Capitulo 29

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Anastasia:

Los ojos se me cierran solos. Tengo tanto sueño que podría dormir una semana entera, pero el cansancio no consigue apagar mi mal humor. Sigo sentada en la cama, con los brazos cruzados y la paciencia reducida a su mínima expresión, mientras el muy idiota del italiano continúa hablando por teléfono como si fueran las tres de la tarde y no existiera nadie más en la habitación.

¿Cómo puede atreverse a impedirme disfrutar por culpa de su maldita obsesión? ¿Qué espera que haga? ¿Que le entregue nombres, direcciones, fechas, detalles absurdos de hombres de los que apenas recuerdo nada? ¡No lo sé, joder! Ojalá lo supiera. Lo único que sé es que alguien pagó para que me hicieran daño. Y ni siquiera sé cuánto valieron las partes de mí que fueron arrebatándome una por una: mi inocencia, mi alma, mi corazón.

«Mi cuerpo.»

Han pasado años y todavía no sé cuánto valgo. Quizá nunca llegue a saberlo. Me siento mancillada, sucia, corrompida por dentro y por fuera.

—No mires así —me reprende el hombre cuyo nombre todavía desconozco.

Estoy a punto de poner los ojos en blanco cuando unos golpes en la puerta me hacen dar un salto. Abro los ojos de par en par, mirando hacia la entrada con auténtico pánico. ¿Y si son los dueños? Dios mío, nos van a demandar por allanamiento o algo peor. Mi papá va a infartarse cuando se entere. Todo por mi culpa.

El italiano se dirige hacia la puerta con tranquilidad. Aprieto las manos hasta convertirlas en puños mientras lo observo; con lo alto que es, bloquea por completo mi campo de visión y me impide descubrir quién está al otro lado. Intercambia unas palabras con la persona, cierra la puerta con la misma calma y se vuelve hacia mí. Solo entonces reparo en lo que lleva en las manos: tres bolsas.

Me lanza una de las bolsas sin previo aviso. Intento atraparla, pero se me escapa entre las manos. Él suelta una risa al ver mi expresión y yo lo insulto mentalmente con una creatividad que, dadas las circunstancias, considero bastante merecida.

—Estás muy silenciosa —comenta, sacando de una de las bolsas unos pantalones, una camisa y un par de zapatos.

—Si no me lo dices, ni siquiera me doy cuenta —respondo con sarcasmo mientras abro mi bolsa. Dentro encuentro un vestido blanco y unas sandalias brillantes. Mis ojos se detienen en ellas.

Uy. Me gustan.

Esas me las quedo.

—Esa lengua... —gruñe.

Lo ignoro. Dejo caer la manta a un lado y me paso el vestido por la cabeza, acomodándolo sobre mi cuerpo.

—No hay bragas —le informo, sentándome en la cama para ponerme las sandalias.

Comienza a vestirse también.

Me recojo el cabello con la pinza que también venía dentro de la bolsa. Al revisar mejor, descubro un pequeño neceser improvisado: una pasta dental diminuta, un cepillo nuevo, hilo dental y enjuague bucal. Al menos tuvo la decencia de pensar en todo.

De la otra bolsa, él saca cuatro botellas de agua. Me lanza una suavemente y la atrapo sin dificultad.

—Lindos chupetones —me guiña un ojo.

—Imbecil incompetente.

Me acerco a la ventana y empiezo a cepillarme los dientes, dejando que la espuma y el agua caigan hacia el exterior. Lo hago con rapidez, deseando terminar cuanto antes. El italiano se pone detrás de mi, haciendo lo mismo, tan cerca que prácticamente ocupa todo el espacio.

Le pongo la tapa a la botella de agua, guardo el cepillo, me agacho y paso rápidamente por debajo de su brazo.

Cuando está cerca de mí, mi mente parece traicionarme. Pierdo el hilo de mis pensamientos y toda mi atención termina cautiva de detalles que no debería estar mirando: esos ojos azules y su cabello negro azabache, oscuro y perfectamente desordenado. No encuentro nada que reprocharle a su apariencia. Ni una imperfección que me permita dejar de mirarlo.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora