El aire en el Kakuriyo olía a azufre y glicinas. Aoi Tsubaki, la prometida del demonio zorro Ōdanna, había salido de viaje por encargo del Tenjin-ya, dejando a la posada en un silencio inusual.
En un rincón apartado del Jardín de Piedra, bajo la sombra de un cerezo que florecía fuera de estación, apareció de la nada un pozo seco y vetusto. De él, con un grito de sorpresa, emergió Kagome Higurashi.
Cayó de rodillas sobre el musgo, vestida con su uniforme escolar, y jadeando.
"¿D-dónde estoy? ¿El pozo devorador de huesos me trajo a una dimensión diferente otra vez?" murmuró.
Un escalofrío recorrió el jardín. Una figura alta, imponente y vestida con un kimono negro impecable apareció a pocos metros. Los cuernos de demonio bajo el cabello plateado, los ojos dorados que parecían juzgar el mundo, y la sonrisa levemente irónica: Ōdanna.
"Una intrusa. Y con un aroma... peculiar," dijo Ōdanna, su voz profunda como un gong. "Eres humana, pero posees una energía espiritual que es casi un estandarte. ¿Cómo llegaste al Kakuriyo?"
Kagome se levantó de golpe, buscando el arco y las flechas que, por suerte, siempre la acompañaban. Apuntó al demonio con el temblor en el pulso.
"No lo sé, pero no soy una intrusa. ¡Si das un paso más, lo lamentarás!" Su instinto gritaba peligro, pero también notaba la tranquilidad en el aura del hombre. Era autoritario, sí, pero no malévolo.
Ōdanna, sin inmutarse, alzó una mano. Una tenue luz azul emanó de sus dedos. "Tu amenaza carece de peso en este reino, pequeña. Si hubieras llegado con malas intenciones, ya estarías en el caldero de Shōya." Sus ojos se detuvieron en el brillante pendiente que Kagome llevaba en el lóbulo, con forma de luna creciente. "Tienes un parecido pasajero con la dueña de este lugar, Aoi, en tu obstinación... y ese pendiente. Es un objeto del Takamagahara."
"¿Takama... qué?" Kagome bajó el arco un poco. "Mira, no sé nada de este lugar, solo quiero volver a casa. Soy Kagome Higurashi."
Ōdanna se acercó, la distancia entre ellos una tensión palpable. "Soy Ōdanna, el amo de Tenjin-ya." Extendió la mano, no para atacarla, sino para ofrecerle una taza de té que apareció de la nada. "Si el Pozo Devorador de Huesos, como lo llamas, te trajo aquí, es probable que no puedas volver inmediatamente. Lo que te conecta a tu mundo está dañado o desfasado."
Kagome aceptó el té con cautela. Era caliente y sabía deliciosamente a jazmín.
"Tienes un poder que nunca había percibido. Es puro, pero caótico... como la energía que rodea a esa joya que percibo en tu alma," analizó Ōdanna.
El corazón de Kagome dio un vuelco. "¿La Perla de Shikon?"
"Ah, así que tiene nombre," asintió Ōdanna. "Es un fragmento de caos y deseo. Ha traído desgracia y grandeza a tu linaje. Pero en ti, se ha estabilizado. Interesante."
Kagome sintió una punzada de miedo, no por Ōdanna, sino por la facilidad con la que había identificado la Perla. "No voy a dejar que se la quede ningún monstruo. ¡Ya tengo suficiente con Naraku y los yokai!"
Ōdanna se rio suavemente, un sonido grave y raro. "No te la quitaré. Es tuya. Pero su energía es lo que permite que el pozo te mueva entre dimensiones. Para fijar tu ruta de vuelta, necesitas 'tierra' en este mundo. Algo tangible que te ate y luego te libere."
Se sentó frente a ella, adoptando una pose de paciencia y análisis. "Necesitas crear algo aquí. Un vínculo temporal. Una ofrenda, quizás. Aoi logra estabilizar su presencia haciendo comida. ¿Tú qué ofreces al mundo?"
Kagome sintió un nudo en la garganta. La verdad era que no era la cocinera, sino Aoi. Ella solo era una estudiante, y una miko con flechas.
"No soy una chef," admitió en voz baja. "Pero... puedo curar. O puedo... rezar."
Ōdanna la miró profundamente. "Entonces, reza. Reúne tu poder y dirige esa luz hacia el pozo. Yo te protegeré, por si acaso."
Kagome cerró los ojos y se concentró. Pensó en Inuyasha, en Sango, en Miroku, y en su familia. Su poder espiritual, el mismo que purificaba a los demonios y que sanaba a sus amigos, se manifestó. Un aura de luz verdeazulada y brillante envolvió el jardín.
Ōdanna observó, impresionado. No había en esta chica la oscuridad de los yokai, ni la frialdad de los dioses. Solo pura, cálida, y potente luz humana. Una energía que podría rivalizar con la más alta deidad.
A medida que la luz se intensificaba, el pozo vibró, y las ramas secas que lo cubrían se desprendieron.
"¡Ahora!" ordenó Ōdanna.
Kagome, con un último esfuerzo, saltó al pozo abierto.
La luz se apagó tan repentinamente como había aparecido. Ōdanna se quedó solo en el jardín, el silencio y el olor a jazmín de Kagome perduraban en el aire.
Se levantó, recogió la taza de té vacía, y alzó la vista hacia el cielo.
"Una Joya de Cuatro Almas en forma humana," reflexionó en voz alta. "Un caos delicioso. Espero que no vuelva a caer. Aoi ya me da suficiente trabajo."
En ese momento, apareció Ginji, el pequeño demonio zorro. "¿Ōdanna-sama? ¿Qué fue esa luz tan intensa?"
Ōdanna sonrió levemente. "Nada, Ginji. Solo el rastro de una visita inesperada. Prepara la habitación de Aoi. Siento que regresará pronto y tendremos que negociar una nueva tarifa de té."
Y mientras el amo de Tenjin-ya se retiraba a la posada, en una dimensión lejana, Kagome salía del pozo, encontrándose con los exasperados gritos de un hanyō:
"¡Kagome! ¿Dónde demonios te habías metido? ¡Te necesito para encontrar el fragmento!"
FIN
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Kagome crossover
FanfictionCrossover de Kagome con diferentes personajes de anime/ serie/ películas/ OC
