Capitulo 83

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Massimo:

La puerta se cierra con un portazo.

Siento que algo me revienta por dentro. La mandíbula me tiembla de rabia. El pecho me arde. Camino hasta el escritorio y de un manotazo lo vacío todo —papeles, portarretratos, un reloj de cristal— contra la pared.

—¡Maldita sea! —rujo.

Tomo el florero de la mesa y lo estrello contra el suelo. Los cristales saltan. Camino de un lado al otro como un animal enjaulado. La habitación me asfixia. Arranco las cortinas, empujo la silla, lanzo un libro contra la pared.

«Maldita bruja»

Agarro el marco de una foto que tomo Matías  —Es de nuestra boda — y lo miro un segundo. Solo uno. Y lo reviento contra el piso.

—Mil veces maldita —susurro. Me apoyo contra la pared con los puños cerrados, respirando como si hubiese corrido kilómetros.

Todo se desmorona. Ella no entiende. O sí entiende. Y aún así me dejó.

Siento el corazón rebotando en las costillas como si quisiera arrancarse del pecho. La rabia me sube por la garganta, amarga, espesa, como bilis.

Pateo la silla. Rompo la mesa de una patada.Abro el armario y arranco las camisas colgadas, las tiro al piso sin sentido.

Siento una mirada clavada en mi y gruño al ver al maldito conejo mirándome.

Se me hace un nudo en la garganta.

Camino hacia él. Lo agarro con una mano temblorosa y lo dejo con fuerza sobre la cama.

—¿Qué, tú también vas a dejarme? —Le hablo —. ¿También te vas como ella?

Me agacho, abro el cajón de la mesa de noche y saco el arma. La observo un segundo. Me dan ganas de ponérmela en la boca.

La meto en la parte de atrás del pantalón.

Si me quedo un minuto más en esta maldita habitación, me vuelo los sesos. Salgo, dando un portazo tan fuerte que el marco tiembla.

Camino por el pasillo, con la mandíbula apretada y la mirada fija. Donde vea a Ann, la reviento. No me importa que sea mi hermana.

Si no llevara mi sangre, ya estaría enterrada seis metros bajo tierra desde hace rato.

Doy dos pasos y alguien se me cruza.

Mi abuelo.

—Massimo — Me paso una mano por la cara, conteniéndome.

—Muévete —le escupo.

Mi maldito cuerpo me está pidiendo sangre. Y todos estos idiotas se me interponen en el peor momento.

—No es momento de actuar como un animal —dice sin moverse ni un centímetro.

—Se metió con mi mujer.

Mi abuelo no parpadea.

—Los japoneses llegaron a Italia hace tres horas.

Frunzo el ceño. Ladeo la cabeza.

—¿Qué mierda hacen en mi territorio?

El viejo suspira.

—Eso es lo que quiero que averigües antes de que hagas algo estúpido.

—¿Averiguar? —repito

—Es peligroso que estén aquí —Responde —. La mafia japonesa no se mueve por capricho. Si vinieron a Italia, es por algo. Y no es bueno.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora