Capitulo 27

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Massimo:

—Tus amigas deben estar preocupadas —comento.

No porque me interese particularmente. No estoy preocupado por ellas ni tengo intención de empezar a estarlo. Simplemente el silencio se ha vuelto demasiado aburrido y, siento la necesidad de romperlo. Ella, sin embargo, parece perfectamente dispuesta a dejar que se prolongue indefinidamente.

«Otra alerta, cabronazo. Nos encanta el silencio. ¿Qué mierda hago intentando encontrar algo que decir?»

Parpadea, desconcertada. Se ha apoderado de las dos mantas y permanece sentada sobre la cama, completamente envuelta en ellas, dejando apenas el rostro al descubierto.

Apenas había logrado reponerse cuando recogió su ropa y utilizó el agua que todavía emanaba de ella para limpiarse. Yo me limité a reajustarme la máscara y he permanecído la última media hora apostado junto a la puerta.

—No, no creo —carraspea, esforzándose por disimular el tono agudo que se le ha escapado.

Sonrío bajo la máscara.

Claro que deben estar preocupadas. Sus amigas la tratan como si estuviera hecha de cristal, aunque no pierden oportunidad de burlarse de ella y hacerla rabiar.

—¿Vas a pasar toda la noche vestido? —pregunta al cabo de unos segundos, con la mirada fija en algún punto de la habitación. Ni siquiera intenta mirarme.

—Si tienes tantas ganas de verme sin ropa, podrías admitirlo —bromeo.

Nunca he tenido a nadie con quien pudiera permitirme bromear, salvo Matías. Nunca me ha interesado hacer reír a nadie, mucho menos dedicar mi tiempo a buscar un rubor en el rostro de alguien.

Sin embargo, Anastasia parece tener la capacidad de convertir hasta mis comentarios más insignificantes en pequeñas victorias.

Pero, mierda, ese rubor lo vale.

—Engreído —resopla — Tú también estás empapado. No sé cómo piensas aguantar toda la noche así sin terminar congelándote.

Pues sí. Por desgracia, todavía conservo la sensibilidad en cada parte de mi cuerpo. A estas alturas, incluso podría jurar que tengo las bolas convertidas en hielo.

He soportado cosas peores. Desde niño aprendí a convivir con temperaturas extremas; el calor, el frío, las condiciones que harían que cualquiera buscara refugio. Mi cuerpo terminó adaptándose a todo ello.

—No voy a morir por esto, si eso es lo que te preocupa.

—Dale el gusto a tu mujer de turno —insiste, extendiéndome una de las mantas— Todavía conserva algo de calor.

Levanto una ceja y, sin apartar la mirada de ella, comienzo a desabrocharme la parte superior de la ropa.

Sus ojos se deslizan por mi pecho, deteniéndose en cada detalle. Las calaveras, las serpientes enroscadas, las rosas atravesadas por espinas. Después, su mirada asciende hasta el San Miguel Arcángel que domina buena parte de mi torso y la cruz acompañada por alas de ángel.

Hay escritos dispersos por distintas zonas de mi cuerpo, algunos apenas se leen entre los demás tatuajes. Varios están conectados entre sí, superponiéndose hasta convertirse en una sola composición difícil de interpretar.

Ella los contempla en silencio.

Mis manos bajan hasta la hebilla del cinturón y la libero. Después me deshago de los pantalones y los dejo caer al suelo, quedándome únicamente en bóxers.

Su mirada ahora está en una de mis piernas. Allí está el dragón que me tatué cuando era demasiado joven. Nunca llegó a gustarme demasiado; ahora, de hecho, apenas le encuentro sentido.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora