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CAPÍTULO 25. PAULATINAMENTE

La tercera mañana en el campamento TeDI prometía un día tranquilo, o lo iba a ser hasta el instante en el que las chicas decidieron sentarse separadas de los chicos por ningún motivo en concreto. Entenderéis porque acaba la tranquilidad en cuanto os defina el concepto de hoy para "Chicas": estoy yo con mi vestido suelto y amarillo de tirantes tratando de participar en la conversación y mantenerme alejada dentro de la concurrida mesa. Está Valen, dando saltos entusiasmada por la actividad de la mañana, Macarena la ex de Pol y Emma la novia de Pol. Veis que una combinación así no puede traer nada bueno, ¿no?
    —¿Alguna se quiere venir a la playa? —propuse más por ser amable que otra cosa.
    —¿De verdad no vienes a la actividad de hoy? —me preguntó Valen bajando los hombros desilusionada.
    Abrí la boca para contestarle, pero un chico de la mesa de chicos se entrometió y se sentó en el hueco que yo dejaba a modo de espacio personal.   
    —¿De verdad vas tú, chica de capital, a jugar a las canicas? —fue Pol el entrometido, el que me obligó a dar un respingo y levantarme para dejar mis platos del desayuno en el mostrador. Noté su mirada en mis movimientos.
    Valentina le contestó algo recuperando su atención y la de su chico, que la abrazó por la espalda.
    —Lo que es indignante es que la primera actividad del campamento sea un estúpido juego de canicas. —añadió Macarena a la conversación.
    Volviendo al núcleo de ruido dentro del comedor, apoyé las palmas de las manos en la mesa para no sentarme. Pero claro, como Pol no sabía nada dio dos golpecitos a su lado en el banco y me sonrió con legañas aún en los ojos para que me sentara. Negué con la cabeza, y cualquier persona normal se habría encogido de hombros dejando el tema, Pol el "me meto en la vida del resto con naturalidad" me miró fijamente achinando los ojos y escrutándome con ellos. En un acto de valentía que no sé de dónde salió, pues nunca había hecho algo parecido, le di una patada (floja) por debajo de la mesa. Ahogó un grito y me miró cabreado y sorprendido a partes iguales. Disimulé una sonrisa, estaba orgullosa de mi movimiento.
    —Creo que voy a ir tirando a la playa. —dijo Pol sin apartar sus ojos azul oscuro de mí.
    —Mira que suerte Thesa, ya tienes compañía. —dijo Valentina sonriendo y echando la cabeza hacia atrás para besar a Daniel.
    Algo asustada dirigí mi mirada a Emma, ella estaba... no celosa o furiosa, más bien ¿apenada?
    —No tengo claro si ir. —contesté y todos los ojos se centraron en mí. Me sentí desnuda con la coleta alta, el pelo suelto me habría dado más protección.
    —Yo estaré allí por si te decides, Theresa.
    Estaba claro, el Thesa de la noche anterior solo fue eso, algo de la noche anterior.
*
Con una toalla en la mano y mi libro, el bikini bajo el vestido y las chanclas en los pies, salí de la cabaña decidida a no acobardarme ante un chico desgarbado de pelo blanco que se estaba colando en mi vida y en mis pensamientos.
    El aumento considerable de los decibelios mientras bajaba por el camino de tierra, indicaba de manera precisa que la actividad más aburrida del mundo había comenzado y no era ni de lejos la más aburrida.
    Vi a Valentina y Daniel vestidos a juego y tumbados en el suelo golpeando las canicas con precisos movimientos de sus dedos. Había mucha gente, más de la que esperaba.
    Pasé por al lado y solo Alejo me vio y me saludó.
    Ocho minutos más tarde ya estaba bajando las escaleras que daban a la playa. Sí, el camino de día, y después de varias veces, ya no era tan complicado.
    Tuve que verlo para creer que iba a estar allí, una parte de mí pensaba que estaba de broma.
    Solo llevaba tres escalones cuando me paré a observarlo antes de que reparara en mi presencia. Estaba solo, muy solo. Era curioso, nunca había nadie que no fuera del campamento en esa playa.
