Capítulo 40

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Nadja se limpió las mejillas mientras bañaba a su hijo y miraba que nada le hubiera pasado

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Nadja se limpió las mejillas mientras bañaba a su hijo y miraba que nada le hubiera pasado. Se sentía tan culpable porque lo que pensó que sería una buena broma para que Jadiel le trajera regalos y helados como siempre hacía, se le salió de las manos. Leyna estaba sentada junto a la puerta, y no se atrevía a apartarse de ahí después de lo que Jadiel dijo... Incluso, el pequeño tigre fue sacado del pasillo en cuanto el mafioso salió de la habitación.

—¿Estás enojada conmigo, mamá? —Demyan detuvo la mano de Nadja—. Lo siento...

—Está bien...

—Es que yo no quise ir —el pequeño comenzó a decirle—. Leyna y yo íbamos a llevarle comida a los tigres como siempre... Anika nos dio la carne que tenía varios días en la nevera...

—¿Qué...? ¿Anika? —Dejó la manguera de la regadera a un lado—. Eso es...

—Nosotros siempre le damos carne a los tigres, mamá —Leyna intervino—. Anika nos da la carne, la dejamos en una parte del bosque y de ahí ellos la buscan —le contó—. Ella sabe que no nos harán daño, y es lo mismo que hace...

—No...

—Cuando estuviste afuera con el señor, nosotros íbamos con ella y fue divertido. —Demyan asintió—. Hoy ella nos dijo que podíamos ir a llevarle, pero me quedé dormido y cuando desperté, las señoras de la cocina dijeron que ustedes se fueron primero.

—¿Las señoras de la cocina? —susurró sin poder creerlo—. Eso es...

—Es la verdad, mamá.

—Está bien, cariño. —Nadja acarició sus mejillas—. No te preocupes...

Demyan negó con la cabeza y le contó a su madre que él fue a buscarlas, le pidió disculpas por no ir a investigar al invernadero primero, que siempre se lamentaría porque por su culpa recibió un regaño.

Su pequeño solo estaba un poco confundido con lo que pasó; aun así, era inevitable no sentir pena por él.

Mientras lo bañaba, Leyna no salía en ningún momento del baño; prefería quedarse con ellos en los viejos tiempos y se maldijo tanto por no tener el teléfono encima como debía. Lo rodeó con una toalla para llevarlo a la habitación y tuvo que ver la hora en el pequeño reloj de su mesita de noche.

Sacó de una de las gavetas el medicamento de su hijo y se lo dio con toda la calma del mundo, sabiendo que en algún momento tendría que salir de ahí a comer algo. Ella se tuvo que dar un baño, puesto que también lo necesitaba para calmarse un poco.

Estaba arreglándose el cabello cuando Natacha entró a la habitación vistiendo el mismo vestido que cuando la vio salir temprano.

—Cariño...

—Buenas tardes, señora. —Nadja hizo una pequeña reverencia.

—No, no tienes que hacer eso conmigo —Natacha cerró la puerta detrás de ella con seguro—. Lamento lo que pasó.

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora