alducarxkagomex sera

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Kagome no recordaba en qué momento se convirtió en el centro del infierno… o del paraíso. Todo dependía de cómo lo miraras.

Había llegado a la organización Hellsing por un cruce dimensional inesperado y, como era habitual en su vida, terminó atrapada entre lo sobrenatural y lo letal. Y claro… entre dos criaturas que no conocían el significado de "amor sano".

Primero fue Seras. Dulce, nerviosa, insegura… pero con ojos que la seguían a todos lados. Siempre estaba ahí, siempre servicial, siempre lista para complacerla. Incluso cuando Kagome no pedía nada.

—Kagome… ¿no querés dormir en mi cuarto hoy? Es más seguro… te lo prometo.

Pero cuando Kagome aceptó, por lástima o por cariño, descubrió que Seras dormía con los ojos abiertos, vigilándola.

Después vino Alucard. Silencioso, sarcástico, encantador a su modo. El tipo de ser inmortal que podía volverte loca… y luego beber tu alma. Y sin embargo, con Kagome, era casi... dulce.

—Tan pura... tan poderosa. Sos mía —le decía con voz baja mientras ella trataba de ignorar su sombra que la acariciaba como una caricia fantasmal.

Una noche, Kagome bajó a la sala de entrenamiento buscando algo de paz. Seras apareció primero, con una sonrisa adorable pero sus manos manchadas de sangre.

—Tenías razón, Kagome… esas chicas que te hablaban eran sospechosas —dijo inocente—. Ya no lo serán más.

Kagome retrocedió un paso… y tropezó con una sombra.

—¿Huís de ella o de mí? —susurró Alucard detrás de su oído, tomando su mentón entre dedos fríos como la muerte—. Podemos compartirte… si estás de acuerdo.

—O si no —añadió Seras, su sonrisa demasiado grande para su cara normalmente dulce.

Kagome tragó saliva, acorralada por la oscuridad… y por el amor más posesivo que había sentido.

Estaba atrapada. Y parte de ella… no quería escapar.

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¿Querés que lo continúe con más tensión o que Kagome imponga sus reglas en ese vínculo turbio?

¡Perfecto! Continuamos el one-shot yandere de Kagome x Seras x Alucard, con un poco más de tensión, poder y deseo… Kagome no es una víctima, después de todo.

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"Dueña de los monstruos" – Parte 2

Kagome exhaló, lenta. Los ojos de Seras brillaban como faroles, llenos de devoción… y algo más oscuro. Alucard, en cambio, sonreía con esos colmillos afilados como si supiera el final de un juego que recién empezaba.

—¿Compartirme, eh? —murmuró Kagome, enderezando la espalda. Ya había sido un alma frágil en otro tiempo, pero eso quedó enterrado con Naraku—. ¿Creen que pueden hacer lo que quieran conmigo?

Alucard se inclinó, su sombrero proyectando una sombra sobre sus ojos.

—No es creencia, es certeza. Sos deliciosa, Kagome… poder, alma, sangre… Todo en vos es una tentación.

—No somos humanos —añadió Seras con tono suave, pero sus uñas cavaban la madera del suelo—. No sentimos como ellos… lo nuestro es más intenso.

Kagome giró sobre sus talones, sus pupilas brillando con poder espiritual. El aire cambió de pronto: un calor sagrado invadió la sala. Ambos vampiros se tensaron.

—Y yo no soy una simple chica perdida —dijo ella, firme—. Soy sacerdotisa del tiempo. Sobreviví a demonios que harían temblar a tus sombras, Alucard. Y vos, Seras… ¿creés que podés protegerme? ¿O es que sólo te querés a vos en mí?

La tensión fue como un relámpago. Alucard rió, profundo, oscuro… fascinado.

—Oh, amo esta parte. Cuando empiezan a revelarse. Cuando te muestran los colmillos sin perder la ternura…

Seras bajó la cabeza, avergonzada, pero su sonrisa fue aún más torcida.

—Yo no te quiero frágil, Kagome. Te quiero toda… hasta cuando me odiás.

Kagome respiró hondo y dio un paso al frente. Tocó la frente de Seras con dulzura y luego miró a Alucard con autoridad.

—Está bien… si quieren jugar conmigo, háganlo a mi manera.

Alucard parpadeó, curioso.

—¿Y cuál sería esa manera… sacerdotisa?

—Primero: nadie me toca sin permiso —dijo con una media sonrisa.

—¿Y segundo?

Kagome alzó las cejas.

—Segundo: no piensen que van a poseerme… cuando los tengo a ambos comiendo de mi mano.

El silencio duró un segundo eterno… y luego, los dos vampiros sonrieron como bestias satisfechas.

Esa noche, el infierno se arrodilló ante una sacerdotisa.

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