Capitulo 24

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Anastasia:

si yo estuviera en su lugar, si quisiera contemplarlo todo sin delatar mi presencia, si quisiera acechar sin necesidad de permanecer verdaderamente escondida, recurriría a los espejos. Después de todo, ¿qué mejor escondite que uno que permanece a la vista de todos y que nadie se molesta en cuestionar?

Mi mirada se estrella contra la imponente pared de tragos que se alza frente a mí. Cada copa exhibe una tonalidad distinta, formando un despliegue de colores que captura mi atención.

Sigue tu propio ritmo, corazón

deja que todo ocurra a su debido compás.

Alcanzo a vislumbrar, en el reflejo distorsionado de una botella, la silueta de un hombre enmascarado. Me incorporo con cautela y comienzo a avanzar hacia el lugar, procurando contener la aceleración de mi pulso.

No te muevas. No te muevas. No te muevas.

Tú tampoco lo hagas, corazón.

Hago que mi larga cabellera rubia se derrame sobre mi rostro, ocultando cuidadosamente cualquier indicio de lo que estoy pensando. Tener el cabello tan extenso, por una vez, juega a mi favor; se convierte en una cortina perfecta tras la cual puedo observar sin ser descubierta.

Estoy a escasos pasos de recorrer la última distancia cuando, de improviso, alguien se estrella contra mí con una fuerza descomunal. Mi cuerpo se tambalea hacia atrás y apenas consigo recuperar el equilibrio antes de acabar contra el suelo.

—¡Ay, lo siento! —Un perfume excesivamente dulce me invade las fosas nasales mientras una chica menuda se apresura a sujetarme del brazo. Retiro el mío con firmeza, apartándome de ella—. Estaba distraída. ¿Te encuentras bien?

—Está bien —gruño, y hasta mi propia voz me resulta desconocida. ¿Qué demonios me pasa? ¿Por qué estoy actuando de una manera que ni siquiera parece propia de mí?

En este momento, su identidad y sus intenciones me resultan completamente irrelevantes; solo quiero que desaparezca de mi camino y me permita continuar.

Continúa atravesándose entre mi acosador y yo, bloqueándome la visión.

—En serio, no pasa nada —repito, esta vez con una frialdad mucho más evidente. Mi tono finalmente consigue transmitir lo que mis palabras intentan disimular, porque ella, por fin, parece comprender la indirecta y se aparta de mi camino.

Exhalo lentamente, pero al volver la mirada hacia el rincón donde lo había visto, solo encuentro un espacio vacío. Se ha marchado.  cierro los puños con tanta fuerza que las uñas se hunden en mis palmas.

Frustración. Ira. Adrenalina. Todo colisiona dentro de mi pecho en una oleada violenta, entrelazándose hasta convertir mi pulso en un martilleo ensordecedor. Cada emoción parece reclamar su propio espacio, pero terminan ardiendo juntas bajo mi piel.

Contengo a duras penas el impulso de soltar una sarta de maldiciones.

Si algo me ha enseñado papá es que las emociones no sirven de nada cuando permites que dicten tus acciones. Que la ira te hace imprudente, la frustración te vuelve impaciente y el miedo te convierte en presa de tus propios impulsos. Primero se piensa. Después se actúa. Nunca al revés.

Él ganó. Y está bien.

Yo: Cuando quieras, puedes venir a reclamar lo que te has ganado.

El premio soy yo. Esa es la razón por la que no deja de perseguirme, de buscarme, de inundar mi teléfono con mensajes. Está hambriento y, en su cabeza, yo soy la única recompensa capaz de satisfacer ese apetito.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora