Massimo:
Muevo mis dedos de arriba abajo en la estúpida mesa. Todo esto es estúpido, empezando por el ridículo florero en el centro con esas flores medio muertas que parecen tan aburridas como la conversación que tengo enfrente.
—Deberías prestar más atención, Massimo —gruñe la voz rasposa de mi abuelo.
No lo hago.
Sigo recostado en la mesa, con la cabeza apoyada en una mano y la otra tamborileando contra la madera. Escucho su monólogo sobre el honor, la familia, el negocio y toda esa mierda que he oído desde que tengo memoria. Ni siquiera me esfuerzo en fingir interés. A él no le importa si le respondo o no, solo quiere hablar.
Y yo solo quiero largarme de aquí.
El sonido de carcajadas agudas corta su discurso. Un grupo de crías entra riendo como si el mundo les perteneciera, su voz chillona perfora mis oídos y me produce náuseas. Joder.
Ni siquiera me molesto en voltear. No quiero verlas. No me interesan. Son solo un montón de niñas que creen que la vida es una jodida película de princesas.
—¿Vas a seguir ignorándome? —insiste mi abuelo
—Sí —respondo sin despegar la mirada de la mesa.
El hombre suelta un suspiro largo, pero no dice nada más. Mejor.
Me acomodo, aún recostado en la mesa, y dejo que la voz del viejo se mezcle con el ruido de fondo. Hasta que algo me obliga a alzar la mirada.
No sé qué es exactamente. Solo sé que, de repente, mis ojos se encuentran con los de ella.
Verde. Un verde tan jodidamente intenso que me deja sin aire. No es un verde cualquiera, no. Es un maldito campo en plena tormenta, es un bosque embravecido, es algo que quema y congela al mismo tiempo.
Y está mirándome.
La rubia se detiene un segundo, sus labios pintados de rojo se entreabren, pero no dice nada. Su piel es tan pálida que parece de porcelana, con pómulos altos y una expresión que no sé si es de confusión o miedo. Su cabello cae en ondas perfectas, enmarcando un rostro que parece sacado de otro maldito mundo.
No pestañea. Yo tampoco.
El ruido a nuestro alrededor desaparece.
El mundo entero deja de existir.
Joder.
Sus pestañas tiemblan apenas un segundo antes de que una de las niñas que la acompañan le toque el brazo.
—Beaumont, ¿vienes?
Ella pestañea y su mirada se despega de la mía como si nunca hubiera estado allí. Como si nunca hubiera sentido mi presencia, como si no acabara de enterrar algo en lo más jodido de mi pecho.
El nudo se forma de inmediato. Algo frío, denso, pesado. Algo que se enreda en mi garganta y se extiende hasta el centro de mi estómago. No me gusta. No me gusta la forma en la que su despreocupación me cala hasta los huesos.
No me gusta que haya desviado la mirada.
No me gusta que siga caminando.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RandomDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Es una humillación sentir que el verdugo se vuelve esclavo de lo que debe sacrificar. Odio que su linaje me atraiga como un imán hacia el desastre, y...
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