9ª Parte - Capítulo 145 (Alex)

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Voy a joderlo todo y, aun así, decido seguir adelante...

Acabo de despedir con un par de billetes de los grandes al tipo delgaducho con gafas que ha traído la ropa de cambio de Beca. Cierro la puertacon suavidad y me guardo despreocupadamente lacartera, mucho más vacía, en uno de los bolsillos traseros del pantalón.

Abstraído, echo un vistazo alrededor a medida que me dirijo de nuevo a la cama cargado con todo. La última vez que estuve aquí, las paredes eran de un blanco brillante, pero ahora son de un gris opaco. No obstante, la habitación del hotel sigue conservando toda esa clase de detalles escrupulosamente ubicados, que te hacen pensar que en cualquier momento saldrá un solícito Sebastian Michaelis detrás de ti, para atender todas tus necesidades.

No se oyen ruidos del exterior, y todo parece limpio y tranquilo, justo lo que precisamos en estos momentos.

Gruño satisfecho. Beca sigue sentada sobre el negro edredón nórdico, en el que la he dejado hace tan solo unos minutos.

—Pedí que te lo trajeran. Mañana te hará falta si quieres ir a buscar a tus hermanos —explico después de dejar toda la ropa a su lado en la cama.

Ella asiente de manera casi imperceptible.

La estudio con curiosidad unos instantes.

La enorme toalla de baño la envuelve como una crisálida blanca. El cabello, todavía húmedo, se le ha rizado en ondas oscuras por encima de las orejas y por el cuello al igual que una planta enredadera en primavera. Ignoro mi pulso acelerado, y lo preciosa que está incluso con aquella expresión de honda tristeza.

—Hay algo más... —continúo despacio con la voz ligeramente ronca. Hurgo en el bolsillo trasero de mi pantalón y extiendo la carta que yo mismo tomé de su casa anoche, cuando ella fue a recibir a Marta y yo me entretuve en poner un poco de orden en el salón.

Los ojos de Beca se agrandan y lanzan destellos de curiosidad recuperando parte de su brillo habitual, pero no hace ningún movimiento por tomarla.

Implacable, empujo la carta en su dirección por segunda vez, contra sus manos menudas hasta que la acepta.

Antes de abrirla, Beca analiza el sobre de forma minuciosa y el semblante se le ensombrece.

Mientras la observo, el corazón me oprime en el pecho y las entrañas se me enroscan hasta formar una montaña rusa, pero no permito que ningún sentimiento se refleje en mi cara.

Contemplo cómo sus dedos largos y delgados acarician la solapa con las yemas, y me parece distinguir un leve temblor de emoción en ellos previo a extraer el documento que hay dentro.

Poco a poco, la inquietud y el dolor se apodera de su rostro mientras lee cada vez más rápido.

Surcos de piel se le dibujan sobre la frente y las comisuras de la boca tensa, y el oro fundido que corea sus pupilas se intensifica, más dorado en el derecho bajo la luz led de la habitación. Beca retuerce los bordes de los papeles entre los dedos.

Parpadea lento varias veces.

De repente, suelta los documentos como si no pudiera tenerlos cerca de ella, pero no aparta lamirada de ellos hasta que la última hoja ha tocado el suelo. Entonces, alza la cabeza.

—¿Desde cuándo sabías esto, Alex? —Los ojos de Beca se hunden en los míos, peligrosos como un alambre con púas oxidado. Su voz tiembla apasionada—. ¿Desde cuándo sabías cómo se encontraba mi madre? ¿Desde ayer?

La verdad sale con sorprendente facilidad de mi boca.

—Fue en el hospital, el día que te entregué el ramo de flores. Unos minutos antes oí a tu padre y a tu madre hablar. Ellos no me vieron —explico cauteloso, y no dejo de mirarla muy fijo.

Mariposas en tu EstómagoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora