Capítulo 9

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Se estiró lo mejor que pudo y se sentó en el piso cuando ya no podía más con la doblada de ropa que estaba dando

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Se estiró lo mejor que pudo y se sentó en el piso cuando ya no podía más con la doblada de ropa que estaba dando. Era demasiado. Mucha ropa por tener y tenía en una cesta la ropa interior que Natacha hizo que en una lavandería lavara especialmente para ellos. Fue una de las razones por las cuales llegaron tan de noche a la casa y sus hijos le ayudaban a doblar la ropa que no cupiera en el clóset, pues la metían en pequeños canastos.

—Es mucha ropa, mamá. —Leyna se dejó caer en la cama—. La abuela nos compró de más. Es como si no quisiera que nos mudáramos.

—En algún momento nos vamos a mudar. —Demyan terminó de meter su ropa en el canasto—. Es una habitación muy grande. Parece tener más tamaño que la del padre Artem.

—Siempre le dices padre Artem. —Leyna se sentó junto a su hermano—. Ya él debe estar con Satanás, así como la persona que se comió mi avena.

—Olvida la dichosa avena, ya es tiempo pasado. —Demyan le ayudó a quitarse las gomas—. Vamos a dormir. Mañana tenemos que ayudar a mamá con el jardín.

—Ustedes no me tienen que ayudar en nada con el jardín. —Entró los canastos en el closet—. A dormir.

Ambos niños se metieron en sus respectivas camas y, en menos de diez minutos, con las luces apagadas, ella escuchó sus respiraciones y los pequeños ronquidos que ambos dejaban salir.

Se colocó un abrigo, tomó la bandeja con los bocadillos que estaban en la mesita de noche y salió de la habitación rumbo a la cocina a lavar los platos. Los pasillos estaban vacíos, a excepción de los guardias que caminaban o que estaban parados en puntos estratégicos de la casa.

Vio que había algunos platos sucios, por lo que los lavó y, al ver la luna tan hermosa, decidió salir un momento al jardín para verla en un mejor ángulo.

—Siempre estás mirando hacia la luna como si buscaras algo en ella. —Escuchó lo que Jadiel le dijo, y se dio la vuelta para mirarlo asustada—. ¿No tienes sueño?

—Buenas noches, señor. —Pasó saliva—. Solo quería verla un momento. Ya voy a descansar.

—¿Fue divertido salir? —Él se plantó delante de ella sin quitarle la mirada—. Ver cómo toda la ciudad tiene sus ojos en ti...

—No sé de qué me está hablando. —Ella dio unos pasos hacia atrás—. Nadie se fijó en mí.

—Lo vi...

—¿Me vio? —frunció el ceño—. Usted se quedó en la casa. No lo vi en ningún lado.

—Te dije que mis ojos siempre estarán sobre ti. —Jadiel señaló—. Incluso, te vi caminar desde tu habitación...

—Señor, deténgase un momento. —Lo interrumpió—. ¿Iba a la habitación donde duermo con mis hijos para ver si les había hecho algo? —se ofendió—. Los he cuidado toda mi vida, desde su nacimiento hasta ahora.

El placer de corromperlaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora