Aizawa

382 48 0
                                        

Kagome sabía que esto estaba mal.

Desde el momento en que sus labios se encontraron por primera vez con los de Aizawa, supo que había cruzado una línea de la que no podía regresar.

Era su alumna. Él era su maestro.

Y aun así, aquí estaba… atrapada entre sus brazos en la penumbra de su oficina, con su respiración agitada y su corazón martillando en su pecho.

—Dime que me detenga —susurró Aizawa contra su cuello, su voz ronca y cargada de deseo contenido.

Kagome cerró los ojos con fuerza. Sabía que debería hacerlo. Sabía que si alguien los descubría, todo acabaría para él. Él tenía mucho más que perder.

Y sin embargo… no podía decirlo.

Se aferró a su camisa con desesperación, sintiendo el calor de su cuerpo envolviéndola.

—No puedo —susurró.

Aizawa exhaló con pesadez, como si su autocontrol estuviera al borde de romperse. Porque esto no era solo deseo.

Era más. Mucho más.

Desde que Kagome había ingresado a la U.A., él había intentado mantenerse distante. Pero ella era diferente a los demás. No solo era fuerte, sino que entendía su silencio, su cansancio, su forma de ver el mundo.

Y eso lo jodía por completo.

—Sabes que esto no puede seguir —dijo él, aunque sus manos no se apartaban de su cintura.

Kagome levantó la mirada, sus ojos llenos de algo que Aizawa no quería aceptar.

—¿Entonces por qué no te detienes?

Aizawa sintió su mandíbula tensarse. Porque no podía.

Porque, a pesar de todo, era egoísta.

Y por primera vez en mucho tiempo… quería algo solo para él.

La puerta estaba cerrada, las luces apagadas, y el mundo afuera parecía tan lejano como sus propias razones para detenerse.

Aizawa sabía que esto era peligroso. Sabía que era un error.

Pero cuando Kagome lo miraba así, con esos ojos que parecían atravesarlo, como si supiera todo lo que él no decía… todo su autocontrol se iba al demonio.

—Dime que pare —murmuró de nuevo, como una última súplica.

Kagome negó con la cabeza, sin apartarse de su agarre. Porque tampoco quería detenerse.

Había intentado verlo solo como su maestro, como alguien inalcanzable, pero cada vez que estaban juntos, esa barrera se rompía un poco más.

Aizawa apoyó la frente contra la de ella, su respiración entrecortada.

—Esto va a destruirnos —susurró.

Kagome deslizó una mano por su mejilla, sintiendo la barba incipiente en su piel.

—Entonces déjame ser la que te destruya.

Aizawa cerró los ojos con fuerza, soltando un suspiro pesado. Estaba perdido.

Porque no importaba cuánto intentara resistirse… ella ya lo había roto por completo.

Y en ese momento, decidió que, si el mundo tenía que derrumbarse por esto… que así fuera.

Los labios de Aizawa se encontraron con los de Kagome en un beso desesperado, casi furioso.

Era la primera vez que se permitían cruzar esa línea completamente. Ya no eran solo miradas intensas, roces accidentales o conversaciones cargadas de tensión. Esto era real.

Las manos de Aizawa la sujetaron con firmeza, como si intentara memorizar cada curva de su cuerpo, como si supiera que tarde o temprano esto tendría que terminar.

Pero no ahora. No cuando ella estaba en sus brazos.

—Eraser… —susurró Kagome contra su boca, pero él la calló con otro beso, más profundo, más demandante.

—No me llames así —gruñó él, su voz rasposa y llena de deseo contenido—. Cuando estamos así… solo soy Shouta.

Kagome sintió su estómago encogerse ante el peso de esas palabras. Porque eso significaba que ella era su debilidad.

Y Aizawa Shouta no podía permitirse tener debilidades.

Pero ella ya se había convertido en una.

—Shouta… —susurró su nombre con suavidad, sintiendo cómo él temblaba ligeramente contra su piel.

Por un momento, se permitieron olvidar las consecuencias, el peligro, la línea que estaban cruzando.

Solo eran ellos dos, en la penumbra de su oficina, desafiando todo lo que estaba prohibido.

Pero la realidad nunca tarda en alcanzarte.

Un golpe en la puerta hizo que ambos se congelaran.

—Aizawa, ¿estás ahí? —la voz de Present Mic resonó al otro lado.

Kagome sintió su corazón detenerse. Mierda.

Aizawa cerró los ojos, maldiciendo internamente. Si los descubrían, todo acabaría.

Con rapidez, tomó el rostro de Kagome entre sus manos y la miró con intensidad.

—Tienes que irte.

Ella tragó saliva, asintiendo con nerviosismo. No quería que esto terminara, pero tampoco podía arriesgarse a arruinar su futuro… o el de él.

Antes de que pudiera moverse, Aizawa la besó una última vez, rápido pero lleno de algo que ella no podía descifrar.

Cuando se separaron, Kagome se apresuró a salir por la ventana, su corazón latiendo desbocado.

Justo cuando ella desapareció, Aizawa suspiró profundamente y fue a abrir la puerta, encontrándose con su amigo de cabello rubio y lentes oscuros.

—¿Qué quieres, Yamada? —preguntó con voz cansada.

Hizashi sonrió, pero luego inclinó la cabeza, olfateando el aire como un sabueso.

—Shouta… —dijo lentamente—. ¿Por qué tu oficina huele a perfume de chica?

Aizawa sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Mierda.

Kagome crossover Donde viven las historias. Descúbrelo ahora