La noche estaba tranquila… demasiado tranquila.
Kagome avanzaba por las calles desiertas de Tokio con su arco colgado al hombro y una flecha purificada entre los dedos. Había llegado allí siguiendo la débil presencia de un demonio que no pertenecía ni a su época ni a la de Inuyasha. Algo—o alguien—había alterado de nuevo el flujo del tiempo.
—Esto no es normal… —susurró.
Un viento gélido recorrió la avenida, apagando las pocas luces encendidas. Kagome tensó la cuerda de su arco y giró sobre sus talones.
—Wow, wow, wow, tranquila ahí, arquera —dijo una voz a sus espaldas—. No suelo recibir flechazos en la primera cita.
Kagome casi suelta el disparo. Se volteó y vio al hombre más extraño que había visto desde que conoció a Miroku.
Alto. Piel clara. Cabello blanco desordenado. Y un antifaz negro cubriéndole los ojos.
Sonreía como si nada en el mundo pudiera dañarlo.
—¿Quién sos? —preguntó Kagome, sin bajar el arco.
—Gojo Satoru —respondió con una reverencia exagerada—. Chamán, profesor, rompe reglas profesional. Y vos… vos tenés un aura absolutamente deliciosa.
Kagome frunció el ceño.
—¿Chamán? No siento que tengas energía demoníaca.
—Porque soy mejor que un demonio —Gojo ladeó la cabeza—. Y vos sos… interesante. Tu energía espiritual es fuerte, pura… un poco inestable —su sonrisa se ensanchó—. Y huele diferente a cualquier cosa en este mundo.
Kagome bajó el arco apenas un poco.
—Estoy siguiendo a un yokai que no debería estar acá. ¿Lo viste?
Gojo chasqueó los dedos.
—Ajá. Una cosa viscosa, con dientes de más, cero modales. Lo estaba estudiando cuando… apareciste —se acercó dos pasos, demasiado rápido—. ¿Posible viajera del tiempo? ¿Sacerdotisa? ¿Ambas?
Kagome retrocedió un paso.
—¿Cómo—?
—Tenés cara de que te pasan cosas raras cada dos días —dijo él alegremente.
Un rugido interrumpió la conversación. El yokai emergió de un callejón, deformado, con varios ojos parpadeando.
Kagome tensó el arco.
—¡Atrás!
Pero antes de que pudiera disparar, Gojo se colocó frente a ella.
—Dejame lucirme un poco.
El monstruo saltó.
Gojo ni se movió.
Una barrera invisible lo detuvo a centímetros de su cara. El yokai quedó suspendido en el aire, como atrapado en gelatina.
—¿Qué… qué es eso? —preguntó Kagome, sorprendida.
—Infinito —respondió él como si fuera lo más obvio del mundo—. Básicamente, no puede tocarme. Y nadie puede tocarte a vos… si yo no quiero.
Kagome sintió un calor extraño subirle por el pecho.
—Bien —dijo recuperando la compostura—. Entonces lo purifico.
Se colocó a su lado, apuntó y la flecha salió disparada. El brillo rosa y blanco iluminaron la calle, atravesando al yokai y desintegrándolo en un polvo oscuro.
Gojo aplaudió.
—¡Mágica, hermosa, mortal! Sos mi tipo ideal, definitivamente.
Kagome se sonrojó.
—No digas tonterías…
—No son tonterías si son verdad —replicó él, bajándose el antifaz por un momento.
Kagome dio un respingo.
Sus ojos.
Azules, brillantes, imposibles. Como mirar directamente a un cielo recién nacido.
Gojo sonrió ante su reacción.
—¿Demasiado?
—Es… —Kagome tragó saliva— demasiada luz.
—Me pasa seguido.
Hubo un silencio extraño, íntimo, inesperado.
Gojo la observaba como si fuera algo raro y precioso. Como si nadie le hubiera sorprendido así en muchísimo tiempo.
—Kagome Higurashi —dijo él, como saboreando su nombre—. No pertenecés a este tiempo, ¿verdad?
Ella negó.
—Tengo que volver a mi mundo… a mis amigos.
—Claro —respondió él, pero había una sombra detrás de la sonrisa.
Antes de que Kagome pudiera decir algo más, una grieta luminosa apareció en medio de la calle. El portal que la había traído también la estaba reclamando.
—¡No! Todavía no sé cómo cerrarlo del todo…
El viento empezó a tirar de ella, jalándola hacia la grieta temporal.
Gojo la agarró de la muñeca.
Su tacto era firme, cálido, casi desesperado.
—No se supone que te deje ir sin pedirte algo —dijo con suavidad.
Kagome lo miró sorprendida.
—¿Qué…?
Gojo se inclinó, acercándose a su oído.
—Déjame encontrarte otra vez. Sin portales. Sin monstruos. Vos y yo… en cualquier mundo.
El corazón de Kagome dio un vuelco inesperado.
—Gojo…
El portal tiró más fuerte.
Él no soltó.
—Prometelo —susurró él, y por un instante, su sonrisa dejó paso a algo más real, más humano—. Dame una razón para cruzar mundos si hace falta.
Kagome apoyó su mano libre sobre la suya.
—Te prometo… que volveré.
Gojo la soltó con una última caricia del pulgar en su muñeca.
Kagome fue absorbida por la luz, desapareciendo.
Cuando la calle volvió a quedar vacía, Gojo se quedó allí, con el antifaz en la mano y una sonrisa lenta formando un arco en sus labios.
—Kagome, Kagome… —murmuró, inclinando la cabeza—. Ojalá tus flechas sepan encontrarme cuando lo decidas.
El viento sopló.
Y por primera vez en mucho tiempo, Gojo Satoru sintió que había encontrado algo… que realmente no quería perder.
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Kagome crossover
FanfictionCrossover de Kagome con diferentes personajes de anime/ serie/ películas/ OC
