Muzan

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La noche cayó sobre Kyoto con una luna peligrosamente roja, como si anunciara que algo antiguo despertaba. Kagome caminaba por un callejón silencioso, sosteniendo su arco y sintiendo el aura demoníaca que había estado persiguiéndola desde que salió del templo.

No era un demonio común.
Era demasiado frío.
Demasiado elegante.
Demasiado… consciente de sí mismo.

—Qué presencia… —susurró Kagome, deteniéndose.

Un paso.

Otro.

El sonido suave de un zapato tocando adoquines.

Kagome tensó su arco, pero una voz calmada, casi indiferente, flotó detrás de ella.

—No sabía que las sacerdotisas de tu época todavía caminaban solas por la noche.

Kagome giró.
Lo vio.

Un hombre de piel pálida, traje blanco, cabello negro impecable. Sus ojos rojos brillaban como carbones encendidos.

Muzan Kibutsuji.

Su aura aplastaba el aire, y aun así tenía la presencia tranquila de alguien que sabía que todo le pertenecía.

—Tú… —murmuró Kagome—. Eres distinto a cualquier demonio que haya sentido.

Muzan ladeó la cabeza, estudiándola con un interés frío.

—Y tú eres distinta a cualquier humana que haya conocido —respondió—. Tanta pureza… tanto poder… casi puedo olerlo.

Kagome apretó los dientes.

—No dejaré que toques a nadie más.

Él sonrió apenas, un gesto minúsculo y cruel.

—No estoy aquí por “nadie”. Estoy aquí por ti.

Kagome sintió un escalofrío recorrerla.

Muzan dio un paso más. Su figura se movía con una elegancia inhumana, como si el mundo mismo se apartara de su camino.

—Te he estado observando desde hace semanas —continuó—. Pensé que eras otra exorcista aburrida… pero hueles a algo completamente distinto.

Kagome retrocedió.

—No te acerques.

Muzan ignoró la advertencia.
En un parpadeo, estuvo frente a ella.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.

Kagome alzó su arco, pero él tomó la flecha con dos dedos, sin esfuerzo.

—Interesante. Esa energía es peligrosa, incluso para mí —murmuró, examinándola—. Pero también es… atractiva.

Kagome sintió que su corazón latía con fuerza, no solo por miedo, sino por la intensidad de su mirada.
Los demonios solían verla como un problema.
Muzan la miraba como si fuera un enigma… o una posesión futura.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó.

Los ojos rojos del demonio la recorrieron lentamente, como si analizara cada detalle de su alma.

—Quiero saber qué eres —susurró él, con una voz que vibró en su pecho—. Quiero saber por qué tu poder reacciona al mío. Quiero saber por qué tu corazón late más rápido cuando estoy cerca.

Kagome tragó saliva.

—No late por ti.

Muzan sonrió.

—¿Ah, no?

Sus dedos rozaron la punta de su barbilla antes de que ella pudiera apartarse. Kagome sintió un calor inesperado subirle por el cuerpo, una electricidad peligrosa.

—No te mientas a ti misma, sacerdotisa.

Kagome reaccionó, invocando energía espiritual. Su mano brilló, pura, ardiente. La colocó contra el pecho de Muzan y una ráfaga de luz lo empujó hacia atrás.

El demonio soltó un suspiro… casi de placer.

—Así que así se siente —susurró, tocándose donde lo había golpeado—. Fascinante. Tu pureza no me destruye por completo… solo me irrita. Eso te hace especial.

Kagome frunció el ceño.

—No soy un juguete.

—Oh, pero podrías serlo —replicó Muzan, apareciendo frente a ella otra vez.

La tomó de la muñeca, con fuerza suficiente para inmovilizarla pero sin lastimarla. Su rostro quedó tan cerca que Kagome pudo ver los delicados reflejos carmesí en sus pupilas.

—La forma en que te resistes es… deliciosa —murmuró—. Tus ojos… tu alma… tu luz.
Quiero poseer eso.

Kagome tembló, no por miedo, sino por la tensión insoportable entre ambos.

—Jamás tendrás mi alma —escupió.

La sonrisa de Muzan se ensanchó apenas.

—No necesito tu alma, Kagome.
Solo necesito que sigas respirando.
Que sigas brillando.
Para mí.

Kagome le dio un rodillazo, liberándose.

—¡Nunca voy a ser tuya!

Muzan no se enojó.
No se frustró.
Solo la miró como quien observa un diamante rebelde.

—Perfecto.
Me gustan las presas difíciles.

La luna roja iluminó sus rasgos pálidos.

—Seguiré buscándote —dijo él—. Hasta que entiendas que nada en este mundo puede protegerte de mí.

Kagome retrocedió, alzando su arco una vez más.

—Puedes perseguirme todo lo que quieras —retó—. Pero nunca me rendiré ante un monstruo como tú.

Muzan desapareció en el aire, su voz susurrando junto a su oído sin que ella pudiera verlo:

—No quiero que te rindas, Kagome.
Quiero verte pelear.
Quiero verte arder.
Quiero ver cómo tu luz intenta quemarme.

Un escalofrío helado recorrió su espalda.

—Porque cuando te tome…
—su voz se volvió oscura, hipnótica—
quiero que sea cuando estés en tu punto más brillante.

Y desapareció.

Kagome quedó sola en la calle, con el corazón latiendo fuerte y un miedo que no era solo miedo… sino una atracción enferma e inevitable.

—Maldición… —susurró ella, apretando su arco—. ¿Qué demonios quiere de mí ese monstruo?

En algún lugar del tejado, los ojos rojos de Muzan la observaban todavía.

Sonrió.

—Todo.

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