Saverus

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Película /libro :  Harry potterx Inuyasha

Pareja: Severus  x Kagome

Kagome Higurashi nunca imaginó que, tras atravesar el pozo sagrado, terminaría en un lugar tan extraño como Hogwarts. Claro, después de viajar quinientos años al pasado para luchar contra demonios, nada debería sorprenderle. Y sin embargo, allí estaba, sosteniendo una varita que no entendía del todo y rodeada de magos con túnicas.

Dumbledore, con su eterna sonrisa y mirada sabia, le explicó que su presencia en Hogwarts se debía a un desajuste en el tiempo. Hasta que pudieran encontrar la forma de devolverla a su época, debía integrarse como una alumna más.

El problema era que Kagome nunca había usado magia antes, y sus intentos de encantamientos básicos terminaban en explosiones incontrolables o plumas flotando por los lugares equivocados. Pero nada la ponía más nerviosa que las clases de Pociones.

—Señorita Higurashi —la voz grave y gélida del profesor Snape la sacó de sus pensamientos—. ¿Me haría el favor de prestarme atención?

Kagome dejó de remover la poción de manera distraída y miró a su profesor. Severus Snape era intimidante. Con su túnica negra flotando a su alrededor y esa expresión de constante desagrado, cada vez que pasaba junto a su caldero, ella sentía que su vida estaba en peligro.

—Sí, profesor.

Snape entrecerró los ojos.

—¿Puede explicarme por qué su poción, que debería ser de un tono verde esmeralda, es actualmente de un púrpura burbujeante?

Kagome bajó la vista al caldero y sonrió con nerviosismo.

—Uh… ¿efecto secundario de ser de otra dimencio?

La clase soltó algunas risas ahogadas, que se extinguieron cuando Snape alzó una ceja con advertencia. Kagome se hundió en su asiento, sintiéndose como en casa otra vez: como cuando InuYasha la regañaba por hacer algo imprudente.

Para su sorpresa, Snape no le quitó puntos a Gryffindor ni le dio un castigo inmediato. Solo suspiró y se inclinó sobre su caldero.

—Le sugiero que preste más atención a las instrucciones. La magia puede ser indulgente con la ignorancia, pero las pociones no.

Kagome asintió, dispuesta a hacerle caso. Sin embargo, al volver la mirada al profesor, notó algo peculiar. Había algo en su mirada oscura, una sombra de dolor que le resultaba extrañamente familiar.

Durante el resto de la clase, se esforzó más de lo normal. Y cuando Snape pasó nuevamente junto a su mesa, notó que su poción ya no burbujeaba en peligro de explotar.

—No está perfecta —dijo el hombre en tono bajo—. Pero es un avance.

Y aunque el profesor Snape no era del tipo que regalaba sonrisas, Kagome no pudo evitar sentir que, tal vez, bajo esa capa de severidad, había alguien que entendía mejor de lo que aparentaba lo que significaba estar atrapado entre dos mundos.

El castillo de Hogwarts tenía una atmósfera completamente diferente de noche. El resplandor de las antorchas creaba sombras alargadas en las paredes de piedra, y el sonido de sus propios pasos resonaba en los pasillos vacíos mientras Kagome avanzaba con cautela.

No era su intención romper las reglas —bueno, al menos no esta vez—, pero no podía dormir. Su mente estaba llena de preguntas sobre este mundo, sobre cómo regresaría a casa… y sobre su misterioso profesor de Pociones.

Snape no era amable. No tenía paciencia. Y sin embargo, no la había castigado por arruinar su poción. Para alguien tan severo, había mostrado una pizca de tolerancia hacia ella. ¿Por qué?

Kagome suspiró y siguió caminando. Había algo familiar en él, algo que la hacía pensar en otro hombre con el ceño fruncido y la actitud de "no me importas, pero en realidad sí".

Estaba a punto de girar en un pasillo cuando una voz gélida la detuvo en seco.

—Señorita Higurashi.

El corazón le dio un vuelco. Se giró lentamente y lo vio allí, envuelto en sombras, su túnica negra fundiéndose con la oscuridad.

—¿Qué hace fuera de su dormitorio a estas horas?

Kagome tragó saliva. ¿Decir la verdad o inventar algo? Optó por un punto intermedio.

—No podía dormir —respondió con sinceridad—. Me gusta caminar cuando eso pasa.

Snape la miró con su habitual expresión inescrutable.

—Eso no es excusa para deambular por el castillo. Hay criaturas y pasillos en los que ni siquiera usted, con su tendencia a atraer problemas, debería aventurarse.

Kagome cruzó los brazos, frunciendo el ceño.

—Sé cuidarme sola.

Él soltó un resoplido bajo, casi como si le divirtiera su terquedad.

—Lo dudo.

Hubo un breve silencio en el que Kagome, para su propia sorpresa, no sintió miedo ni incomodidad. Snape la miraba como si intentara descifrarla, y ella, por primera vez, hizo lo mismo con él.

—¿Por qué no me castigó hoy en clase? —preguntó de repente.

Él enarcó una ceja.

—¿Quiere que lo haga ahora?

—No, no es eso —dijo rápidamente—. Es solo que… pensé que usted disfrutaba quitar puntos a Gryffindor.

Snape la observó por un largo momento antes de responder.

—Usted es diferente. Y la diferencia puede ser… problemática, pero no necesariamente inútil.

Kagome no supo si debía sentirse halagada o insultada.

—Eso fue… ¿un cumplido?

Él entrecerró los ojos.

—No lo tome así.

Ella sonrió. No pudo evitarlo. Había algo en su manera de ser que la divertía.

Snape suspiró, como si ya estuviera arrepentido de esta conversación.

—Regrese a su dormitorio, Higurashi, antes de que decida cambiar de opinión y le asigne un castigo.

Kagome asintió y comenzó a alejarse, pero antes de doblar la esquina, se detuvo.

—Profesor…

Snape giró levemente el rostro, en espera.

—Gracias.

No esperó su respuesta, solo siguió caminando, sintiendo que, de alguna forma, había comprendido algo más sobre el hombre que muchos temían.

Detrás de ella, Snape la observó desaparecer en la penumbra. Y por primera vez en años, se permitió una pequeña, fugaz sonrisa.

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