Katsuki Bakugo estaba jodidamente harto.
Desde que puso un pie en la U.A., había tenido claro que su único objetivo era convertirse en el héroe número uno. Nada más importaba. Nada ni nadie.
Hasta que llegó ella. Kagome-sensei.
Desde el primer día de clases, Bakugo supo que estaba en problemas. No porque ella fuera una profesora estricta o imposible de complacer. No, el problema era que no podía dejar de mirarla.
Era fuerte, inteligente, y aunque su estilo de enseñanza era más relajado que el de Aizawa, sabía perfectamente cómo controlarlo cuando se ponía demasiado explosivo. A diferencia de los demás profesores, ella no lo trataba como un caso perdido.
Y eso lo jodía más que cualquier otra cosa.
Porque cada vez que ella sonreía, cada vez que le corregía su postura en combate con esas malditas manos suaves, cada vez que decía su nombre en voz alta con ese tono tranquilo… su estómago se encogía de una forma que lo hacía querer gritar.
Y lo peor de todo… ella nunca podría ser suya.
Porque Kagome-sensei estaba casada.
La primera vez que vio el anillo en su dedo, casi explotó un escritorio. No tenía idea de quién era su esposo, y no quería saberlo, porque si lo hacía, probablemente terminaría partiéndole la cara.
Era injusto. ¿Cómo carajos se suponía que debía lidiar con esto?
—¡Bakugo, concéntrate!
La voz de Kagome lo sacó de su trance. Estaban en la sala de entrenamiento, y él se había quedado paralizado, con los puños apretados y la mandíbula tensa.
Ella lo miraba con esa mezcla de paciencia y preocupación que siempre lo volvía loco.
—Tu mente está en otro lado —señaló, cruzándose de brazos—. Si sigues así en una misión real, podrías perder la vida.
Su tono era firme, pero no era un regaño. Eso solo lo frustró más.
—¡Estoy bien, maldita sea! —gruñó, desviando la mirada.
Kagome suspiró y caminó hacia él, deteniéndose justo frente a su cuerpo tenso. Demasiado cerca.
—Si hay algo que te preocupa, puedes hablar conmigo —dijo suavemente.
Y ahí estaba de nuevo. Esa voz, esa maldita dulzura que lo hacía querer arrancarse el corazón.
Bakugo sintió cómo su autocontrol se desmoronaba. ¿Cómo demonios podía seguir pretendiendo que no pasaba nada?
No podía.
Sin pensarlo, levantó la mano y atrapó la muñeca de Kagome con firmeza.
Ella parpadeó sorprendida.
—Bakugo, ¿qué…?
—Dime que no lo amas.
Su voz salió más ronca de lo que esperaba, casi un gruñido.
Kagome se quedó en silencio, y eso solo lo hizo apretar más los dientes.
—Dímelo —insistió, su agarre temblando levemente—. Solo… solo dime que no te importa.
El corazón de Kagome latía con fuerza. Podía ver el dolor en sus ojos, la rabia contenida.
Pero también sabía que no podía darle lo que quería.
Porque, aunque su corazón doliera, aunque su mente se nublara cada vez que él la miraba con esa intensidad… seguía siendo su profesora.
Y seguía estando casada.
Así que hizo lo único que podía hacer. Le sonrió con tristeza… y retrocedió.
—Lo siento, Bakugo.
Y con esas simples palabras, su mundo se derrumbó.
El silencio entre ellos era insoportable.
Bakugo sintió cómo su pecho se apretaba, como si alguien estuviera exprimiendo su corazón con brutalidad. No era la respuesta que quería. Ni siquiera sabía qué esperaba escuchar, pero definitivamente no era eso.
Kagome retrocedió un paso más, con la mirada baja.
—Esto… no debería estar pasando —murmuró, con un tono de voz que lo enfureció aún más.
—¡No me vengas con esa mierda! —rugió, apretando los puños con fuerza—. ¡Sabes perfectamente que esto no es solo cosa mía!
Kagome levantó la cabeza con los ojos muy abiertos. Porque tenía razón.
Había sentido la tensión entre ellos desde hace tiempo. Cada mirada intensa, cada roce accidental, cada momento donde su corazón latía más rápido de lo que debería. Pero nunca quiso admitirlo, porque hacerlo significaba cruzar una línea de la que no podría regresar.
—No puedes decirme que no sientes nada —Bakugo continuó, su voz grave y cargada de emoción—. Porque si lo haces, sé que estarías mintiendo.
Kagome tragó saliva, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Él era peligroso así. No físicamente, sino emocionalmente. Porque Bakugo nunca decía nada que no sintiera de verdad.
Y lo peor era que tenía razón. Sentía algo.
Pero ¿qué podía hacer? Estaba casada. Y aunque su matrimonio ya no era lo que solía ser, aunque su corazón latiera más fuerte por este chico explosivo que por su propio esposo… no podía permitirse caer.
—No voy a hacerte esto —susurró ella, obligándose a mirarlo a los ojos—. No puedo.
Bakugo apretó los dientes, su rabia transformándose en dolor puro.
—Entonces dime que no me quieres.
Kagome sintió su garganta cerrarse. No podía decirlo.
Pero tenía que hacerlo.
—No te quiero.
La mentira salió con una frialdad que no sentía.
Bakugo se quedó completamente inmóvil, su rostro endureciéndose. Por un momento, pareció un niño que acababa de ser traicionado por la única persona en la que confiaba.
Luego, soltó una risa amarga.
—Ya veo.
Kagome sintió algo romperse dentro de ella cuando vio la mirada apagada en sus ojos. Bakugo no era alguien que se rendía fácilmente, pero esta vez… se dio por vencido.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la sala de entrenamiento.
Y Kagome se quedó allí, con los ojos llenos de lágrimas que jamás dejaría caer. Porque sabía que lo había perdido.
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Kagome crossover
Fiksi PenggemarCrossover de Kagome con diferentes personajes de anime/ serie/ películas/ OC
