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CAPÍTULO 14. COMO LAS NUBES DEL CIELO, PUES IGUAL

14 de marzo
Entré sonriendo con mi bolsa de papel en esa sala tan deprimente. Que se le iba a hacer, por muchas veces que fuera, nunca lograba encontrar algo en ese psicólogo que me atrajera lo mas mínimo. Para mí era como cuando tus padres te apuntan a ajedrez, a mí me apuntó mi madre, y me importaba una mierda que se tragaran mi rey, total, en la siguiente partida estaría otra vez en su sitio. Pero no penséis que era derrotista, siempre que llegaba a las clases, lo hacía sin ganas para jugar, pero sí con el suficiente interés por buscar algo que me llamara la atención. Y lo encontré, en Emilio, su nombre no me gustaba nada pero él... dios sí me gustaba. Por culpa de Emilio mi madre estuvo pagando las clases durante tres años, hasta que Emilio tuvo la grandiosa idea de echarse novia. Y ese día, ese día el club de ajedrez perdió a cuatro integrantes, yo una de ellos.
    La cuestión es que yo entré sonriendo, observé la pared de diplomas y como aún no había ninguno que dijera: "Graduada en malabares con platos", dirigí mi vista a los sillones de cuero llenos de grietas, con tan mala suerte que descubrí que todavía no tenían forma de arañazo de hombre lobo. Las velas aromáticas que cambiaban cada mes, seguían siendo de olores que bailaban entre la vainilla y la canela, y no, ninguno era de mis favoritos.
    Me dejé caer en el aburrido sillón y saludé a Vera para después mirar la pequeña bolsa de papel que agarraba con mi puño con cara de: "eres lo único que me queda".
    —Te veo contenta, Thesa. —dijo Vera recogiéndose el pelo moreno en un moño bajo.
    —¿Qué se le va a hacer? No puedo esconder mi dicha. —le dije sentándome en modo indio.
    —No creo que se deba a la terapia, pero me alegro igualmente.
    Arrugué un poco el rostro divertida y sabiendo que Vera era consciente de lo poco que me gustaba ir a verla. Pero yo iba, sabía que funcionaba.
    —Podría serlo si no fuera por que son las seis, ¿sabe usted qué pasa a las seis? —pregunté.
    —No, Thesa, nada más lejos que ir a ver a tu psicóloga, supongo.
    Solté unas risillas.
    —Yo le diré lo que pasa. A las seis, es la hora de merendar —agité la bolsa por delante de mi cabeza y la escuché soltar una risa incrédula—. No, no se ponga así, que traigo para las dos. He estado buscando algún cartel de no comer mientras entraba, y, a no ser que sea una de estas normas no escritas, deduzco que es completamente legal comerse unas cookies.
    —Bueno, no hay nada en contra, pero no creo que sea lo adecuado.
    —Créame, yo sí lo creo.
    Saqué mi cookie favorita de la bolsa, una con pepitas de chocolate blanco y le di un mordisco. Alargué una mano para coger un pañuelo de esos que ponen para que te puedas secar las lágrimas y la dejé reposar encima, tampoco pretendía dejar migas. Estiré para sacar uno más de la caja de cartón y se la tendí a Vera con otra galleta.
    —No tenía ni idea de cual cogerle, porque no la conozco, así que he optado por la clásica, pepitas de chocolate, sin más. —solo por la cara de estupefacción que me llevaba, todo eso mereció la pena—. Venga va, que se me cansa el brazo.
    La cogió dudando y yo aparté los dedos. Volví a hablar.
    —Hoy Vera, vamos a hacer algo distinto. —parpadeó confundida y le insté a probar la cookie para que me dejara hablar—. He pensado que ya que nos conocemos tan poco, y que por lo visto vamos a pasar mucho tiempo juntas, creo que deberíamos invertir esta hora en hablar de usted, porque mi vida ya la conoce.
    Vera que estaba comiendo y disfrutando de lo lindo, empezó a negar con el dedo. Aunque vi mis esperanzas de pasar una hora agradable y sin recordar mi fobia, derrumbarse, traté de recuperarlas.
    —Oh por favor, no me apetece nada hablar de mí. Y creo que si supiera algo más de usted me abriría más y todo sería mucho más eficaz.
    —Thesa, vienes aquí por algo serio, no para charlar.
    —Funcionará y yo me sinceraré mejor el próximo día.
    —No creo que eso sea así. —Sus defensas flaquearon.
    —Venga, seguro que tiene algún salseo que contarme. ¿Tiene hijos? —me lancé.
    —Sí, sí tengo, pero no vamos a hablar de eso.
    Como había vuelto a comer completamente convencida de que me contaría la historia de sus hijos, mastiqué rápido antes de que se cerrará en banda.
    —Último intento. Solo le pido media hora, la siguiente me puede machacar todo lo que quiera.
    —No te machaco, Thesa.
    Negué un poco con la cabeza sin encontrar la dulzura en las sesiones anteriores.
    —Media hora... —supliqué—. Le he traigo comida, y le está encantando.
    Dudo poco.
    —Está bien, pero después analizaremos tu reacción al contacto, y no te podrás negar.
    Aunque llevaba tiempo oponiéndome a revivir momentos horribles e incomodos y encima a tener que analizarlos, me apetecía saber de su vida.
    Respiré un par de veces y alargué la mano, todo mi cuerpo estaba tenso, consiente de lo que estaba haciendo y de lo que se venía. Y Vera, a pesar de saber mi fobia, no actuó como el resto del mundo cuando daba un pequeño paso. Todos los demás me miraban con miedo a mi reacción, ella estrechó mi mano entre la suya como si fuera lo más natural del mundo, y aunque yo no pude verlo así, esos tres segundos fueron bastante tolerables. Sonrió orgullosa de mí, y algo revoloteó en mi estómago, lo había hecho bien.
*
Pasados treinta minutos exactos, Vera dejó de contestar a mis preguntas, preguntas que a mi parecer, eran perfectas para discusiones de horas, pero demostró tener más autocontrol del que esperaba. Y la verdad, tampoco me dio para mucho, me enteré de que tenía un hijo que se llamaba León o Leo, no recuerdo bien y que era algo mayor que yo. Cuando le pregunté si era mono y si me lo presentaba, me dijo que la opinión de una madre no es objetiva, lo que a todas luces significa: está como un tren. Estaba casada, y nada muy relevante.    
    —¿Y no crees que las mujeres lo tienen todo mucho más difícil que los hombres en el mundo de la música? —Esta era para poner hasta ejemplos.
    —Thesa, lo hemos acordado, media hora. Además, estoy muy contenta con tus progresos.
    —Tampoco es para tanto —dije infravalorando mis esfuerzos.
    No me caía del todo bien, pero porque era demasiado positiva, y eso que en realidad era una mujer de diez, si hubiera sido amiga de mamá, me habría encantado como consejera amorosa. Pero bueno, la vida te trae a la gente en las condiciones que son, por mucho que quieras que Óscar Casas sea tu vecino, no va a serlo, porque la vida no lo quiere.
    —Sí lo es Thesa, sí lo es.    
    Ella carraspeó y yo subí los pies al sillón para poder abrazarme a las rodillas. Giré la cabeza y la apoyé en ellas. Cuando la luz de tarde que entraba por la ventana fue mi única visión, asentí.
    —Estoy preparada. —le dije seria y consciente de todo el esfuerzo que tendría que hacer en la próxima media hora.
    —Muy bien Thesa. Quiero que me describas lo más preciso posible como te sientes cuando recibes contacto.
    —¿Si toco o me tocan?
    —Tú eliges. Tienes total libertad en este ejercicio.
    Escondí la cabeza entre las piernas y cerré los ojos, concentrándome en la sensación.
    —Es un poco complicado de explicar, me pongo nerviosa y la verdad es que luego, no es que lo olvide... es más que me doy cuenta de lo irracional que es.
    —Especifica, quiero todos los detalles posibles. Imagínatelo.
    —Está bien —pensé unos segundos e hice dos respiraciones largas—. No sé si esto sirve, pero creo que es una buena forma de empezar.
    »Cuando estoy rodeada de personas, da igual el número o si son conocidas o no, siempre soy plenamente consciente de todos los movimientos. Al principio pensaba que era normal, pero luego, conforme crecía vi que la gente estaba relajada, que no observaba esas cosas, y a veces lo preguntaba y me decían que estaba obsesionada. Pero no puedo evitarlo, si usted mueve una mano, yo inconscientemente moveré la mía hacia atrás. Hay veces, cuando me doy cuenta de que lo hago, intento detenerme, obligarme a quedarme quieta y me digo que no pasa nada si alguien se acerca, pero no funciona. Y entonces me pongo mucho más nerviosa.
    »Por ejemplo, si estoy sentada en un banco y alguien se sienta al lado, de normal la gente da mucha distancia, pero si no es así, siento como que me falta el aire, me tenso y lo de percatarme de todo se incrementa. La mente se me nubla y solo puedo pensar que esta muy cerca, se me aceleran las pulsaciones, y bastaste, he llevado relojes de esos que te las miden —solté una risilla sin pizca de gracia—. Noto un nudo en el pecho que no me deja respirar, es como si el mundo estuviera aplastándome. Yo creo que los claustrofóbicos deben sentir algo parecido, se me olvida respirar y me siento muy atrapada, como si no hubiera escapatoria, completamente atrapada, la gente invade mi espacio. Si viviera en una bola de esas en las que giras sobre una piscina, cuando alguien se acerca, es lo equivalente a que apretujen su cara contra el plástico, sí. Pero tendrían que rodearla por completo para que fuera más similar a la presencia de una persona. Y cuando hay contacto ya... es otro tema muy distinto.

***
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