Kagome nunca imaginó que su vida en el elegante y oscuro hogar de los Phantomhive sería tan complicada. Había llegado como mucama, con la intención de trabajar discretamente y ganar suficiente dinero para poder regresar a su propio tiempo. Pero la mansión estaba llena de secretos, y uno de los más inquietantes era Sebastián Michaelis, el mayordomo.
Sebastián siempre había sido el modelo de cortesía, perfección y dedicación. Sus movimientos eran tan fluidos como el agua, su sonrisa, tan encantadora como peligrosa. Desde el primer día, Kagome había sentido una tensión extraña en el aire cuando él estaba cerca. Aunque su apariencia era impecable, había algo en sus ojos, una chispa inquebrantable de intensidad, que la hacía sentir incómoda. Sin embargo, ella se mantenía profesional, cumpliendo con sus tareas mientras evitaba ser el centro de su atención.
Un día, mientras Kagome organizaba las flores en el gran salón, Sebastián apareció sin previo aviso. Su presencia era como una sombra que se deslizaba por el suelo, y sus ojos verdes brillaban con una extraña fascinación mientras observaba a Kagome con detenimiento.
—Kagome —dijo, su voz suave, pero con una nota de curiosidad que no pudo ocultar—, ¿alguna vez has pensado en la pureza de tu alma?
Kagome se tensó al escuchar esa pregunta inesperada. No entendía a qué se refería, pero la forma en que la miraba la desconcertaba.
—¿Mi alma? —preguntó, sin poder ocultar la duda en su voz.
Sebastián se acercó, sus pasos tan silenciosos que parecía flotar en el aire. Se detuvo frente a ella y, por un momento, Kagome creyó que podía sentir su presencia más allá de lo físico. Era como si se filtrara en su mente.
—Eres... fascinante, Kagome —dijo él con una sonrisa en sus labios, pero sus ojos no reflejaban diversión. Había algo oscuro y perturbador en su mirada.
Kagome intentó ignorarlo, pero su ansiedad creció. Sebastián siempre estaba cerca, observando sus movimientos, como si estuviera esperando algo. Ella intentó apartar la mirada, pero cuando lo hacía, él simplemente se acercaba más. En cada conversación, en cada tarea que realizaba, sentía cómo sus ojos la seguían, como si él estuviera escudriñando cada aspecto de su ser.
Un día, mientras Kagome limpiaba una de las habitaciones de la mansión, Sebastián apareció detrás de ella, más cerca de lo que jamás se hubiera imaginado. Sin previo aviso, puso una mano en su hombro, causando que su corazón latiera con fuerza.
—Tu pureza... me intriga —susurró, su aliento cálido sobre su cuello. La sensación hizo que Kagome se estremeciera.
—No sé de qué hablas —respondió rápidamente, apartándose de él.
Sebastián la miró con una sonrisa que no alcanzaba a esconder la obsesión en sus ojos. Sabía que algo en Kagome lo atraía profundamente, algo más que su apariencia. Era su esencia, su alma pura y sin contaminaciones. A diferencia de las mujeres con las que estaba acostumbrado a tratar, Kagome era diferente. Ella no había sido moldeada por la oscuridad, ni por el mal, como el resto de los sirvientes y miembros de la alta sociedad que lo rodeaban.
—Eres más que una simple mucama, Kagome —dijo, su voz ahora grave y profunda, casi en un susurro—. Eres la luz que he estado buscando. La pureza que nunca podré poseer... pero que puedo disfrutar.
Kagome se giró rápidamente, encontrándose cara a cara con él. Su respiración estaba acelerada, y no pudo evitar sentirse atrapada por su presencia tan imponente.
—No estoy aquí para ser tu objeto de fascinación, Sebastián —dijo con firmeza, intentando liberarse de la presión que sentía.
Sin embargo, Sebastián no retrocedió. Su mirada era penetrante, llena de una necesidad insaciable, y en sus ojos brillaba una obsesión que Kagome no podía ignorar.
—Ya lo eres, Kagome. —El tono de su voz era bajo y lleno de determinación—. Y no pienso dejar que nadie te arrebate eso. Nadie más verá lo que yo veo en ti.
El aire entre ellos se volvió denso. Aunque Kagome intentó apartarse, sus movimientos eran torpes bajo la intensa mirada de Sebastián. Él, por otro lado, parecía disfrutar del poder que tenía sobre ella, su sonrisa ahora oscura, como si la idea de poseer su pureza fuera un juego en el que se sentía ganador.
—Déjame en paz, Sebastián —dijo Kagome, casi suplicando, pero sin dejar que su voz temblara. Sin embargo, en el fondo, sabía que algo dentro de ella comenzaba a responder a esa obsesión, aunque no quería admitirlo.
Sebastián la observó por un momento, su sonrisa se amplió, como si hubiera ganado una pequeña victoria.
—Solo el tiempo dirá, Kagome. Solo el tiempo dirá cuándo seré capaz de poseer completamente lo que deseo. —Y con eso, dio un paso atrás, dejándola con una sensación extraña de confusión y anhelo.
Mientras se alejaba, Kagome no pudo evitar pensar en la obsesión que comenzaba a formarse en Sebastián. El mayordomo perfecto, siempre imperturbable, ahora parecía decidido a desenterrar los secretos más profundos de su ser. Y aunque su mente le decía que debía mantener su distancia, algo en su interior le decía que había algo más entre ellos, algo que no podía comprender aún.
Y así, en la mansión de los Phantomhive, la pureza de Kagome se convirtió en una obsesión peligrosa que ni ella misma podía evitar.
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Kagome crossover
Fiksi PenggemarCrossover de Kagome con diferentes personajes de anime/ serie/ películas/ OC
