Capitulo 57

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Anastasia:

El sol me quema los párpados. Me giro en la cama, hago un ruidito de queja, me tapo con la sábana… y aun así la maldita luz logra colarse. ¿Quién no pone cortinas blackout en una habitación tan inmensa? ¿Por qué hay tanto lujo y nada de sentido común?

Frunzo el ceño y estiro la mano, buscando a tientas algo para cubrirme los ojos. No encuentro nada. Solo almohadas demasiado suaves para cumplir su propósito. Gruño. Me rindo. Ya está, el universo ha decidido que debo despertar.

Me siento en la cama, aún medio dormida, y me froto los ojos. Todo huele a perfume.

Parpadeo un par de veces y entonces lo escucho. El leve sonido de puertas deslizándose. El closet. Giro la cabeza y Massimo esta de espaldas. Sin camisa. Metido entre la ropa.

—¿Qué hora es…? —murmuro, mi voz suena grave, ronca, adormilada.

Ni siquiera me responde. Solo hace un movimiento leve con el hombro. Me levanto arrastrando los pies hasta el baño, con los ojos entrecerrados, rezando por no tropezarme con nada.

Abro la puerta del baño y lo primero que hago es encender el grifo. Necesito agua. En la cara. En el alma. Me enjuago. Me cepillo los dientes mientras bostezo.

Solo me desperté porque este cuarto parece una maldita pecera solar.

Me miro en el espejo. Pelo revuelto, mirada vidriosa, y un leve olor a Massimo en la camisa que todavía llevo puesta.

Salgo del baño frotándome los ojos todavía, y lo primero que veo es a Massimo que ahora está frente al espejo de cuerpo entero… echándose más perfume. ¿Es necesario?

—¿No crees que ya hueles demasiado bien? —murmuro, estirándome mientras camino hacia el centro de la habitación, todavía con su camisa puesta.

—Nunca es suficiente —responde, girando un poco la cabeza hacia mí sin dejar de arreglarse el cuello de la camisa.

Me siento al borde de la cama, tratando de reunir fuerzas mentales para elegir ropa y no parecer un mapache con insomnio en el desayuno.

—A las once entrenas con Matías —me dice de pronto—. Pero después de eso, si quieres ver a tus amigas, puedes salir. Solo no te tardes.

Lo miro. ¿Tan pronto y ya la agenda está llena?

—No quiero entrenar hoy.

—Igual lo harás.

Frunzo la nariz, fingiendo indignación.

—¿Y… ya todos están abajo? —pregunto, mordiéndome el labio.

—Esperándote —contesta, girándose ahora sí por completo hacia mí—. Así que cámbiate rápido.

Lo miro, luego al armario gigante, luego a él otra vez. Me rasco la nuca y murmuro:

—¿Me puedes esperar?

—¿Qué?

—Sí… o sea, ¿puedes esperarme mientras me cambio?

Me clava la mirada, ladeando la cabeza como si no entendiera por qué alguien pediría eso.

—¿En serio quieres que te espere mientras eliges ropa y te cambias?

Asiento.

—Sí… en serio.

Entrecierra los ojos por un segundo. Luego suspira, cruza los brazos y se apoya contra la pared.

                                          🌻

Estoy con media cabeza metida en el clóset. Me mordisqueo el labio mientras paso los dedos por los ganchos. Ropa hermosa, sí. Ropa cara, sí. ¿Ropa para desayunar con la familia de tu nuevo esposo? No tanto.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora