Sesshomaru

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Tokyo, año 2025.

Kagome caminaba por la estación de tren con una sensación extraña en el pecho. Habían pasado años desde que volvió del Sengoku, y aunque lo intentó… nunca pudo olvidar a él. No a Inuyasha. No a los demás.

A él. Sesshomaru.

Un amor que nunca fue declarado… pero siempre sentido.

Ese día, en la estación, vio a un hombre de cabello plateado atado con una coleta baja, vestido con un traje gris y una bufanda blanca. Alto. Elegante. Y con ojos dorados que la atravesaron como cuchillas de nostalgia.

—¿Nos conocemos? —preguntó él, acercándose, como si el universo lo empujara.

Kagome tembló. Su reiki reaccionó antes que su mente.
—No puede ser…

—Mi nombre es Seiji Tomoru —dijo él, frunciendo el ceño levemente. Pero en su voz, había algo familiar.
—¿Quién sos vos… en realidad?

Ambos terminaron en una cafetería, sin entender por qué no podían separarse. Él tenía sueños de batallas con espadas, de un kimono blanco manchado de sangre… y de una joven con arco y poder sagrado que siempre lo observaba desde lejos.

—No creo en la reencarnación —dijo él con tono bajo— pero desde que te vi… no puedo mirar a nadie más.

—Sesshomaru —susurró ella, conteniendo las lágrimas.

Él se quedó helado. Ese nombre había aparecido en sus sueños desde que era niño.

Sin pensar, Kagome tocó su mejilla. El mismo frío. La misma intensidad.
—Aún te amo —confesó— aunque nunca me amaste.

Él cubrió su mano con la suya, sorprendido de su propia reacción.
—No digas eso. Yo… nunca supe cómo amar. Pero siento que esta vez… puedo aprender.

Y en medio del ruido de la ciudad, los dos compartieron el primer beso que les fue negado en otra vida.
¡Perfecto, Hana! Vamos a continuar esta historia donde Kagome y el Sesshomaru reencarnado (ahora Seiji Tomoru) descubren no solo su amor de vidas pasadas, sino también la nueva vida que están por traer al mundo.

Habían pasado cinco meses desde aquel día en la estación.
Seiji y Kagome no solo se habían enamorado…
Se habían reencontrado.

Él había empezado a tener más sueños con claridad. Recuerdos de Rin, de Jaken, de su espada, del cielo teñido de rojo al perder a su hermano. Recuerdos de ella… de Kagome, siempre observándolo con tristeza desde el otro lado del campo de batalla.

—Nunca te vi como enemiga —le dijo una noche, recostado junto a ella—. Pero no podía entender por qué me dolía tanto verte partir.

Kagome lloró, y esa misma noche, la vida le dio una sorpresa.

Un test.
Dos líneas.
Un hijo.

—Seiji… estoy embarazada.

Él parpadeó. La emoción no era algo que supiera cómo manejar. Pero su mano fue directo a su vientre, como si algo ancestral dentro de él supiera lo importante que era ese pequeño ser.

—Es… nuestro hijo —susurró él, casi reverente—. El heredero de dos eras.

En los meses que siguieron, la conexión entre ambos creció aún más. Seiji comenzó a manifestar ciertos poderes. Cuando Kagome enfermó una noche, su energía dorada, parecida al youki antiguo, la envolvió y la sanó.

—Estás despertando tu verdadero ser —dijo ella, con una sonrisa—. Sesshomaru está despertando del todo, ¿no?

Él no respondió. Solo la abrazó fuerte, apoyando su frente contra la de ella.

Meses después, bajo el florecer de los cerezos, Kagome dio a luz.

Era un varón.

Cabello plateado. Ojos dorados como la luna. Y una pequeña marca violeta en la frente, justo donde Sesshomaru la llevaba.

—Lo llamaremos… Akihiro —dijo ella—. Hijo de la luz y del acero.

Seiji lo sostuvo por primera vez con una mezcla de temor y devoción.
—Juro… protegerlos a ambos. En esta vida, y en las que vengan.

Y esa noche, en sueños, el antiguo Sesshomaru le habló por última vez:

"Esta vez… no cometas los mismos errores. Ama sin orgullo. Protege sin reservas. Ella es tu luna. Y ese niño, el puente entre dos mundos."

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora