kouroma x Kagome

153 14 2
                                        

El pozo la lanzó a un bosque que no era el de la era Sengoku. Los árboles eran más altos, el aire olía a ozono y a algo antiguo, demoníaco pero… refinado. Kagome aterrizó rodando, arco en mano, y se levantó justo a tiempo para ver una figura plateada entre las sombras.
Youko Kurama —orejas de zorro erguidas, cola ondeando, cabello plateado cayendo como cascada— la observaba desde una rama alta, ojos dorados brillando con curiosidad felina.
—Una humana con poder sagrado en mi territorio —dijo con voz suave, casi ronroneante—. Qué interesante. ¿Vienes a purificarme, miko? O solo a admirar el paisaje?
Kagome tensó el arco instintivamente, pero no disparó. Sintió su aura: demonio poderoso, astuto, pero no malvado. Había algo… familiar en esa arrogancia juguetona. Le recordaba a Inuyasha, pero más controlado, más peligroso.
—No busco pelea —respondió firme—. Solo quiero saber dónde estoy y cómo volver. ¿Y tú? ¿Eres un youkai o solo un tipo con orejas falsas?
Youko saltó al suelo con gracia felina, aterrizando a pocos pasos de ella. Era alto, imponente, pero su sonrisa era casi amable.
—Youko Kurama. Y tú… hueles a tiempo roto y a pureza que quema. Kagome, ¿verdad? El pozo te trajo aquí por una razón. Quizás porque necesito algo que solo una miko como tú puede dar.
Antes de que ella pudiera preguntar, el bosque tembló. Una maldición —no, un demonio de bajo nivel pero furioso— surgió de la tierra, atraído por la energía del pozo y la de ambos.
Youko suspiró, sacando una rosa de su cabello que se transformó en látigo espinoso.
—Qué inoportuno. Quédate atrás, pequeña miko.
Kagome frunció el ceño.
—No soy "pequeña" ni necesito que me protejan. —Disparó una flecha sagrada rosa que impactó al demonio, purificándolo parcialmente y haciéndolo retroceder.
Youko alzó una ceja, impresionado.
—No está mal. Pero veamos si puedes seguirme el ritmo.
El demonio cargó. Youko se movió como viento: látigo cortando, plantas naciendo del suelo para enredar. Kagome cubría sus flancos con flechas que debilitaban la esencia demoníaca. Juntos, lo redujeron a nada en minutos. Cuando el polvo se asentó, ambos respiraban agitados, pero sonrientes.
Youko se acercó, recogiendo una rosa intacta del suelo y ofreciéndosela.
—Eres más que una simple viajera del tiempo. Tu poder no destruye… limpia. Es refrescante.
Kagome tomó la rosa con cuidado, sintiendo un cosquilleo donde sus dedos se rozaron.
—Y tú no eres solo un ladrón demonio. Hay más en ti que astucia y plantas mortales. —Lo miró a los ojos dorados—. ¿Por qué me ayudas?
Youko inclinó la cabeza, su cola rozando el suelo.
—Curiosidad, al principio. Luego… porque me recuerdas que no todo en este mundo es robo y supervivencia. Hay algo puro que vale la pena proteger. —Su voz bajó—. Y quizás, porque en siglos no había encontrado a alguien que no me temiera ni me adorara… solo me viera.
Kagome sintió calor en las mejillas. Esos ojos dorados eran intensos, pero detrás había soledad antigua, como la de Sesshomaru o Inuyasha en sus peores días.
—No te tengo miedo —dijo suavemente—. Y no te adoro. Solo… me intrigas. Eres como un rompecabezas con espinas.
Youko rio bajo, un sonido seductor.
—Entonces resuélveme, Kagome. El pozo no te llevará de vuelta aún. Quédate. Enséñame cómo purificar sin matar. Y yo… te enseñaré cómo un kitsune corteja de verdad.
Extendió la mano, plateada y elegante. Kagome dudó solo un segundo, luego la tomó. La energía de él —salvaje, verde, viva— chocó con la suya —rosa, sagrada, cálida— en una chispa que hizo florecer flores a su alrededor sin que ninguno lo pidiera.
Mientras caminaban por el bosque bajo la luna, Youko murmuró:
—Quizá el destino no sea tan cruel después de todo.
Kagome sonrió, apretando su mano.
—O quizá solo somos dos idiotas que se encontraron en el momento equivocado… y el lugar perfecto.

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora