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CAPÍTULO 24. CUPIDO O REINA DEL AMOR, CUALQUIERA ESTÁ BIEN

14 de abril
Me gustaba pensar que ya estaba acostumbrada a esa rutina. Una vez por semana iba a ver a Vera, pasaba una hora por lo general no muy agradable y luego me tomaba un gofre sentada en una terraza cerca de allí. Era una buena rutina, apacible y con un final feliz.
    Aquel 14 de abril yo llamé al timbre del piso con las esperanzas puestas en el gofre de Kinder de luego, me apetecía especialmente. Y con esas estaba yo mientras subía por las escaleras en un intento de creerme una chica healthy.
    Saludé al recepcionista con algo ambiguo, no me había molestado en saber su nombre, era irrelevante, y me senté en la sala de espera. Aún quedaban diez minutos para la hora, supongo que al ansia de mi auto regalo de luego tiró con fuerza.
    Había dos tristes personas en la sala de espera, una adolescente con el pelo corto y los cascos realizando correctamente su función de aislación y otro que me miraba tan sonriente que me asustó un poco. De normal me sentaba a un asiento de distancia de cualquier persona, lejos, pero no demasiado. Aquel día fueron dos, no quería establecer conversación y el chico pareció tener la clara intención.
    Saqué el móvil y me puse a jugar al Hay Day.
    El chico se inclinó para ver que hacía. Era mayor que yo y aún así tenía la insolencia de un niño pequeño.
    —Ese juego es fantástico, a mí me da por temporadas.
    —Sí, me pasa lo mismo —le contesté con sinceridad y levantando la vista lo justo y necesario.
    Volví a lo mío y volví también a escuchar la voz con un acento extraño pero sutil del chico.
    —Me llamo Leo. Encantado.
    ¿Pero qué?
    Alcé la mirada una vez más y tomé aire, iba a necesitarlo. Lo analicé, visto que me iba a presentar al menos poder reconocerlo por si había un segundo encuentro, yendo al mismo psicólogo era posible. Su cara era como muy común, sin rasgos extravagantes. Su pelo moreno apagado cortado de forma sencilla, y bueno, ajos azules, pero no de un tono muy especial. A pesar de eso tenía algo que te decía: no español o no pleno. Y otro algo, tal vez fuera su aura, que te transmitía simpatía y calma.
    —Soy Thesa. —me esforcé y sonreí, tampoco hacía falta ser borde.
    Abrió los ojos y amplió su sonrisa.
    —Ayer vi After —puse los ojos en blanco, la de veces que me habían dicho algo relacionado con esos libros o películas escapaba de mi alcance—. No te pareces en nada a Tessa.
    —¿En qué sentido? —le pregunté.
    No se lo esperaba y me hizo gracia su expresión de perdido.
    —Pues, bueno, no te pega tener una relación tóxica.
    —¿Crees que Tessa y Hardin son tóxicos?
    —Vas a pillar, ¿eh? —se rascó la cabeza en un gesto que consideraba común en los tíos—. Sí, ¿no? Siempre se ha dicho que es muy tóxico pero la verdad es que no sé diferenciarlo muy bien.
    —Suele pasar.
    —De todos modos pretendía ser un cumplido. Y bueno tu pelo también es rubio, pero es distinto. Me gusta mucho, nunca había visto un pelo así.
    —Gracias, Leo.
    El chico sonrió de nuevo y me di cuenta de lo contagiosa que era su sonrisa.
    —¿Es natural, verdad?
    Asentí con la cabeza y miré la hora en el reloj, en cualquier minuto me llamarían.
    —¿Con quién tienes cita? —preguntó apoyándose en el reposabrazos completamente girado en mi dirección.
    —Con Vera, ya mismo.
    Trató de esconder una sonrisa ladeada algo pilla.
    —Hum, dale saludos de mi parte. A veces es algo mandona, ¿eh?
    —¿La conoces?
    —Bastante bien, sí. Me desilusiona un poco, tenía la esperanza de que me hicieras compañía durante la próxima hora.
    Le miré incrédula.
    —¿Una hora? ¿Por qué vienes tan pronto?
    —Eso me pregunto yo, Thesa, eso mismo.
    —¿Crees que habríamos tenido conversación para una hora entera?
    —¡Claro! Conversar contigo es estupendo.
    En ese momento me sorprendió un poco, nunca nadie me había dicho nada parecido, y sin embargo lo volvería a escuchar meses después por una persona completamente distinta. A lo mejor era que mi fobia me estaba impidiendo ser yo misma, bueno, eso seguro, pero tal vez más de lo que pensaba. Me gustó que me dijera aquello, Leo me ayudaba a creer que la terapia estaba funcionado, que llegaría a ser quién yo quería.
    Él no notó el diluvio de emociones que se cernió sobre mí.
    —Habríamos hablado de cualquier cosa, menos del tiempo, odio hablar del tiempo. Puede que de series, dan para mucho. —añadió todavía sonriendo.
    Apareció por la puerta el recepcionista y me indicó que ya podía entrar en la sala.
    —Ha sido un placer hablar contigo, Thesa. Espero verte más. —me tendió la mano.
    Fue como si un pesado manto cayera sobre mí, ¿eso no se hacía solo cuando conoces a alguien o le saludas? Quise hacerlo, quise estrecharle la mano porque me había caído bien, por ser una persona normal y en el fondo también por poder contárselo a Vera.
    No, eso lo debía hacer solo por mí.
    Rápidamente, sin permitir que las pulsaciones se me aceraran, sin ver a cámara lenta el momento y sin poder evitar tensarme como la cuerda de una guitarra, le estreché la mano durante dos segundos. La solté y di un paso para atrás. Sonreí, la sensación de pánico no había sido tan grande como de normal y los pensamientos irracionales a penas hicieron acto de presencia. Puede que fuera el hecho de estar en el psicólogo que me recordaba las veces que me había dicho Vera lo normal y necesario que era el contacto humano, lo natural de ello.
    —Has conseguido mucho más que mucha gente. —le dije sonriendo sin separar los labios.
    No solo había conseguido mi contacto, había conseguido hacerme sentir yo misma.
*
    —Vera, Vera. —dije apresurada mientras abría la puerta.
    —Veo que vienes con ganas de hablar. —dijo ella levantando la vista de unos papeles.
    Se fue a sentar en el sillón de siempre y yo en el mío de cuero agrietado.
    —No diga eso que se me quitan las ganas —me encogí de hombros—. Así somos los adolescentes.
    —Trabajo con ellos, Thesa. —me recordó.
    —Y yo soy una de ellos.
    Asintió con la cabeza asumiendo que mi réplica era mejor que la suya.
    —Bueno, ¿y qué es eso que quieres contarme?
    —Hoy, Vera, he hecho historia. De mi vida, ¿eh? No de la humanidad.
    —A mí es esa la que me importa.
    Sonreí. En verdad era maja.
    Decidí ir directa, nada de rodeos.
    —Hoy, he conocido a alguien y... lo he tocado.
    —¿En serio?
    —Tocado y hundido.
    —Espero que no literalmente.
    —No, no literalmente, pero habría sido muy épico.
    —Y macabro.
    —Cierto. —le respondí.
    —¿Y cómo ha sido? Espero que no haya sido un roce sin querer.
    —Oh, por favor. No me subestime. Dos segundos, dos segundos de un auténtico apretón de manos.
    Iba a decir algo pero la corté.
    —Y ha sido con un chico.
    Encaró las cejas y puso una mueca de algo que no supe reconocer.
    —No sabía que el género importara.
    —Claro que importa, soy una joven enamorada del género opuesto.
    —Entiendo.
    —Entienda entienda. ¿Sabe? Ese chico no era feo del todo, bueno, no era feo en absoluto. parecía del montón, pero tenía algo exótico. Creo que no era de España.
