Capítulo 44. El mejor regalo.

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Estaciono el coche en el único lugar disponible afuera de la librería de mis tíos. Me vine para acá en cuanto terminé de comer con mis papás, y mi padre me prestó el coche otra vez. Es un cálido miércoles de mayo, así que me quito la sudadera y tomo mi mochila antes de apearme del vehículo.

Avanzo hacia el establecimiento mientras tarareo Shake if off de Taylor Swift, canción que no entiendo cómo llegó a mi mente, pero supongo que no importa. Cuando abro la puerta del lugar, escucho el tintinear de una campanilla, y mi tía Gabriela sale de la trastienda, sosteniendo a su bebé en brazos.

—¡Emilio! —exclama en cuanto me ve—. ¡Qué gusto verte por acá!

Me acerco sonriente hacia ella, e intento no aplastar al bebé mientras me estiro para darle un beso en la mejilla.

—Hola, Gaby —saludo sin dejar de sonreír. A mi tía no le gusta que la llame tía, así que la llamo por su nombre—. Hola, pequeñín —ahora me dirijo a mi primito, y acaricio con cuidado su mejilla. Él se ríe y aferra su manita a uno de mis dedos—. Está precioso —le digo con sinceridad a mi tía.

Cuando nació no le encontré mucha forma de ser humano, a decir verdad, pero ahora que tiene casi tres meses es un bebé bastante lindo, con unos grandes y brillantes ojos marrones, y una adorable nariz redondita.

Es la primera vez que lo veo en persona, pues, aunque mis padres han ido de visita varias veces a casa de mi tía, yo no he podido acompañarlos en ninguna ocasión, porque siempre resultaba estar ocupado con cosas de la escuela.

—Ángel sacó los buenos genes de la familia —me dice ella.

—¿No le habían puesto Pablo? —pregunto confundido.

—Eso quería su padre, pero no lo permití.

—Por lo que mi papá me contó, también quería ponerle Eustaquio —recuerdo.

Mi tía resopla divertida y niega con su cabeza, al tiempo que me hace una seña para que la acompañe a sentarnos en la trastienda. Nos acomodamos en un mullido sillón color azul, que, junto a una cuna y cajas con libros, es lo único que hay en el lugar.

—Se le ocurrieron un montón de nombres horribles, pero yo no cedí a ninguno de ellos, y él tuvo que ceder cuando propuse que se llamara Ángel —me cuenta.

—Es un bonito nombre —señalo—. Y le va muy bien a un bebé tan lindo con él.

Le hago cosquillas en la barbilla y logro que se ría de nuevo.

—¿Quieres cargarlo? —me ofrece mi tía. Le miro un tanto en pánico y suelta una risotada—. Yo tampoco sabía cargar bebés y ahora aquí me tienes criando a uno, Emilio.

Me río con nerviosismo y lo pienso muy bien antes de aceptar.

—Está bien, sí quiero cargarlo.

Los dos nos ponemos de pie, dejo mi mochila sobre el sillón y mi tía me pasa a Ángel, mientras me da indicaciones sobre cómo debo sostenerlo. Mi experiencia cargando bebés es nula —o bueno, lo era hasta hoy—, pues nunca había tenido primos más pequeños, ni convivido con nadie que tuviera un bebé.

Pero cargar a mi pequeño primo no me resulta tan difícil, y esbozo una gran sonrisa.

—¿Qué tal? —pregunta mi tía.

—Es muy pequeño —es todo lo que atino a responder.

Mi tía Gaby se ríe muy quedito y me hace una seña para que vuelva a sentarme, y ella hace lo mismo. Ángel continúa jugando con mis dedos, como si le resultaran lo más fascinante del mundo.

Posdata [Emiliaco]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora