Anastasia:
Salvador pone una mano firme en mi espalda, guiándome con un leve empujón hacia la zona.
Massimo levanta apenas la mirada cuando nos acercamos. Se acomoda en el sofá, se recuesta, y su mano se extiende para que me siente de nuevo.
Elena —o como Salvador la llamó, "la elegida"— sonríe. Coqueta. Se sienta en el brazo del sofá, justo al lado de Massimo, rozándole el hombro con su muslo.
Me pica el ojo.
Me pica el maldito ojo de la rabia.
Y uno de los hombres en la mesa, con una copa en la mano y una camisa abierta que deja ver sus tatuajes, suelta:
—¡Bueno, nuestro líder tiene dos piernas! En una se sienta la esposa, en la otra la elegida. Equilibrio perfecto, ¿no?
La risa estalla entre varios de ellos. Salvador chasquea la lengua y se sirve otro trago.
Yo no río.
Massimo tampoco.
Se limita a levantar la copa, indiferente, y darle un sorbo.
Las puertas se abren de nuevo. Entran dos de los hombres de Massimo y vienen con las panteras.
Mi buen humor se va a la mierda. Se evapora.
Ni agua me queda en la boca.
Massimo no parece afectado.
Habla con un tipo que llegó hace un rato, uno con acento europeo, mandíbula marcada y una risa chillona que me hace rechinar los dientes. Y, claro, Elena no pierde oportunidad para reír también. Se ríe, con la voz dulce, y a veces apoya la mano en el hombro de Massimo.
Me mantengo callada, pero mi mirada salta. La única cara que no me pesa ver es la de Salvador, que está del otro lado del sofá. Me lanza una sonrisa, como si leyera mi incomodidad desde donde está.
Me inclino levemente hacia el hombre que está al lado de Massimo, uno que parece ocupado mirando su trago.
—¿Podrías cambiar de lugar con Salvador? —le digo con voz suave.
El tipo me mira, pestañea lento y asiente. Se levanta sin chistar. No pregunta, no comenta. Solo se mueve.
Y Salvador no tarda en tomar el lugar libre a mi lado, como si lo hubiera estado esperando.
Massimo no dice nada. Pero sé que lo ha notado. Y lo mismo Elena, que me da una mirada rápida.
Salvador es un encanto.
De esos que saben qué decir y cuándo decirlo, como si se hubiera memorizado el manual para sacar sonrisas. Habla rápido, con acento mexicano suave pero marcado, y suelta chistes tan absurdos que no puedo evitar reír. Y no una risa nerviosa o por compromiso, no. Me saca carcajadas que tengo que disimular mordiendo el borde del vaso de agua.
—¿Entonces? —pregunto con una sonrisa todavía en los labios— ¿Vienes mucho por aquí o fue solo porque sabías que hoy estaba?
—¿Qué te digo? Vine porque dijeron que el Armero traía nueva esposa… y mira nada más —dice mientras hace un gesto exagerado de reverencia con la cabeza—. Ahora estoy considerando mudarme aquí.
Me río otra vez. No debería. Pero lo hace tan fácil.
Me cuenta que es de Ciudad de México, que tiene 26 años, que estudió bioquímica —¿quién diría?— y que su familia tiene peso allá. Peso del que se siente orgulloso, pero no presume. Más bien parece que huye de esa imagen de niño rico y se refugia en el humor.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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