    Si fuera fotógrafa y trajera conmigo una cámara le habría hecho varias capturas.
    Él estaba dentro del mar, no demasiado lejos como para no hacer pie, pero lo suficiente para no romper con las olas. Tenía una colchoneta hinchable con forma de unicornio y estaba sentado encima, mirando el horizonte sin mover un solo músculo. La luz de la mañana lo bañaba por completo y le confería a su pelo un tono más rubio que blanco. No estaba segura, pero su bañador era rosa... y me irritó todo él. ¿Qué hacia ahí parado? ¿Por qué estaba tan tranquilo.
    Ya al ras del mar estiré mi toalla verde claro a cuatro metros del rebullo que era la suya. Estaba enroscada por el aire y encima había un cuaderno de Moleskine y un bolígrafo Bic ultra fino.
    Aproveché que no había llamado su atención todavía, sabía que en el momento en el que eso pasara la normalidad no lo sería tanto con él mirando.
    Me senté en mi toalla y cerré los ojos permitiéndome disfrutar. Ninguna de las otras veces en la playa lo hice de verdad.
    La suave brisa, podría erizarme el bello del brazo si no fuera por el cálido sol que me bañaba. La brisa marina estaba cargada de un fuerte olor a sal y crema de sol, o tal vez no esto último, pero era algo que me venía con el simple pensamiento de la playa. Estiré las piernas para sentir la arena colarse por mis dedos y me deje llevar por el oleaje de las olas. Me resultó curioso, no era regular, unas olas venían más seguidas como cogidas de la mano, otras iban solitarias y libres, y luego estaban las que se iban cargando durante metros y metros de agua. Yo solía veranear en Peñíscola, donde las olas no eran más que ondulaciones, aquello era distinto. Más salvaje.
    —¡Theresa! —lo raro era que ese nombre ajeno a mi persona, empezaba a sonarme propio y familiar—. ¿Vienes?
    No me sonó a sugerencia. Podía contestarle cualquier cosa borde sobre lo paz que sentía antes de su interrupción, pero no me apeteció.
    Pol seguía sentado en la colchoneta de unicornio y me observaba desde el agua.
    Me despoje del vestido y no me paso desapercibida la intimidad que me dio al girar la cabeza.
    Anduve hasta el limité del agua y me la quedé mirando. Permití que me acariciara los pies y aunque las dos veces anteriores tuve un cosquilleo que me dijo que me quedara fuera, es vez lo tuve también, pero al revés. Por algún motivo con Pol me sentía segura dar ese paso parecía una buena decisión si él estaba. «Tampoco es que me vaya a tragar el mar».
    Pasito a pasito fui acercándome y me estremecí cuando un ola rompió en mi estómago.
    —Está fría. —dijo con voz alegre.
    Trabé mis ojos con los suyos sonriendo y asentí. Cuando estuve a su lado observé el horizonte igual que hacía él.
    —Me encanta. —le dije.
    Dio dos palmadas en la colchoneta a su lado, instándome a sentarme con él igual que en el comedor, e inclinó la cabeza diciéndome: "¿me lo vas a rechazar otra vez?". Pero en vez de eso dijo algo mucho más Pol que me trasladó al día que lo conocí.
    —Soy un caballero y las damas no suelen negarse a ofrecimientos caballeros.
    —¿Y si no soy una dama?
    —Si yo me considero un caballero, tú eres sin duda una dama.
    Puse una mueca considerando su idea.
    —Las damas pueden rechazar las proposiciones con educación.
    —No sé si dos veces en un mismo día es educado.
    Aparté la mirada, yo habría preferido aceptarlas.
    "Paulatinamente" creo que está yendo muy bien, a mi ritmo. Recordé que una vez le dije a mi psicóloga que soportaba mejor que me tocaran a tocar, pero la vez del teléfono con Pol fue muy mal, como pocas veces diría. Pero estaba en TeDI por un motivo, con una meta.
    —¿Qué te encanta del mar? —me preguntó.

***
Y no, este momento en la playa no acaba aquí. Nos vemos el lunes con la continuación.

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