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CAPÍTULO 80. EL ABRAZO

14 de septiembre
Pasear por Madrid con un chico era algo que ni siquiera me había molestado en contemplar. Si algún día llegaba a pasar, que seguro que sí, entonces... ¿qué? No sé, no había pensado más. Es difícil imaginar algo cuando depende de ti, y más si tú no llegas a creer en tus capacidades.
Yo decía: sí, tocaré, me enamoraré, algún día. La fobia no puede durar para siempre.  Pero... "¿Cuánto tiempo es para siempre? A veces, solo un segundo", escribió en su día Lewis Carroll. Y que cierto me parecía cuando, rozando la mano de Pol, paseaba por las calles de Madrid. Todo ese tiempo que creía que me costaría superar la hafefobia, todos esos tiempos verbales futuros empleados para referirme a mi máxima plenitud. Y... acabaron siendo un segundo. Un segundo era lo que Pol necesitaba para que consiguiera olvidar esas nueve letras, y otro más de su ausencia para retroceder dos pasos después de dar uno. Pero... eso sigue siendo avanzar.
Girando noventa grados la cabeza logré intercambiar miradas con Pol y sonreír, ¿cómo no hacerlo?
—Te he echado de menos —le dije tras veinte minutos de silencio.
—Valen no te ha entretenido lo suficiente —afirmó llevándose con ello la prueba que demostró que nunca es suficientemente amplia una sonrisa.
—Querrás decir Valentina y todos sus amigos.
—Yo no los conozco a todos.
—No pretenderías pasarte por Madrid después de más de un mes de TeDI y encima llevarme ventaja, ¿no?
Y así es como lo que pretendía ser un comentario inteligente logra hacer sentir mal a una persona. O al menos recordarle malos momentos.
Sus labios apretados y su vago intento de elevar las comisuras fueron motivación suficiente para cogerlo de la mano y obligar a Pol Luna a mirarme a los ojos.
—Polito, vas a decirme aquí y ahora cómo te sientes con respecto al divorcio de tus padres.
—¿Siempre que sales del psicólogo nace tu pasión por la profesión o me ha tocado el premio gordo?
—¿Crees que con un cambio de tema tan simple vas a conseguir esquivar esta conversación?
Yo intenté mostrarme seria, pero su resoplido no lo fue tanto.
—¿Puedo sugerir un no aquí y un casi ahora?
Y bueno, negarle algo a Pol cuando está triste no es nada fácil, por lo que en menos de cinco minutos (quizás diez) estuvimos sentados uno frente al otro, en dos sofás mullidos de color irrelevante y con dos tazas de humeante chocolate caliente.
—Ya es oficial, está semana firman el divorcio.
Fruncí el ceño.
—¿Y vienes aquí porque te niegas a aceptar que es lo mejor para todos?
Pol dejó caer los hombros.
—Vengo aquí porque te necesito, Thesa.
Sentí lo equivalente a un a nube de humo chocarse contra tu pecho, no duele, pero es un toque de atención.
Sin saber muy bien qué contestar a eso, di un golpecito en el sofá de la cafetería y Pol rápidamente estuvo acurrucado a mi lado. Besé su cabeza blanca en un intento de gesto tierno que le dijera lo mucho que lo quería y que siempre iba a estar disponible para él.
Con mi dedos paseando a lo largo de su cabello me sentí la persona más afortunada del mundo por tener a alguien como él a mi lado, pero también la más impotente. Ese finde en Madrid no iba a hacer desaparecer sus problemas, y yo no iba a poder estar más tiempo con él.
—Ojalá no viviéramos tan lejos —murmuré.
—Tenemos que aprovechar estos días al máximo, no sabemos cuando será la próxima vez que nos veamos —dijo levantando sus ojos tormenta en mi dirección.
—¿Y no te parece muy triste?
—¿El qué?
—Que queramos estar juntos pero haya kilómetros de distancia entre nosotros.
—No quiero pensar en eso ahora —se incorporó—. Venga, ¿a dónde vamos?
—¿No quieres hablar?
—Cualquier cosa antes que hablar.
Fruncí los labios sin saber si esa era la mejor opción.
*
—No tengo ni idea de qué es lo que pretendes.
Sonreí de forma pícara, ¿qué hay mejor que sorprender a Pol Luna?
—Ese es el plan, Pol.
—No me vas a dar pistas —afirmó.
—No, te voy a mandar una tarea.
Pol se paró de golpe en medio de la calle y me di la vuelta con los brazos cruzados, preparada para escuchar como se quejaba.
—¿Tengo que trabajar?
—Trabajar no es la palabra.
—¿Y cual es?
—¡Te lo he dicho! —exclamé divertida con la situación— ¡Una tarea! Y muy simple.
—Las mujeres decís que sois sencillas y no es cierto.
Levanté las cejas y con un sonidito ignoré su comentario.
—¿No puedes esperar a escuchar lo que te pido para quejarte?
Sopesó mis palabras.
—Puedo.
—Bien, porque tienes que buscar el rincón más mágico y escondido del parque.
*
Mientras, yo iba todo lo rápido que podía hasta casa en busca de alimento y varias cosas, Pol debía estar haciendo su parte. Cuando le mandé buscar ese lugar especial, para mi sorpresa, no preguntó nada más, sus ojos brillaron y se marchó manos a la obra.
—Mamá, ¿me dejas un mantel?
—¿Para qué? —inquirió en un tono... raro.
Mis mejillas se sonrojaron y mi mano se quedó quieta a dos centímetros de la nevera.
—Vera te lo habrá dicho.
—Quiero que me lo digas tú —replicó. Hay que ver lo que le gusta hacer sufrir a la gente.
Abrí la boca de forma escandalosa. 
—¿Es cierto que os contáis las cosas? ¡Mamá! Es mi psicóloga.
—No fue su culpa, yo le dije que sospechaba algo y dejó caer que venía alguien a verte a Madrid.
—Madre mía, que vergüenza.
—No te avergüences, Thesa. Soy tu madre, deberías contarme estas cosas.
—No creo que sea una obligación hablarle a tu madre de tu situación amorosa personal.
Sus comisuras se levantaros levemente y fui a sacar una botella de zumo.
—Entonces estáis saliendo.
Maldije en voz baja y pensé en la manera más discreta de salir de esta situación. Abrí la mochila vaquera y metí dentro una bolsa de cacahuetes, dos ositos con chocolate y saqué la botella grande para cambiarla por dos bricks pequeños.
—Sí —dije en voz baja.
Al girarme agradecí que mamá hubiera sacado el mantel de cuadros, necesitaba irme ya. Pero sus ojos vidriosos me lo impidieron. La garganta se me secó y una pequeña lágrima escapó de mi ojo derecho.
La mochila se me cayó al suelo y fui corriendo a refugiarme en los brazos que mi madre me ofrecía.
Sumergirme en ese abrazo cálido, en la ternura de su gesto y el amor que transmitía de piel a piel. Sentir su cuerpo acunar al mío como nunca recordaba haber vivido... fue el momento más mágico de mi vida. Ese día pude darle a mi madre lo que más había añorado durante muchos años: un abrazo de su hija.
Y lloramos juntas, reímos y recuperamos el tiempo perdido durante ese abrazo.

***
Creo que no sois conscientes de que quedan 7 capítulos y de que los giros aún son posibles...

Simplemente ThesaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora