Capitulo 37

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Anastasia:

El auto está en completo silencio cuando dejamos la fiesta.

Mis hermanos se quedaron con el abuelo—por orden de mi padre—, así que solo estamos él, mi madre y yo en el vehículo.

Puedo sentir la ira de mi padre incluso antes de que abra la boca.

—¿Y bien? —su voz corta el silencio como una navaja afilada—. ¿Qué te pareció tu prometido?

Mi garganta se cierra.

—Es… atento.

—Atento —repite con burla—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Miro por la ventana, con las manos apretadas sobre mi regazo.

—No lo conozco lo suficiente.

Mi padre suelta un resoplido, y cuando habla de nuevo, su tono es más duro.

—Italia te ha cambiado.

Parpadeo, sintiendo su mirada clavada en mi perfil.

—¿Qué?

—Antes no cuestionabas nada —continúa, con la mandíbula tensa—. Antes sabías cuál era tu lugar. Ahora pareces creer que puedes hacer lo que quieras.

Mis manos se tensan.

—No creo eso —miento.

—¿No? —Se inclina ligeramente hacia adelante—. ¿Entonces por qué me desafías?

Mi madre sigue en silencio a mi lado, mirando hacia adelante con la misma expresión vacía de siempre.

Trago saliva.

—No lo hago.

Suelta una risa seca, fría.

—Claro que lo haces.

Aprieto los dientes y miro por la ventana.

Quisiera cerrar los ojos y estar en otro lugar. Cualquier otro lugar.

Su mano se cierra sobre mi mentón con fuerza, obligándome a girar el rostro hacia él.

—¿Crees que no lo sé? —su voz es baja, pero está cargada de furia—. ¿Crees que no sé que le rogaste a tu abuelo que anulara el compromiso?

Mi piel arde bajo la presión de sus dedos. Sus ojos, fríos e implacables, perforan los míos.

Mi madre no dice nada. Nunca dice nada.

Trago saliva, tratando de ignorar el ardor en mi mandíbula.

—Solo… no estoy lista.

Su agarre se endurece, y un escalofrío recorre mi columna.

—¿No estás lista? —suelta una risa cruel—. ¿O es que hay otro?

No respondo.

—¿Es por algún estúpido en Italia? —escupe con desprecio—. ¿Uno de esos buenos para nada con los que has estado perdiendo el tiempo?

Massimo.

Su imagen me golpea con la misma fuerza con la que mi padre me sostiene. Sus ojos azules, su sonrisa burlona, su voz en mi oído…

—No hay nadie —susurro.

Su expresión no cambia.

—Mejor. Porque no te va a servir de nada.

Su mano se suelta de mi mentón con brusquedad, dejándome una punzada de dolor que se extiende hasta mi cuello.

Miro hacia adelante, mordiendo el interior de mi mejilla.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora