Día de San Valentín.

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N.A. Esto no es un capítulo. Son tres pequeños flashbacks que forman parte de la historia, pero que no van en la línea temporal. 

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Emilio, doce años. 

Jamás había visto tal cantidad de corazones reunida en el mismo lugar, y en definitiva no estaba listo para ver un muñeco con alas y pañal colgando de la puerta del salón, que resulta bastante aterrador.

Me toma un par de segundos recuperarme del shock inicial, pero por fin avanzo hacia mi lugar. Las mesas son compartidas, y quien se sienta a mi lado es Chava, que parece bastante fastidiado.

Es temprano todavía para nuestra primera clase, y ninguno de mis otros amigos ha llegado, de hecho, las únicas otras personas en el salón son un grupo de niñas, entre las que está la jefa de grupo, y quienes supongo son las responsables de la decoración.

—Hola —saludo a Chava. Él me responde solo con un gesto con la mano—. ¿Estás bien?

—Odio el día de San Valentín —murmura.

—¿Es día de San Valentín? —me sorprendo por un momento, aunque eso hace que todos los corazones y el muñeco, que ahora deduzco es una especie de cupido, cobren sentido.

—No, es hasta mañana, hoy es trece —responde. Frunce el ceño un poco—. Viernes trece —añade.

—Ah.

—¿No eres superst...? ¿Cómo se dice?

—Supersticioso —le aclaro.

—Esa cosa, ¿no eres supersticioso?

—No —descarto—. Ya te conté que uno de mis más grandes sueños es tener un gato negro, ¿cómo voy a ser supersticioso?

—Sí es cierto —admite mi amigo—. Pues sí, hoy es viernes trece y mañana es día de San Valentín.

—Y tú odias San Valentín —repito. Dirijo mi mirada de nuevo hacia las decenas de corazones que adornan el salón y no puedo evitar hacer una mueca de desagrado—. ¿Es por tantas flores y corazones? Porque creo que puedo entenderlo —le digo—. Y el cupido de la puerta da miedo.

—Sí, sí da miedo —reconoce Chava—. Pero no es por eso.

—¿Entonces por qué? —lo miro sin entender. Me responde algo que no alcanzo a escuchar—. ¿Qué dijiste? —le pregunto.

—Que es mi cumpleaños —masculla.

—¿¡Hoy!?

—No, mañana —replica—. Mi cumpleaños es en el estúpido día de San Valentín.

—Oh —musito—. Por eso lo odias —señalo.

Mi amigo asiente un par de veces.

—En la primaria siempre hacían convivios por el catorce de febrero, y yo al principio pensaba que estaban celebrando mi cumpleaños, pero no, porque luego nadie me felicitaba —me cuenta—. Me acuerdo de que en cuarto la maestra que teníamos siempre felicitaba a todos en sus cumpleaños, pero a mí no me felicitó, lo ignoró por lo del convivio y todo eso.

Josh entra al salón en ese momento y pega un brinco cuando casi choca con el muñeco de la puerta.

—Hola —nos dice. Se sienta en la mesa que está detrás de nosotros—. Ese... ¿en español también se dice Cupid?

—Casi, se dice cupido —le respondo.

—Ya. —Se queda pensativo por un instante, y sé que lo que está haciendo es, como él mismo nos ha dicho, comprobar que su cerebro esté en el idioma correcto—. Ese cupido da miedo —dice al final.

Posdata [Emiliaco]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora