Massimo:
Dos días. Dos malditos días sin verla. Y me estoy pudriendo por dentro. Todo me irrita. El sonido. Las voces. La respiración de los demás. Todo.
Estoy sentado sobre una caja de cervezas a medio podrir, en el fondo del almacén viejo de Dante. Las luces parpadean. El olor a sangre es asquerosamente fresco. Frente a mí: diez espectros de rodillas. Todos con la cara hecha mierda.
Reconozco a unos cuantos. Ren. Dominick. Lemus. El resto son sombras con nombres que no me importan. Tienen la ropa empapada.
Las cejas rotas. La piel colgando de algunos pómulos. Uno de ellos escupe sangre con los dientes mezclados.
Esto se lo hicieron Dante, Francis, Carmelo y Luca. Un buen calentamiento. Rápido, eficiente. Lo justo para que no mueran todavía. Del resto me voy a encargar yo.
Muevo apenas los dedos. La cadena del reloj tintinea en mi muñeca. Ellos no hablan. Ni lloran.
—Ahora sí, vamos a hablar de lo que le hicieron a mi esposa.
Me bajo de la caja. El crujido del metal viejo queda opacado por el chirrido de mis botas sobre el suelo sucio.
Camino entre los cuerpos. Uno tose, otro se estremece. Pero es Ren el que me interesa ahora. Me agacho frente a él. Tiene el ojo izquierdo cerrado. La nariz rota. Y aún así sigue respirando.
—¿Sabes qué es curioso? —le digo, clavándole la mirada.
Ren levanta apenas la cabeza, pero no puede sostenerme la mirada. No tiene ni el valor para eso.
—Anastasia se levantaba todas las noches gritando tu nombre —musito, muy cerca de su cara —. A veces llorando. A veces empapada en sudor.
Traga saliva.
—Y yo me imaginaba a alguien distinto, ¿sabes? —sonrío apenas, con asco—. No sé… tal vez alguien fuerte. Digno. Un hombre.
Me incorporo un poco.
—Pero ahora que te tengo al frente solo veo una bola de mierda con patas, con los huesos flojos y la dignidad tirada en el piso.
Le doy una leve bofetada con el dorso de la mano, ni siquiera fuerte. Solo para que lo sienta. Para rebajarlo aún más.
—¿Eso es lo que provocó tanto dolor en ella? ¿Esto?
Hago un gesto de desprecio mientras me limpio los dedos en su camiseta rota.
—Qué puta vergüenza.
Detrás de mí, Francis se ríe por lo bajo.
Me enderezo con calma, estiro el cuello y saco un cigarrillo. El encendedor prende con un chasquido seco.
—Francis —llamo sin girarme, dejando escapar una bocanada de humo—. Estoy benevolente hoy. Escoge uno para ti.
Mi hermano menor se acerca, tiene las manos aún manchadas, la camisa manchada de sangre seca y una sonrisa torcida que heredó de nuestro padre.
Se detiene a mi lado, observando a los desgraciados en fila. Se inclina un poco, analiza a uno, a otro, luego se pasa la lengua por los dientes.
—Ese —señala con el mentón a Lemus—. Ese hizo que matarán a la amiga de mi cuñada, ¿no?.
—Tuyo —asiento sin mirar siquiera.
Chasqueo los dedos dos veces.
—Enciérrenlos —ordeno a los dos hombres que están en la esquina—. A todos menos a Ren. Primero quiero jugar con él.
Las botas retumban contra el concreto mientras se apresuran. Uno por uno, los otros bastardos empiezan a ser arrastrados. Gimen. Se resisten. Algunos suplican. Pero los portones de acero de las jaulas suenan en todo el lugar.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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