    Vera asintió con la cabeza y negó al mismo tiempo, algo un poco confuso. Yo lo entendí como un: sigue hablando del chico.
    —Me agradaba. ¡Y ha dicho que le encantaba conversar conmigo! Nunca me han dicho algo parecido, me ha gustado. Con él tendría la típica relación estable y cómoda. Parece de ese tipo de chicos, aunque no tiene claro lo que es una relación tóxica.
    —Veo que hoy estás habladora, pero me interesaría saber cómo ha sido tu reacción. Taquicardia, escalofríos, sentimiento de invasión...
    —A mí no me apetece hablar de eso. Pero haré un breve esfuerzo. No lo he pasado nada mal, lo típico. Malestar, presencia presenciosa, pulsaciones aceleradas, algo de respiración entrecortada... Todo muy tolerable, alégrese, es buena psicóloga.
    —Lo hago lo hago.
    —Creo que ya sé porque hablo tanto hoy. Es que estoy viendo la serie de Ana la de Tejas Verdes y me ha abducido.
    —No creo que sea por eso.
    —¿A no? Dígame usted desde un punto de vista profesional porque es.
    Me crucé de brazos expectante.
    —Pues, mira. Te he observado. Cuando te pones muy contenta o estás emocionada, hablas más que de normal.
    Reí un poco.
    —No creo que me haya visto muy contenta viniendo al psicólogo.
    —Es verdad. En rara ocasión.   
    Pese a que fui yo quien dijo aquello la primera vez, me sentó un poco mal. Me puse a pensar en el chico de cabellos marrones y ojos azules y sencillos. Cualquier cosa para subirme el ánimo de nuevo.
    —Ahora que lo pienso, es más que mono. Es atractivo, sí.
    —Seguro que le hará ilusión cuando se lo cuente.
    Al ver que parecía saber a quién me refería, decidí hacerme la ignorante.
    —¿Lo conoce?
    —Bastante bien en realidad.
    —Anda, ha respondido algo muy parecido. ¡Que cosas! Aunque, bueno, supongo que habrá pasado muchas sesiones con él, tendréis un buen vínculo. Pobre, ¿qué le pasa? —Caí en la cuenta—. Perdona, protección de datos y tal.
    Sonrió sin separar los labios.
    —No he pasado tantas sesiones con él.
    —¿No? —ladeé la cabeza y el pelo ondulado se me apoyó en el hombro.
    —Pensaba que eras más astuta —solté aire ofendida de nuevo—. ¿Te ha dicho su nombre?
    —Sí, se llama... —las piezas empezaron a encajar— Leo. —susurré estirando la palabra.
    —Efectivamente, Leo Graham.
    —No puede ser —intenté negar la evidencia y al darme cuenta de lo evidente que era, me ruboricé—. Es su hijo. ¡Y le he dicho que está bueno!
    Vera dio un respingo.
    —No lo habías dicho con esas palabras exactamente.
    —Trataba de ser educada, pero creo que es más que evidente.
    Carraspeó y trató de apartar el hecho del buen porte de su hijo. ¡Su hijo!
    —Creo que tendré que hablarle sobre las relaciones tóxicas, he tenido muchos adolescente y más adultos con casos de esos.
    —No se preocupe en absoluto, su hijo no se parece en nada a Hardin. Y ya no están tan de moda los chicos malotes, no lo tendrá difícil por ser su opuesto.
    —Bueno, yo...
    —Lo digo en serio, no se preocupe. Su hijo seguro que se enamora de su mejor amiga, le pega muchísimo.
    Por lo desorbitados que se pusieron sus ojos, deduje que aquello podría ser posible. Aquí yo, de Cupido.

***
Si os haya gustado este salto al pasado, no olvidéis votar, seguirme y compartir la historia con tantos como queráis. Y por cierto, espero que hayáis pasado un buen Halloween.
Nos vemos el jueves con un nuevo capítulo.

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