kanato

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La mansión gótica se alzaba imponente contra el cielo crepuscular, exudando un aura de misterio y decadencia que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Kagome. No recordaba cómo había llegado allí, solo un repentino vértigo y la sensación de caer en un abismo sin fin. Ahora se encontraba en un jardín descuidado, rodeada de estatuas sombrías y rosales marchitos.
Mientras intentaba orientarse, una voz dulce y meliflua la sobresaltó. "Oh, ¿quién eres tú? Nunca te había visto por aquí."
Kagome se giró y vio a un joven de apariencia andrógina, con cabello morado y grandes ojos del mismo color que la observaban con una intensidad infantil. En sus brazos acunaba un oso de peluche desgastado.

—Mi nombre es Kagome,— respondió con cautela. —No estoy segura de cómo llegué aquí—
El joven sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos—Kagome… qué nombre tan bonito. Yo soy Kanato. ¿Te gustaría tomar el té conmigo?—

A pesar de la extraña atmósfera del lugar y la intensidad de la mirada de Kanato, Kagome sintió que no tenía muchas opciones.

—Claro—aceptó con una sonrisa forzada.

Kanato la guio dentro de la mansión, a través de pasillos oscuros y llenos de retratos sombríos. La llevó a un salón de té igualmente lúgubre, donde una mesa estaba preparada con tazas de porcelana y dulces de aspecto sospechoso.

Mientras bebían el té, Kanato no dejaba de observarla, sus ojos brillantes y fijos en ella. Le hacía preguntas sobre su vida, su mundo, y parecía fascinado por sus respuestas.

Kagome, a su vez, se sentía cada vez más incómoda bajo su mirada. Había algo en él, una posesividad latente en su comportamiento, que la ponía nerviosa.

—Tu cabello es muy bonito— dijo Kanato de repente, extendiendo una mano para acariciar una de sus largas trenzas oscuras. Su tacto era frío y pegajoso. —Es casi tan oscuro como la noche. Me gusta mucho—

Kagome sintió un escalofrío recorrer su espalda y se apartó suavemente.

—Gracias—

La sonrisa de Kanato se ensanchó, pero había algo forzado en ella.

—Sabes, Kagome, creo que nos vamos a llevar muy bien. Eres diferente a las demás personas que vienen a esta casa. Eres… especial—

A medida que pasaba el tiempo, la verdadera naturaleza de Kanato comenzó a manifestarse. Se mostraba cada vez más posesivo con Kagome, insistiendo en que pasara todo su tiempo con él. Se enfurecía si ella hablaba con alguno de los otros hermanos Sakamaki, a quienes Kagome había conocido brevemente y que le habían parecido tan extraños y perturbadores como Kanato.

—No necesitas hablar con ellos— le decía Kanato con voz dulce pero firme. —Solo me necesitas a mí. Yo te cuidaré. Seremos felices juntos, ¿verdad?—

Kagome intentaba mantener la calma, pero la intensidad de la obsesión de Kanato la asustaba. Sus ojos la seguían a todas partes, y a menudo la encontraba observándola desde las sombras, con una sonrisa inquietante en su rostro.

Un día, mientras Kagome intentaba explorar un poco la mansión, Kanato la encontró hablando con Ayato, uno de sus hermanos.

La reacción de Kanato fue instantánea y aterradora.

—¡Kagome es mía!—gritó, su voz aguda y llena de rabia. Sus ojos se oscurecieron, y el oso de peluche que siempre llevaba consigo cayó al suelo. —¡No tienes derecho a hablar con ella!—

Antes de que Kagome pudiera reaccionar, Kanato se abalanzó sobre Ayato, gritándole y acusándolo. La escena fue tan violenta e irracional que Kagome sintió un nudo en el estómago.

Después del altercado, Kanato arrastró a Kagome de vuelta a su habitación, cerrando la puerta con llave. La miró con una mezcla de tristeza y reproche en sus ojos.

—¿Por qué hablabas con él, Kagome?—preguntó con voz temblorosa. —¿No te dije que solo me necesitas a mí?—
Kagome intentó razonar con él, explicándole que solo estaban teniendo una conversación, pero Kanato no parecía escucharla. Estaba inmerso en su propia realidad distorsionada, donde Kagome le pertenecía por completo.

—No te dejaré ir—dijo Kanato, acercándose a ella lentamente. Sus ojos brillaban con una intensidad escalofriante—Eres mía ahora. Y siempre lo serás—
Kagome sintió el miedo helarle la sangre. La dulzura inicial de Kanato se había desvanecido por completo, revelando la oscura y posesiva naturaleza de su corazón. Estaba atrapada en esa mansión, a merced de un joven cuya obsesión la había convertido en su prisionera.
Mientras Kanato se acercaba más, con una sonrisa perturbadora en su rostro, Kagome supo que su vida en ese mundo de vampiros y oscuridad había tomado un giro aún más siniestro.

La amabilidad inicial se había transformado en una jaula dorada, y la promesa de felicidad se había convertido en una amenaza silenciosa y constante. Su única esperanza era encontrar una manera de escapar de las garras de aquel yandere antes de que su obsesión la consumiera por completo.

Kagome crossover Donde viven las historias. Descúbrelo ahora