terrible dolor de cabeza, no daba para más en ese instante. Nadja sentía que todo en ella se movía de un lado a otro, así que solo tenía la obligación de salir de ahí lo antes posible.

—Llévame donde tienen a mi esposo. —Nadja tomó un poco de tela que había ahí y, como pudo, se lo amarró en el cabello—. Ahora.

El hombre asintió y, en cuanto salió, se sorprendió al no encontrarse con los guardias habituales. Cerró la puerta detrás de ella y, con toda la calma del mundo, se acercó lo suficiente al hombre para que no sospechara de algo extraño.

El pobre hombre no sabía ni dónde meterse en ese momento; los nervios y más que a él le confiaron cuidar la entrada en lo que algunos guardias iban a vigilar el perímetro. Ya era demasiado...

—¡Tú! —alguien gritó, pero ella disparó dos veces al techo empujando al sujeto—. Si se acercan y me hacen algo, sabrán de lo que soy capaz —ella se apuntó a sí misma con el arma—. Su jefe les disparará si su mina de oro se va por el caño —se quitó la tela de la cabeza—. Me llevan con mi esposo o me vuelo los sesos en este momento.

Y de esa forma, llegaron al punto donde ella vio a Jadiel todo herido, magullado y con esa sonrisa burlona que no se le iba de la cara. Porque de esa misma manera lo conoció. No obstante, Markus, ese sujeto estaba más furioso que nunca.

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⏰ Última actualización: 14 hours ago ⏰

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