Capítulo 23. De bolos y citas dobles.

1.2K 157 93
                                        

—¿En qué año fue la guerra de los pasteles? —dice Fer, quien está sentada a unos metros de mí.

Estamos en la cancha de basquetbol, estudiando para nuestro examen de historia, que es mañana martes, junto con el de inglés.

—Mil ochocientos treinta y ocho —le respondo—. Empezó el dieciséis de abril y termino el nueve de marzo del siguiente año —recuerdo.

—¿Cuál es el otro nombre que no es guerra de los pasteles? —cuestiona Chava, a la vez que bota la pelota que trae en sus manos, la cual encontró en la cancha.

—Primera intervención francesa en México —le digo.

—¿Y por qué fue? —inquiere mi novio, quien está recostado sobre mis piernas. Yo estoy sentado con mi espalda recargada en la pared.

—Porque varios franceses que vivían en México querían que los indemnizaran porque sus negocios habían sufrido daños en la guerra de independencia —explico mientras paso mis dedos por entre el cabello de Joaco—. Y entre ellos había un pastelero —agrego.

—¿Por qué nos van a preguntar cosas de historia de México si estamos viendo historia universal? —pregunta Josh.

—Porque México es parte del universo —obvia Chava. Todos nos reímos; mi amigo tira la pelota a la canasta y no encesta, por lo que suspira frustrado y regresa a sentarse. Se deja caer a un lado de mí, e igual que yo se recarga en la pared—. No, ya en serio, la maestra dijo que no quiere que olvidemos estas cosas para cuando sean nuestros exámenes de admisión, ¿no?

—¿Creen que si le digo que yo no voy a presentar examen de admisión este año me exente de su examen? —nos consulta Fer en tono soñador.

—No —respondemos los demás. Mi amiga hace una mueca de molestia y después se acuesta en el piso, recargando su cabeza en las piernas de Josh, y él de inmediato se pone a hacerle piojito, ante lo que ella le sonríe. Joaco, Chava y yo intercambiamos miradas de complicidad al verlos, aunque ninguno dice nada.

No hemos comentado nada tampoco en los días pasados, pero los tres nos hemos estado fijado en el comportamiento de nuestros dos amigos, y al menos yo he llegado a la conclusión de que definitivamente hay algo ahí, y no solo por parte de Joshua.

—¿Qué año dijiste, Mailo? ¿Mil ochocientos qué? —me pregunta Chava nuevamente, mientras alcanza su mochila.

—Treinta y ocho, el dieciséis de abril —repito.

—Ok —murmura y anota en su libreta—. ¿Y terminó el qué? ¿El tres de marzo del treinta y nueve?

—Nueve —lo corrige Joaco—. El tres de marzo lo que pasó fue que Emi y yo nos hicimos novios —señala. Me sonríe y acaricio su cabello.

—Claro, por eso me sonaba esa fecha —ironiza mi amigo. Mi novio y yo nos reímos—. Qué bueno que te tenemos para las fechas, Mailo, porque yo soy malísimo para recordarlas —añade—. Creo que la única fecha que no olvido es mi cumpleaños —reflexiona.

—Tampoco es un gran logro, we, tu cumpleaños es el día de San Valentín —se burla Fercha.

—Buen punto —admite Chava.

—¿Qué se siente cumplir años en una fecha así? —pregunta Joaquín. Todos esperamos atentos a la respuesta de Chava, porque ya estamos bastante hartos de estudiar, y eso que no llevamos ni una hora aquí.

—Es raro, muchas flores y corazones en el ambiente —dice él—. Estaría más chido si fuera navidad, creo —comenta.

—Por eso hicimos nuestro pacto de no hablar del día de San Valentín durante el día de San Valentín —apunta Josh—. Y lo único que celebramos ese día es el nacimiento de nuestro mesías —añade solemnemente.

Posdata [Emiliaco]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora