Capitulo 52

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Anastasia:

La azafata regresa con el jugo. Se lo agradezco con una sonrisa, pero ni se inmuta. Sus ojos siguen fijos en el chico que está frente a mi mirando por la ventana.

Massimo no la mira. Ni una vez. Ni por cortesía. Ni por accidente. Y eso debería tranquilizarme, ¿no? Pero no lo hace. Porque ella sigue ahí, parada como si fuera una estatua de museo, esperando... ¿qué? ¿Que él la note? ¿Que le guiñe un ojo? ¿Que la lleve a la parte de atrás del avión?

Me ofendo un poco.

Estoy aquí. A su lado. Con un anillo en el dedo que aún me aprieta porque no me he acostumbrado a tenerlo puesto. Estoy casada con él. Él está casado conmigo. Ambos lo sabemos. Y ella también debería saberlo.

Mi mirada baja instintivamente a su mano. El anillo está ahí, brillando. Casi quiero alzarla para que lo vea bien. Para que entienda. Para que capte la indirecta y se largue.

Pero no lo hago. Solo me quedo tomando el jugo que ya no quiero.

La chica al fin se va. Tarda más de la cuenta en girarse. Como si esperara que él la llame, la detenga, le diga algo. Pero no pasa nada. Massimo sigue igual, imperturbable. Frío.

Las mujeres de ahora son muy atrevidas, pienso, medio indignada. Antes, al menos, había algo de pudor. Si veían a un hombre con pareja, se hacían a un lado. Se respetaban los espacios, los límites. Las miradas. Pero ahora ya ni les importa que la pareja esté a su lado. Ni el anillo. Ni nada. Qué descaro.

Y entonces me detengo.

Pareja.

Dije “pareja”.

Cierro los ojos un segundo, respirando hondo. Mi conciencia empieza a reírse.

Qué patética.

—¿Quieres que la llame?

La voz baja de Massimo me toma por sorpresa. Giro la cabeza lentamente, encontrándome con su perfil aún vuelto hacia la ventana. Ni siquiera me está mirando.

—¿Qué? —pregunto, frunciendo el ceño.

—A la azafata —aclara con calma —. Si tanto te molesta que me mire, puedo llamarla y decirle que no lo vuelva a hacer.

Abre un poco más el ojo que tengo a la vista, como si esperara una respuesta lógica a una idea completamente insana.

—¿Estás hablando en serio? —murmuro, confundida.

—Sí —responde —. Puedo hacerlo ahora mismo. Le digo que a ti no te gusta que me miren. Que estás incómoda.

Me quedo en silencio un segundo. Hay una parte de mí que piensa qué carajos le pasa. Y otra que no sabe si sentirse halagada o asustada.

—Estás enfermo —susurro, con media sonrisa.

—Posiblemente.

Y vuelve a mirar por la ventana.

Mi dedo da vueltas lentas sobre la argolla. Una parte de mí quiere quitársela, otra ni siquiera se atreve a pensarlo.

Y mientras el silencio se acomoda entre nosotros como un tercero incómodo, mi mente, que claramente no sabe descansar, empieza a correr por otro lado.

La familia de Massimo.

Los Lombardi.

Me han dado algunos nombres, vagamente, pero no los había procesado. No del todo. No hasta ahora que los tengo encima. Que estoy a unas horas —o menos— de conocerlos.

Atenea. Camille. Ann. Francis. Marlon. Carmelo.

Seis hermanos. Seis personalidades distintas, seguramente. Seis personas que van a mirarme como si fuera un bicho raro que se coló en su cena familiar.

También está Dante.

Y su abuelo.

Y los sobrinos. Ni siquiera sé cuántos son. Ni cómo se llaman. Ni qué edad tienen.
Solo sé que existen.

Mi estómago se revuelve otra vez.

¿Qué pasa si no les caigo bien? ¿Si me ven como una intrusa? Porque técnicamente lo soy. Me casé con él de la nada.

Trago saliva.

No ayuda que todos ellos tengan la sangre de Massimo.

¿Y si me preguntan por nuestra historia? ¿Qué les digo?

Oh, fue muy romántico. Él me stalkeó por Instagram durante semanas. Me mandaba mensajes como un acosador. Y una noche, como una idiota, decidí jugar con fuego en una fiesta random. Lo vi. Y terminé casándome con él"

Fantástico.

Perfecto.

Maravilloso.

Sigo jugando con mis manos como si pudiera apretar los pensamientos y hacer que desaparezcan. Pero no lo hacen. Solo se multiplican.

Miro de reojo a Massimo está dormido.

Levanto una ceja, entre indignada y… ¿envidiosa? ¿

Respiro hondo y miro al techo del avión.

—Dios… —murmuro  —Si los Lombardi son buena gente, si no me odian, si no son psicópatas o fans de hacer rituales de bienvenida con sangre te juro que voy a ir a la iglesia todos los domingos. Todos. Pero por favor, ten piedad de esta pobre pecadora que solo quiso jugar al gato y el ratón con el hombre equivocado.

Me cruzo de brazos, mirando cómo su pecho sube y baja con cada respiración lenta.

—Qué bonito dormir mientras la otra se pregunta si le van a tirar una copa en la cara ni bien cruce la puerta… —murmuro, pero no lo despierto.

Suspiro, y bajo la mirada hacia mis manos. Las aprieto una contra la otra. Entonces, como un flash inesperado, me acuerdo de Samuel.

¿Qué mejor que tener a tu ex vigilándote las 24/7 mientras finges que tu matrimonio con un hombre sexy pero inestable es de verdad?

—Bueno… —musito— al menos si Massimo se vuelve loco y decide asesinarme por no saber hacer pasta casera, Samuel estará ahí para defenderme. Qué reconfortante.

Casi me río sola.

Me acomodo en el asiento, dejando que mi cabeza repose contra el respaldo con un suspiro largo, resignado. Miro una última vez por la ventanilla, donde solo se ven nubes y una que otra lucecita parpadeando en la distancia.

Cierro los ojos.

—Ojalá sueñe con unicornios —murmuro —, de esos que escupen arcoíris… y no con hombres, familias ricas, ni aviones explotando.

Eso último lo digo con los labios fruncidos, apretando la manta que me dieron como si fuera un escudo. No estoy para pesadillas. Mi realidad ya es lo suficientemente intensa.

Intento respirar hondo. Contar ovejas. Pensar en algo bonito. Como… un campo de flores. O una pizza. Una pizza gigante, sin dramas ni secretos de familia. Solo masa, queso y felicidad.

Sí. Eso estaría bien.

Me dejo caer lentamente en el letargo del sueño, esperando —por favor, universo— que al menos esta vez mis sueños sean más amables que mis días.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora