Sukuna x Kagome

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Había viajado por el pozo… pero no al Japón feudal que Kagome conocía.
Era aún más atrás: un tiempo donde los humanos vivían con miedo y las maldiciones caminaban como dioses oscuros entre ellos.

Kagome apenas tuvo tiempo de entender en qué época había caído antes de sentirlo.
Una presión como si el aire se partiera.
Una presencia que quemaba.

Y ahí estaba él.

Sukuna.
El Rey de las Maldiciones.

Cuatro brazos.
Dos rostros.
Una sonrisa cruel.

Aunque lo que más la estremeció fueron sus ojos: un rojo profundo que la devoraba entera.

—Vaya, vaya… —su voz resonó como un trueno—. ¿Qué clase de criatura divina acaba de caer frente a mí?

Kagome retrocedió, apuntando con su arco.

—No soy ninguna criatura tuya.

Sukuna rió.
Una risa que hacía temblar la tierra.

—Oh, pero lo serás.

Kagome tensó la cuerda del arco, purificando la flecha con energía espiritual.

—Acércate y lo averiguás.

Sukuna desapareció.
Kagome solo pudo sentir un golpe de viento antes de que él apareciera detrás de ella, tomándola de la muñeca con uno de sus brazos.

—Tenés un aroma delicioso —murmuró cerca de su oído—. Huele a pureza… y a poder.

Kagome liberó una explosión de energía espiritual que lo hizo retroceder varios pasos. Sukuna observó cómo se curaban sus propias quemaduras, sorprendido y encantado.

—Interesante. Una sacerdotisa con suficiente poder para tocarme. —Su lengua recorrió sus labios—. Esto se pone divertido.

Kagome retrocedió, respirando rápido.

—No quiero pelear con vos… pero puedo hacerlo.

Sukuna avanzó lentamente, su sonrisa creciendo como un eclipse.

—Y yo sí quiero.
Quiero verte brillar, romperte, reconstruirte.
Quiero ver qué tan lejos llega tu poder… cuando te trate como mi igual.

Kagome sintió un escalofrío recorrerle la columna.

—No soy tu igual.

—No —admitió Sukuna, inclinándose sobre ella—. Sos mejor.

Kagome abrió los ojos sorprendida.

Sukuna siguió hablando, su voz más baja, casi reverente.

—He vivido siglos. He matado dioses. He destruido ejércitos.
Y jamás… jamás…
vi una humana cuya energía pudiera tocar la mía sin desintegrarse.

Se acercó aún más, atrapándola entre sus brazos como si la estudiara.

—Vos, miko… sos un tesoro raro. Un milagro.

Kagome tragó saliva, sin bajar el arco.

—¿Qué querés de mí?

La respuesta fue inmediata.

—Quiero que seas mi reina.

Kagome se quedó helada.

—¿Tu… qué?

Sukuna la tomó por la barbilla con una de sus manos mientras las otras tres descansaban a sus lados, conteniendo su brutal fuerza.

—Mi reina.
La única digna de caminar a mi lado.
La única con poder suficiente para no romperse en mis manos.

Sus ojos recorrieron los de ella como si la estuviera eligiendo, marcándola.

—Tu espíritu podría igualar al mío. Y cuando lo haga… —su sonrisa fue puro fuego y posesión— conquistaremos este mundo juntos.

Kagome apartó el rostro, apretando los dientes.

—Yo no voy a ser reina de ningún monstruo.

Sukuna se echó a reír, un estruendo que sacudió los árboles.

—Decime eso las veces que quieras, miko.
Pero no podés escapar de algo que ya es tuyo.

Kagome alzó el arco.

—¿Qué cosa?

Los cuatro ojos de Sukuna brillaron.

—Mi obsesión.

Kagome soltó la flecha purificada.
Sukuna la detuvo con dos dedos, quemándose… y sonriendo como si se hubiera enamorado.

—Huirás, pelearás, me odiarás… —susurró, acercándose nuevamente— pero vas a ser mía.

—Jamás.

Sukuna desapareció entre los árboles, su voz resonando como un juramento ancestral:

—Nos volveremos a encontrar, Kagome.
Y ese día… serás mi reina.

Kagome apretó el arco contra su pecho, temblando.

Porque por primera vez…
Sintió que esa promesa no era una amenaza.

Era un destino.

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