Kagome x Rimuru

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Kagome había salido del altar sagrado para comprar unos ingredientes en la ciudad cuando escuchó un grito:

—¡¡ALGUIEN DETÉNGALO!!

Un ladrón corría entre la multitud cargando una cartera robada. Kagome suspiró, lista para intervenir… pero antes de que pudiera siquiera tensar su arco espiritual, un hombre salió disparado desde la esquina.

—¡ALTO AHÍ, MALDITO! —gritó mientras corría con cero técnica pero muchísimo entusiasmo.

Kagome parpadeó.

—¿Eh…?

Era un chico normal. Pelo negro despeinado, traje de oficina, cero aura espiritual. Nada.

Pero corrió con tanta determinación que Kagome se quedó mirando.

El ladrón lo esquivó, pero el hombre tropezó con una señal, rebotó contra un poste, giró sobre sí mismo…

Y terminó lanzándose accidentalmente encima del ladrón, aplastándolo.

Los dos cayeron al suelo como un desastre espectacular.

Kagome se llevó la mano a la boca.

—¡¿Estás bien?!

El hombre levantó la cabeza, con hojas pegadas en el cabello, la corbata torcida y una sonrisa avergonzada.

—Eheh… sí. Lo planifiqué así. Claramente.

—No lo planificaste —dijo Kagome, arrodillándose junto a él mientras la policía se llevaba al ladrón.

—Bueno… no exactamente —admitió él, riéndose.

Kagome le ofreció la mano para ayudarlo a ponerse de pie.

—Gracias… ¿eh…? —preguntó ella.

—Satoru. Satoru Mikami. —Se sacudió el polvo—. Y vos… ¿estabas a punto de tirarle una flecha luminosa al tipo? Porque creo que vi un arco que apareció mágicamente…

Kagome se congeló.

—¡Eh… eso…! Fue tu imaginación… ¿quizás?

Satoru entrecerró los ojos.
Luego sonrió como si tuviera un secreto nuevo que le fascinaba.

—No te preocupes. Trabajo en una oficina llena de gente que cree que soy un otaku raro. Si les cuento que vi magia, nadie me va a creer.

Kagome soltó una risita.

—Supongo que eso ayuda.

—¿Puedo invitarte algo? —preguntó él de golpe—. No todos los días salvo una sacerdotisa mágica que me mira como si yo fuera un desastre ambulante.

Kagome se ruborizó.

—No dije que fueras un desastre…

—Lo pensé yo solo —se rió Satoru—. Pero igual quiero invitarte algo.

Ella dudó un momento… pero Satoru tenía esa mezcla de torpeza y sinceridad que la desarmaba.

—Está bien —aceptó.

Caminaron juntos hasta una cafetería cercana.

Satoru hablaba un poco rápido, como si quisiera esconder su nerviosismo.

—Sabés… vos sos como esas protagonistas de anime que aparecen de la nada en la vida del tipo normal.

Kagome se rió.

—¿Y vos serías qué? ¿El oficinista que quiere ser héroe?

Satoru la miró… y bajó la vista con una sonrisa más suave.

—Algo así. Aunque… si tengo que admitirlo… —susurró, mirándola desde abajo— creo que por vos sí intentaría serlo en serio.

Kagome sintió un calor agradable en las mejillas.
Satoru, sin saberlo, ya había empezado a formar un vínculo… uno que, en otra vida, tomaría una forma completamente distinta.

Pero por ahora, ahí, en una simple cafetería…

Él solo era Satoru Mikami.
Y ella, Kagome.
Dos desconocidos que se encontraron en el momento perfecto.

Habían pasado años desde aquel encuentro con Satoru Mikami, el oficinista torpe y dulce que había terminado encima de un ladrón para detenerlo. Kagome recordaba esa escena con cariño, como un pequeño tesoro de una vida que ya no existía.

Pero ahora…
Ahora estaba en un mundo completamente diferente.
Poblado por monstruos, espíritus, magia…
Un mundo donde ella había llegado por accidente buscando una distorsión.

Y entonces lo vio.

Un slime azul.
Pequeño. Saltarín. Adorable.

—Hmmm… qué cosa tan mona —murmuró Kagome, inclinándose—. ¿De dónde saliste vos?

El slime se congeló.

Literalmente, se quedó inmóvil.

—K-Kagome… ¿sos…? —una voz resonó en su mente.

Kagome dio un salto.

—¿Eh? ¿Me… hablás? ¿Un slime me está hablando?

El slime comenzó a brillar.
Un resplandor mágico tomó forma.
Y frente a ella apareció un chico de cabello celeste, ojos dorados, expresión dulce.

Kagome abrió los ojos de par en par.

—¡¡Satoru…!! …¿Mikami? ¿Sos vos?

Él parpadeó lentamente, como si no pudiera creerlo.

—No puedo creerlo… Vos… ¡vos sos la chica del arco mágico! —dijo Rimuru, con una sonrisa que le iluminó el rostro—. Me salvaste la dignidad ese día. Nunca me olvidé.

Kagome se llevó una mano a la boca, emocionada.

—Te… te reencarnaste.

—Eh… sí. En un slime —respondió Rimuru, señalándose la cara—. No es lo que uno espera después de morir, pero no está tan mal. Soy adorable, ¿no?

Kagome rió y se acercó para tocarle el cabello celeste.

—Pensé que nunca más te vería.

Rimuru se tensó ligeramente bajo su mano.
Era raro; él tocaba personas todo el tiempo, pero que alguien lo tocara con tanta calidez… lo dejaba sin palabras.

—Yo pensé que ibas a olvidarte de mí —respondió bajito—. Después de todo, era solo un oficinista torpe que perseguía ladrones sin saber pelear.

Kagome negó con la cabeza.

—Me acordé siempre. Fuiste… muy valiente ese día.

Rimuru se sonrojó.

—Valiente… o muy estúpido. Aún no lo decidí.

Ella soltó una risa suave.

—Pero ahora sos increíble. Fuertísimo. Tenés tu propia gente, tu propia nación.

Rimuru tragó saliva.
Porque la manera en que Kagome lo miraba… lo hacía sentir más vivo que su forma humana.

—Y vos… seguís siendo hermosa —dijo Rimuru sin pensar.

Kagome se ruborizó.

—Rimuru…

Él dio un paso más cerca.

—Me alegra tanto… tanto verte otra vez —susurró—. Si esto es otra vida, entonces… supongo que me alegraré de encontrarte en todas las que vengan.

Kagome sintió el corazón latirle fuerte.

Ese día, bajo el atardecer del JurTempest, Kagome había reconocido algo más que un viejo amigo.

Había reconocido un destino.

Y Rimuru, aunque fuera un slime…

Ya estaba cayendo profundamente por ella.

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora