1
Anastasia:
Mis pies están anclados al suelo. No puedo moverme. Todo me da vueltas. Escucho las voces apagadas, siento miradas clavadas en mí, pero mi cuerpo no reacciona. Es como si el aire pesara toneladas. Mi mente me grita que me mueva, que reaccione, que diga algo, pero nada.
Veo a Massimo girarse. Nuestros ojos se cruzan. Siento un golpe seco en el pecho. El azul de sus ojos contra el verde de los míos. Él da un paso hacia mí.
Y entonces lo veo más claro. Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza, una por una, con violencia. Los murmullos, las ausencias, las evasivas, Elena, el bebé… todo.
Tengo demasiada vergüenza.
Demasiada.
Me siento ridícula. Tonta. Ingenua. Me arde la cara, me quema la piel, me pesa el cuerpo como si llevara piedras colgando de los huesos.
«Muévete, por Dios, haz algo.»
Lo odio.
Lo odio tanto.
Pero más me odio a mí por haber creído en él.
Qué estúpida.
«Vete, Anastasia.»
«Vete antes de que te obliguen a quedarte.»
Doy un paso atrás. Apenas un paso. Las piernas me tiemblan. El mundo gira a mi alrededor y mi estómago se retuerce como si fuera a vomitar. Siento las lágrimas acumulándose, hinchándome los ojos.
Y justo cuando creo que puedo correr, cuando por fin mi cuerpo me responde… lo veo dar otro paso hacia mí.
Me doy media vuelta y subo las escaleras. Siento los escalones comiéndose mis pies. Escucho sus pasos detrás, cada uno más cerca. Entro a la habitación, pero no paro. Me meto directo al armario.
Empiezo a sacar ropa a lo loco. Blusas, pantalones, lo primero que agarro. El llanto ya no lo puedo contener.
La puerta se abre.
No tengo que voltear para saber que es él.
No lo miro. Solo me aferro a la ropa entre mis manos. Me levanto como puedo, tambaleándome, con los músculos entumecidos y los oídos zumbando como si estuviera bajo el agua. Camino directo al fondo del armario, donde están las maletas grandes.
Agarro una.
La empujo.
No se mueve.
Aprieto los dientes, hago fuerza con todo el cuerpo, y justo cuando siento el tirón en el brazo —el ardor punzante que sube hasta el hombro—, unas manos me rodean.
Los brazos de Massimo me sujetan por la cintura para que no me caiga, para sostenerme.
Y por un segundo me odio más. Porque mi cuerpo tiembla. Porque algo dentro de mí todavía reacciona al roce de sus manos, aunque todo lo demás en mí esté gritando que lo aleje.
El llanto me sale del pecho como si algo se hubiese desgarrado por dentro.
Las lágrimas bajan calientes, pegajosas. Los sollozos me sacuden el cuerpo entero, y las piernas, otra vez, se doblan.
Massimo no dice nada al principio. Solo me sostiene. Me envuelve. Me pasa una mano por el pelo con torpeza, como si no supiera qué hacer.
—Ya, ya… —murmura—. Todo está bien. Cielo, ya está…
Pero no.
No está.
Nada está bien.
Mi cabeza choca contra su pecho, húmedo por mis lágrimas, caliente por su cuerpo.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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