Capitulo 25

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Anastasia:

@____: ¿Por qué estás asustada?

Hay demasiadas respuestas para una pregunta tan sencilla. Quiero decirle que tengo miedo de que sea un violador, un asesino, uno de esos enfermos capaces de despedazar un cuerpo y dormir tranquilamente después. La cicatriz en mi nuca empieza a arder. Es una advertencia que llevo grabada en la piel, un recordatorio cruel de lo que algunos hombres son capaces de hacer.

@____: Ya es hora de que me des mi recompensa.

Una rama cruje a escasos metros de mí y se me eriza la piel.

Giro la cabeza tan rápido que un latigazo de dolor me recorre el cuello y me obliga a tensar la mandíbula. Llevo una mano hacia la nuca.

—¿Qué recompensa quieres? —pregunto, elevando la voz todo lo que me permiten los pulmones.

@____: A ti. Esa es la única recompensa que quiero.

—Sal de una puta vez —gruño, dejando que la irritación se imponga al miedo. — Deja de esconderte y hablame.

—Lo hiciste fácil.

A la mierda. Su acento tan italiano me hace apretar los muslos.

Mi pecho se agita en respiraciones cortas y apresuradas. El frío debería hacerme tiritar, pero tengo el cuerpo encendido.

El miedo irradia desde el centro de mi pecho hasta mis extremidades. Entonces un trueno retumba sobre nosotros y doy un respingo.

Muerdo mi labio, manteniendo la mandíbula rígida.

—Sé que soy tu recompensa —inhalo profundamente, reuniendo el valor suficiente para formular la pregunta—. Pero ¿por qué? ¿Qué quieres realmente de mí?

Mis dedos se crispan en puños al sentirlo justo detrás de mí. Sus manos tatuadas se cierran alrededor de mi cintura y me acercan a su pecho, obligándome a contener el aliento. «A la mierda, corazón». Inclina la cabeza hasta mi cabello y respira profundamente, como si estuviera reconociendo mi aroma. Mi cuerpo entero se tensa. ¿Me está oliendo? ¿Qué clase de maldito maniático hace algo así?

—Todo —su voz suena molesta—. Quiero todo de ti. Quiero arrancar cada vestigio de inocencia que todavía conservas, desmontar una por una las ilusiones que sigues protegiendo con tanta ingenuidad. Quiero tomar ese corazón que aún insiste en creer en la bondad y retorcerlo hasta quebrar aquello que lo hace tan puro. Quiero robar tu alma, alemana.

Vale. No podrá conseguir nada de eso. Mi inocencia me la robaron hace años. ¿Mi alma? Mi padre se encargó de enterrarla mucho antes de que este hombre siquiera existiera y la dejó encerrada bajo siete llaves. Y mi corazón no cree en la bondad. Simplemente la practica.

—¿Quieres hacerme daño? —cuestiono con tranquilidad. Sus manos se cierran con más fuerza alrededor de mi cintura y sé que mañana encontraré moretones donde ahora están sus dedos.

—Sí.

No intenta suavizarlo, ni disfrazarlo detrás de una mentira conveniente.

—¿Y lo harás?

Se ríe contra mí y el sonido me llega amortiguado, acompañado por la vibración de su pecho contra mi espalda. Llevo las manos hasta las suyas, mis dedos se ven diminutos y pálidos entre sus manos tatuadas. No sé cuánto tardaría en llegar a la casa si saliera corriendo, ni siquiera si conseguiría ser más rápida que él.

—No te gusta el dolor. —afirma.

—A ninguna persona —respondo con calma —. Pero que no nos guste el dolor no significa que no haya personas dispuestas a infligírnoslo.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora