Capítulo 60

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Jadiel volvió a dejar que ella y su hija salieran primero de ese lugar, no sin antes dejarles en claro a los médicos que debían mantener a Artem con vida, porque en poco tiempo lo quería luchando con su vida como los demás

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Jadiel volvió a dejar que ella y su hija salieran primero de ese lugar, no sin antes dejarles en claro a los médicos que debían mantener a Artem con vida, porque en poco tiempo lo quería luchando con su vida como los demás. Nadja tomó la mano de su hija, mientras que los dos animales caminaban a la par de ellas y, bajo la atenta mirada de los guardias, salieron de ese hospital que de igual modo era bastante moderno.

—Puedes ir a la casa antes —le pidió Jadiel a Leyna—. Tengo cosas que hacer.

—¿Puedo ir con mi hermano?

—No, no confío en ti después de anoche. —Jadiel se encogió de hombros—. A la casa, y te estaré vigilando.

—Pero ella está...

—Acabo de dar una orden y si digo que Leyna irá a la casa, es porque irá a la casa por el bien de la humanidad —sentenció el mafioso y Nadja se puso derecha.

—Sí, señor.

Leyna refunfuñó tal cual niña berrinchuda y se dio la vuelta con su bebé para irse a la casa. Sin embargo, como era bien sabido lo de esa niña, la siguieron hasta lo que parecía ser la entrada de la casa, diciéndole a Anika que mantuviera un ojo en ella, porque era capaz de escabullirse por donde sea.

—Camina. —Jadiel se hizo a un lado para dejarla pasar—. Te llevaré a otro lugar.

—Está bien. —Nadja jugó con sus dedos—. ¿Por qué estás tan lejos de mí?

—Solo te estoy dando el espacio que tanto querías tener —él respondió con seguridad—. Es todo lo que hago.

Nadja se mordió el labio inferior sin poder creer que el mafioso le estuviera diciendo eso así como así, pero tenía razón. Apretó la falda de su vestido mientras caminaba a la par de él, solo que manteniendo distancia con ella por lo que le dijo el día anterior.

Nadja sintió que los temblores en su cuerpo no se hicieron esperar ni un segundo al ver una fila de personas arrodilladas en el piso, amarradas como animales salvajes. Lo más notable de todo eso era que Sarah, una mujer tan hermosa como venenosa, se encontraba irreconocible.

Leo era quien le mantenía la mirada y ella no pudo evitar sentirse pequeña como en años anteriores.

—¿Qué es todo esto?

—Cada una de las personas que están aquí ha hecho algo en tu contra o en la de los niños —Jadiel le explicó, acariciando el pelaje del lobo en sus brazos, el cual gruñó al ver a Leo—. Haré una pequeña caza con ellos, y quiero que los veas por última vez.

—Yo...

—Sin embargo, puedes hacer que todos se salven si gustas, porque es tu batalla, no la mía. —Jadiel se mostró indiferente—. Puedes salvarlos, salvar a solo uno... o puedes matarlos a todos en este momento.

Nadja abrió la boca y dejó salir el aire que tenía en los pulmones. Ella no era Dios, no era nadie en comparación con Jadiel y en su mente jamás existiría algún tipo de maldad.

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora