Massimo:
Miro por el retrovisor a la rubia con la que me case, está dormida en el asiento trasero con la cabeza recostada contra la ventana. Se quedó dormida hace media hora, después de agotar cada pregunta posible sobre a dónde íbamos. No le respondí ninguna. Ni una sola.
Tomo una botella de agua del asiento del copiloto y me la bebo entera. Siento el estómago vacío. Abro la guantera y saco el paquete de cigarrillos. Saco uno, lo enciendo y dejo que el humo me queme los pulmones.
Afuera, todo parece en calma. Las luces del lugar iluminan tenuemente el letrero: Centro Privado de Apoyo Integral.
Todo en ese maldito lugar grita paz. Jardines silenciosos. Guardias tranquilos. Muros altos y discretos.
Miro el folleto arrugado que tengo entre las manos. Lo leí mil veces y aún así me niego a creer que esté tomando esta decisión.Dice: Apoyo psicológico especializado. Defensa personal. Idiomas. Estrategias de autocontrol y gestión emocional. Incluso habilidades de inteligencia y contrainteligencia. Un lugar para reconstruirse.
Una parte de mí lo ve como una traición.
Otra, como lo único que me queda.
No era así como planeaba todo esto.
Iba a hablarlo con ella. Iba a dejar que se despidiera de Nemesia, de Danilo, de Alexa. Iba a prepararla. Iba a hacerlo bien.
Pero cada vez que la escucho llorar mientras se baña, ahogando los sollozos para que nadie la oiga… Cada vez que la veo vomitar sin parar, tocándose el vientre… Cada vez que está sentada y las lágrimas se le escapan sin razón aparente…
«Es por su bien»
Me repito lo mismo mil veces.
Una y otra vez.
«Es por su bien, carajo.»
Pero me sabe a mierda.
Son solo tres meses. Noventa días fuera de la mansión. Noventa días sin su voz, sin su olor, sin su mirada acusadora. Y aún así, se siente como si me estuviera arrancando algo del pecho con las manos.
Apago el cigarro y lo lanzo lejos. Miro el asiento trasero. Sigue dormida. Su boca apenas está abierta, tiene el ceño un poco fruncido.
Dios, está mujer es de todo menos débil. Es fuego. Es hielo. Es tormenta. Pero ahora está herida. No para siempre. Solo tiene que aprender cómo manejar todo lo que tiene dentro. Todo ese dolor, esa rabia, esa culpa que no le pertenece. Y si no puede hacerlo sola, entonces haré lo que tenga que hacer para que lo logre.
Saco del bolsillo de mi chaqueta dos cosas: la pulsera color esmeralda y el pequeño collar que le regalé. Parecen inofensivos. Pero no lo son.
El chip de rastreo ya estaba instalado desde antes, por precaución. Pero ahora les añadí algo más.
Reconocimiento emocional. El aparato detecta niveles químicos, variaciones de voz, temperatura corporal.
Voy a saber si está triste.
Si está feliz.
Si está enojada.
Y más importante aún: si está en peligro.
No me importa si eso me hace un maldito psicópata obsesivo. Me importa tenerla viva.
Me estiro hacia ella con cuidado, sin despertarla. Le tomo la muñeca con suavidad y deslizo la pulsera por su brazo, abrochándola. Luego, rodeo su cuello con el collar. Ella se remueve un poco, pero no se despierta.
La observo en silencio.
¿Cómo algo tan hermoso pudo haber caído en mis manos?
La acaricio con la yema de los dedos, desde la sien hasta la mandíbula. Dulce. Fría. Divina.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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