Capitulo 60

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Anastasia:

Jamás, jamás, voy a olvidar la cara del señor de seguridad cuando revisó mis bolsas. Roja. Roja como si le hubieran lanzado un balde de pintura en la cara. Apenas vio el encaje negro y las esposas, parpadeó tres veces, tragó saliva y dijo con un temblor en la voz:

—¿Necesita… que lo anotemos en el sistema?

Yo solo asentí. No podía hablar. Tenía la dignidad colgando de un hilo dental.

Subo las escaleras como si me persiguiera la Interpol. Matías me llama desde el pasillo, está hablando con una de las hermanas de Massimo —la que tiene cara de que huele todo con desdén—, pero ni lo volteo a ver. Mi única misión es sobrevivir. Llegar a mi habitación y desaparecer las pruebas antes de que el aparezca.

Entro. Cierro la puerta. Respiro. Me recuesto contra la madera con las bolsas aún en las manos, suelto un suspiro como si acabara de escapar de una redada. Cierro los ojos un segundo.

Y cuando los abro...

Me quiero morir.

Massimo está sentado en la cama. Como si nada. Con la laptop en las piernas.

Me congelo.

—H-hola —digo, en un hilo de voz que suena más a que estoy confesando un crimen que saludando a mi esposo.

Massimo frunce el ceño.

Cierra la laptop con calma, sin dejar de mirarme.

—¿Estás bien?

—Estupendo.

Me aclaro la garganta, esperando que eso elimine la voz temblorosa y el temblor en las manos.

—Estás… roja —dice, ladeando un poco la cabeza —. ¿Te pasó algo en el camino?

Niego con la rapidez de alguien que claramente sí tiene algo que ocultar.

—No, no, todo bien. Muy bien. Súper bien. Perfectamente bien.

Y ahí mismo, en ese segundo, quiero golpearme con una de las bolsas. ¿Súper bien? ¿Quién dice eso? ¿Acaso soy un comercial de vitaminas?

Massimo alza una ceja, pero no dice nada. Lo cual es peor, porque su silencio lo hace ver aún más sospechosamente observador.

—Voy al baño —digo rápidamente, y hago una media sonrisa forzada que seguro se ve más como una mueca de dolor.

—Está bien —responde sin quitarme los ojos de encima.

Y entonces, paso por su lado. Con las bolsas en las manos. Cada paso suena como si arrastrara mis pecados por el piso. Massimo no dice nada, pero siento su mirada bajando a mis manos. Un segundo. Dos. Llego al baño y cierro la puerta con más suavidad de la que debería.

Me apoyo contra el mármol del lavamanos. Miro al espejo. Estoy roja. Mis mejillas parecen tomates maduros.

—¿Por qué soy así? —murmuro.

Abro la bolsa con manos temblorosas. El primer disfraz que sale es el de policía. Guantes, esposas y todo. Lo dejo sobre el lavamanos con cuidado.

—Ok… ok… piensa, Ana. ¿Qué era lo que decía Emily? ¿Algo de… intimidarlo con autoridad? No, eso fue Alexa. O… ¿era al revés?

Saco el segundo. Estudiante. Faldita ridícula, medias blancas hasta el muslo y una blusa que, si estornudo, se va a abrir entera. Lo coloco junto al otro. Me froto la frente.

—Dios… no me acuerdo de nada. Nada. Mi mente está en blanco. Tengo una colección de lencería y cero guión. ¿Cómo se supone que le diga “sorpresa” sin sonar como una psicópata?

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora