Capítulo 56. Pláticas inesperadas.

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Me siento en la orilla de un escalón, dónde el agua que rocía el jardín de la escuela no alcanza a mojarme y observo al aspersor dar vueltas. Es algo hipnotizante, ahora que lo pienso.

Es martes, y mis clases terminaron desde hace un rato pero me quedé para cumplir con mi castigo trabajando en la jardinería. Ya regué las demás plantas, así que solo me resta esperar a que el aspersor terminen su trabajo.

Me quedo tan absorto en el movimiento del mismo que no me doy cuenta de que alguien se me acerca por la espalda hasta que escucho su voz.

—Hola —me dice Mar.

Me giro hacia elle y le sonrío. Hoy su cabello, que continúa siendo azul turquesa, no está cubierto por ningún gorro y resalta de forma curiosa al verlo contra el cielo algo nublado que se alza sobre nuestras cabezas.

—Hola, Mar.

—¿Me puedo sentar contigo?

—Claro, siéntate —señalo al espacio junto a mí.

Mar se acomoda a mi lado y vuelve su mirada hacia donde el aspersor da vueltas.

—Pensé que lo de ayudar en la jardinería por el castigo por la pelea ya había terminado —me dice.

—No, me queda esta semana y la otra —me quejo—. Lo que resta del semestre, pues.

—Pobre de ti, debe ser complicado sentarte aquí a ver al aspersor hacer su trabajo.

Se me escapa una risa al escuchar el sarcasmo en la voz de Mar. Creo que es mi primera risa sincera en días.

—En mi defensa lo tengo que programar porque no es automático, y las plantas que están en la orilla —apunto con mi dedo hacia ellas— sí las tengo que regar una por una —alego.

—Son como cinco plantas, Emilio —se burla Mar.

—Shhh —siseo—. Esto es un castigo, tengo que pretender que sufro a causa de él.

Ahora es Mar quién suelta una carcajada. Cuando termina de reírse nos quedamos en silencio por un rato, mirando hacia el pasto.

—¿Has sabido algo más sobre Joaco? —me pregunta de repente, sin desviar su mirada hacia mí.

—Ayer mi papá por fin encontró a su mamá en el hospital donde trabaja —le cuento—, pero ella le dijo lo mismo que ya sabíamos, y además le dijo que ahorita no hay nada en lo que podamos ayudar, que se supone que las autoridades ya están buscando a ese...

Me quedo callado porque no encuentro un termino que alcance a describir todo el desprecio que siento por ese tipo que por desgracia comparte lazos sanguíneos con Joaquín.

—¿Grandísimo hijo de la chingada? —sugiere Mar.

—Ajá —murmuro.

—Sé que las palabras no ayudan en nada, pero espero que toda esta pesadilla acabe pronto, Emilio —me dice luego de un momento.

—Gracias, Mar —le digo con sinceridad. Reviso la hora en mi celular para ver dentro de cuánto se apagan los aspersores y noto que aún les faltan cinco minutos, así como que ya es algo tarde—. Oye, ¿no deberías estar ya en tu casa? —inquiero.

Mar abraza sus rodillas y suelta un suspiro.

—Sí, pero no quiero estar ahí —responde—. Las cosas no están muy bien con mis padres desde que les dije sobre mi identidad.

—Oh —musito.

Sé que no puedo culparme por ello, pero no puedo evitar sentirme un poco mal por haberme enfocado tanto en mis problemas y no voltear a ver los de los demás. Me pasó igual ayer cuando Josh comentó de pasada que las cosas entre él y su mamá sigue mal.

Posdata [Emiliaco]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora